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La Biblia: el gran fraude, engaño y mentira de Occidente

 

Autor/Webmaster: MiltonAsh 

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Colaboración n. 63. Febrero 2008

 

David, el rey pecador

Francisco Aguilar Piñal

 

Cuando un mito (es decir, un engaño) tiene raíces religiosas, nada hay más difícil de desarraigar. Los altorrelieves de las fachadas de las catedrales españolas de Santo Domingo de la Calzada y Santiago de Compostela, primorosamente cincelados por artistas románicos en el siglo XIII, dan fe de una creencia mantenida durante más de un milenio, que venera a David como el rey ejemplar de Israel, tocador de la cítara y autor de los salmos bíblicos, no sólo entre su pueblo judío, sino con la importancia suficiente para ser presentado públicamente en los pórticos de las iglesias cristianas. Hay sabemos que ni los salmos (al menos en su mayoría) son suyos ni su vida fue tan ejemplar como nos quieren hacer creer los creyentes en el dios del Antiguo Testamento. Dos arqueólogos judíos, Israel Finkelstein, catedrático en la universidad de Tel Aviv, y Neil Asher Silberman,  del Center for Archeology de Bélgica, autores de La Biblia desenterrada, han publicado recientemente otro libro fundamental: David y Salomón. En busca de los reyes sagrados de la Biblia y de las raíces de la tradición occidental (2007), donde se precisa cómo evolucionó la leyenda de estos reyes judíos, y cómo esta leyenda configuró la historia. Anteriormente, Jonathan Kirsch había publicado en español otro estudio desmitificador: David. La verdadera historia del rey de Israel (2002), en el que ya aparecía a grandes rasgos la personalidad del rey-pastor: violento, sanguinario, manipulador, falto de escrúpulos. David ya no es la imagen idealizada en un contexto religioso, sino una persona de carne y hueso, con grandes pecados sobre sus espaldas. Ni la Iglesia Católica se atrevió a santificarlo.

 

Pero la leyenda bíblica sigue todavía con buena salud. A ello no sólo han contribuido los artistas de la gubia (recordemos a Miguel Ángel) y del pincel (Pussin), los asombrosos colores de las vidrieras góticas, que pasaron a la historia como “la Biblia de los pobres”, ni  las miles de ediciones de la Biblia que inundaron las bibliotecas de Occidente. Además del papel, el celuloide contribuyó no poco a la exaltación de los grandes protagonistas del Antiguo y del nuevo Testamento. El personaje del rey David, intocable para el fanatismo judío, fue encarnado en la pantalla por actores de relieve, como Gregory Peck, Jeff Chandler, Timothy Buttoms y Richard Gere, que llevaron su distorsionada figura a la mente de millones de espectadores. Para un conocido comentarista, creyente por supuesto, el rey David es “piadoso, poeta excepcional y uno de los personajes más sugestivos de la historia universal, epítome de todas las virtudes que adornarían a los israelíes en los milenios venideros”. No se pueden decir más necedades, ni  más mentiras en menos palabras. Para los que creen en un Cristo mesiánico, de la dinastía de David, la respuesta más documentada y demoledora, profecía por profecía, se puede encontrar en el más reciente libro de MiltonAsh, Jesús, el falso Mesías (2008).

 

Fuera de los relatos bíblicos, no se sabe prácticamente nada del rey David, cuya misma  existencia ha sido puesta en duda, aunque en el primer libro de las Crónicas se dice, interesadamente, que “la fama de David se extendió por todas las regiones, pues Yahvé le hizo temible a todas las naciones” (14, 17). Parece que se han perdido algunos libros sagrados que lo confirmaban: “Los hechos del rey David están escritos en la historia del vidente Samuel, en la Historia del profeta Natán y en la historia del vidente Gad” (I Cro 2, 29-30), ninguno de los cuales se conocen. Pero lo que sí conocemos por la Biblia es suficiente para señalar a David como un “sádico asesino genocida, malvado, inmisericorde e hipócrita”. Estos adjetivos no son míos, sino que pertenecen a los comentarios que aparecen en el tomo II de la obra La Biblia ante la Biblia, la Historia, la ciencia y la mitología, publicado en 2006 por   MiltonAsh, quien continúa con meticulosidad en el tomo III (2007) sacando a luz las incongruencias, las contradicciones  y sobre todo la extrema crueldad de esta “novela del pueblo judío”, como titulé uno de mis artículos sobre la Biblia, cuyas páginas destilan sangre de víctimas inocentes. El autor agrega este párrafo que no necesita comentario: “David, el más grande antepasado del Mesías cristiano, tiene el dudoso honor de ocupar un lugar preferente entre los más grandes sádicos y asesinos de todos los que pueden encontrarse en la Biblia, tanto que hasta Moisés y Josué, otros dos criminales, se darían vergüenza de hacerse una foto con él”.

 

En efecto, no hay más que acudir a la Biblia para comprobar la veracidad de estas afirmaciones. Como se puede ver en I Sam 27, antes de convertirse en rey vivió de la rapiña y el botín que obtenía de saquear a sus víctimas; y después de suceder al desobediente Saúl, cumplió todas las órdenes de exterminio dictadas por Yahvé: conquistó la fortaleza de Sión, derrotó y aniquiló a filisteos, moabitas, amonitas, arameos, edomitas y cuantos “ocupaban” la  tierra supuestamente destinada por Yahvé a los israelitas. Porque, como confesó, siguiendo estas órdenes, “persigo a mis enemigos hasta exterminarlos” (II Sam 22). A los habitantes de Rabbat “los sacó fuera y mandó que unos fuesen aserrados, haciendo pasar sobre otros trillos forrados con puntas de hierro, y despedazarlos con cuchillos” (II Sam 12, 26-31). En otro lugar: “David saqueaba estas tierras, sin dejar con vida ni a hombres ni a mujeres, y se apoderaba de las ovejas y bueyes, asnos, camellos y vestidos” (I Sam 27, 8)).

 

La popular historia del pastor David cortando la cabeza del gigante Goliat no parece cierta a los estudiosos, que la toman como una fabulación para aumentar la gloria de David. Pero sí lo son, cotejadas con la historia,  las anécdotas sobre su vida guerrera o sexual. Todo relatado en los dos libros de Samuel, en los Salmos, en Crónicas y en Reyes. La conocida como Biblia de Jerusalén arguye, con toda naturalidad, que la invasión de un territorio ocupado y la masacre de sus habitantes es legítima porque responde a una orden divina. David tenía treinta años cuando subió al trono (1010 a C.), y reinó durante cuarenta años, en los cuales no tuvo tregua para los enemigos. En I Sam, 28 se narra cómo David, para obtener como esposa a Mical, la hija del rey Saúl, salió con su tropa a matar a doscientos filisteos, con la sola intención de rebanarles el prepucio, que fue la condición para la boda, a la que no fue fiel, porque tuvo once hijos de otras esposas y múltiples concubinas (II Sam 5). Pero esto no obsta para que fuera bisexual, puesto que amaba sobre todas a Jonatán: “Tu amor fue para mí más delicioso que el amor de las mujeres” (II Sam 2,26). Enamorado de Betsabé, ordenó que su marido Urías fuera enviado a primera línea de combate, donde finalmente murió, dejándole el campo libre para poseer a Betsabé, que fue la madre de Salomón, hijo del adulterio y usurpador del reino de Israel, que le correspondía al primogénito, Adonías. David infringió la ley de Yahvé, que condenaba a muerte a los adúlteros, pero en este caso le perdonó, “y el Señor estaba con él” (II Sam 12).

 

Ciertamente, la moral puede variar con las épocas y las sociedades, pero hay una ética universal a la que no parecen seguir estos héroes bíblicos, aunque repugnan tanto hoy como ayer. David es un modelo de hipocresía, rezando a su dios mientras comete los más horrendos crímenes. Es un pecador, que mata para conseguir sus deseos sexuales, que tortura sin misericordia, despreciando vidas y haciendas. Pero, según los salmos, él no se siente culpable de nada: “mi boca no ha pecado como hacen los hombres…por los caminos de tu ley he guardado mis pasos, de tus senderos no se han ido mis pies” (Salm 17, 3-5). “No lleves mi alma con los pecadores, ni mi vida con la de los hombres sanguinarios, estos que tienen las manos llenas de crímenes” (Salm 26, 9). Como buen criminal, era además hipócrita y mentiroso, el polo opuesto de la ejemplaridad que debe adornar a todo monarca, sobre todo cuando cree que ha asido investido por la divinidad.

 

Francisco Aguilar Piñal

 

Gracias por tu nueva colaboración: en efecto, y el rey pecador llevaba siempre encima el espíritu de Yahvé.

 

 

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