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Colaboración n. 61. Abril
2007
La maldad suprema

Francisco Aguilar Piñal
Los biólogos se pasan los años buscando el
origen de la vida. Los sociólogos –y no los teólogos, contra lo que
pudiera parecer- lo hacen buscando, entre otras cosas, el origen de las
religiones. O mejor, del sentimiento religioso. Lo que significa bucear en las
oscuras profundidades de la conciencia humana. Y no resulta empresa fácil
para quienes no son capaces de desprenderse de la costra ideológica que les
paraliza desde la infancia, en uno u otro sentido. ¡Qué difícil es ser
neutral en la batalla incruenta de las ideas adquiridas contra las heredadas!
Por ejemplo, la idea de un Dios bondadoso,
creador y providente, que ama y cuida a los humanos. Idea nefasta, que no se
corresponde con la realidad, como vemos a diario. Los descubrimientos arqueológicos
de la prehistoria han sacado a la luz los vestigios del primitivo acercamiento
a la divinidad –a las divinidades- como sencillos ídolos o dioses, en forma
de tablillas grabadas en placas de pizarra o monolitos de alabastro con
groseras indicaciones antropomorfas. Eran los dioses protectores de tribus,
clanes o familias, todos benéficos, pero imaginados, como es lógico pensar,
en una conciencia emergente en la cual no había más que una religiosidad
individual o tribal.
La formación de las primeras ciudades y
civilizaciones multitudinarias obligó a los rectores sociales a presentar al
pueblo una imagen divina algo diferente. Los animales pasaron a representar el
tótem, animado y con poderes sobrenaturales, como en Egipto. El
ultramundo pasó a estar gobernado por dioses de la más variada catadura,
quizás con un denominador común: su poder sobre los humanos, administrado en
su nombre por el mandatario, rey o faraón, que cubría su indigencia y
miseria, común a todos .los mortales, con el manto de esa supuesta divinidad,
fuese un astro como el sol, un animal como el halcón o la vaca sagrada, es
decir, con una realidad “visible” a lo súbditos.
El gran cambio en el pensamiento mágico
ocurrió cuando un pueblo, el hebreo (los hibiru
de Egipto) vio la necesidad de adorar a un dios “invisible” como única
forma de unir a todos los suyos para apoderarse de unas tierras ya ocupadas y
formar una gran nación. Como no había otra manera de conseguirlo que la
guerra y la sangre, “alguien” tuvo la ocurrencia de tratarlos como
“pueblo elegido” por un dios único y todopoderoso, no visible a los
sentidos pero muy presente en la palabra de los visionarios profetas, al que
debían adorar y temer, sobre todo temer. La historia antigua del pueblo
hebreo, después de Israel y de Judá, fue conservada en cientos de textos
sobre papiros egipcios, escritos por muy diversas personas durante casi mil años
en las tierras conquistadas – la tierra prometida de Canaán- o en el
destierro de Babilonia. Los hebreos entraron, supuestamente, en Palestina en
el siglo XIII a.C., y se calculan alrededor de tres siglos entre la salida de
Egipto y la construcción del templo de Jerusalén.
No importan aquí los detalles. Sí es
preciso, sin embargo, tener presentes dos características de ese dios único,
origen de las tres religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo,
islamismo. La primera es su pretendida existencia inmaterial, irreal,
invisible (hecho que contradicen otros pasajes en los que es visto por
algunos), de la que sólo se tiene noticia por las "visiones" de los
profetas, como queda recogido en el salmo 89, v.20: "Hablaste a tus
amigos en visión". Este y otros pasajes son propuestos por los exegetas
como revelación, es decir, palabras del dios supremo "reveladas" a
los devotos hebreos durante el sueño (aunque alguna vez estaban despiertos).
Es decir, las personas que “hablaron” con Dios eran unos visionarios, que
imaginaban recibir exhortaciones, consejos y mandamientos del Creador, en sus
místicas ensoñaciones, con la orden de divulgarlos después al pueblo
“elegido”. En otras palabras: los profetas “imaginaron” a Yahvéh,
quizás con la buenísima intención de tener sometido al pueblo hebreo
durante el largo éxodo por tierras de Palestina. Pero lo consiguieron con el
miedo a ese dios escondido en los cielos (o habitando en el monte Sión, como
dicen las textos bíblicos) que provocaban esas “revelaciones”. Porque
Jahvéh es el dios del terror, iracundo y colérico, “más temible que todos
los dioses”, como se canta en el salmo 136 (Con lo cual se concede que había
múltiples dioses).
A pesar de cuanto se ha transmitido de
generación en generación en la educación religiosa de los pueblos monoteístas,
el amor y la misericordia de ese dios resulta muy sospechosa. Quien se
interese por la verdad, debe coger en sus manos el conjunto de libros sagrados
del pueblo hebreo, que conocemos como Biblia,
y leer “todos” los pasajes, no sólo los seleccionados en la liturgia. Así,
encontraremos que es el mismo dios que maldice a los que no le obedecen, a
quienes condena a comer la carne de sus hijos (Lv 26, 14-39), que ordena
apedrear a las jóvenes que no puedan demostrar su virginidad (Dt 22, 13-21),
que exhorta a los israelitas de exterminar sin piedad a los cananeos y demás
tribus que impiden la instalación en la tierra prometida (Dt 2,16; 20,10),
que comete el mayor genocidio de la historia de la humanidad, eliminando a los
humanos, exceptuando a ocho personas y a todos los animales, a perecer
ahogados por el diluvio (Gn 7, 21-24), que destruye a Sodoma y Gomorra, con
todos sus habitantes, por medio de un fuego de azufre, castigados por una ley
que todavía no había sido dada a nadie (Gn 19, 17-26), que bendice la
esclavitud y la poligamia ((Ex 21), que ordena la muerte para los adúlteros y
homosexuales (Lv 20, 10), que desprecia a la mujer, la cual depende en todo
del hombre y es un botín más para consuelo del guerrero vencedor (Gn 3, 16).
La
guerra santa, contra lo que muchos creen, no es privativa de los musulmanes.
Muchos siglos hace, fue puesta en práctica por Josué, siguiendo las órdenes
de Jahvéh: “Pasaron a cuchillo
a todo ser humano hasta acabar con todos. No dejaron a ninguno con vida. Tal
como Yahvéh había ordenado a su siervo Moisés, éste se lo había ordenado
a Josué, y éste lo ejecutó” (Jos 11,14). También por su orden, Moisés
ejecuta a las mujeres y niños de los vencidos, dejando con vida a las jóvenes
vírgenes para placer de su ejército, el ejército del Señor. La orden de
Yahvéh es terminante al comenzar la conquista de la tierra prometida: nada de
supervivientes, todos deben ser eliminados, hombres, mujeres y niños, sin
piedad porque son los enemigos de Dios y de su pueblo (Dt 2, 16-36). La toma
de Jericó es un buen ejemplo de esa maldad, que la Biblia de Jerusalén
justifica como “acto religioso, una ordenanza de la guerra santa,
consecuencia de una orden divina”. La orden iba más allá de la destrucción
de la ciudad: Yahvéh maldice a quien se atreva a reconstruirla, castigando
con la muerte al mayor y al menor de sus hijos (Jos 6,26): los hijos pagarán
la culpa de los padres; la maldad suprema. Lo más sorprendente es que en la
época de Josué, Jericó estaba en ruinas. ¿Fue la masacre de Jericó un
invento para aterrorizar a los creyentes en el dios único?
Por lo visto, Yahvéh sólo colmaba su cólera
con la muerte del desobediente (Jos 7,12). Sin misericordia, Josué apresó al
(supuesto) traidor Acán, apedreándolo y quemándolo en la hoguera con toda
su familia. El relato finaliza, con mano insensible: “Así Yahvéh calma el
furor de su cólera” (Jos 7, 25). Como dice el salmista, Yahvéh reserva su
bondad “para los que le temen” (Sal 31, 20). El dios de amor, sabiduría y
misericordia, se irrita con facilidad y exigen una sumisión completa por el
terror: “Servid a Yahvéh con temor,/ con temblor besad sus pies;/ no se
irrite y perezcáis en el camino,/ pues su cólera se inflama de repente”
(Sal 2, 12). Y en otro lugar: “¿Quién puede resistir, tú el terrible/
ante tu faz, bajo el golpe de tu ira?” (Sal 6,8). Estas afirmaciones, más
propias de un rey humano, llenan las páginas de la Biblia, que no es un libro
de acercamiento amoroso a las criaturas, sino de temeroso alejamiento de la cólera
divina: “Por tu terror tiembla mi carne/ de tus juicios tengo miedo” (Sal
119, 120). Pocas veces se habla de amor, de perdón, de misericordia. Al
contrario, casi todo en los libros del Antiguo Testamento está impregnado de
odio hacia los enemigos, que siempre son de carne y hueso, a los que hay que
matar y destruir para conquistar la tierra otorgada por Yahvéh. En realidad
por Moisés, Josué y sus sucesores, como el malvado rey David, que hacía
algo más que cantar con el arpa, como comprar a su esposa, Micol, por cien
prepucios de filisteos (II Sam 3,14) o procurar la muerte de Urías, jefe de
su guardia, para saciar su lujuria con Betsabé, su esposa (I Sam, 11, 15).
Los dos libros de Samuel son un recordatorio de las atrocidades de David. En
el primero, “David saqueaba estas tierras, sin dejar con vida ni a hombres
ni a mujeres, y se apoderaba de ovejas, de ganado vacuno” (I Sam 27, 8-11).
En el segundo (II Sam 21, 19) se prueba que David no mató a Goliat, muerte
que le fue atribuida más tarde para dar gloria a su nombre.
Todas estas reflexiones me han venido a la
mente mientras iba leyendo el “análisis de la Biblia cristiana” que, bajo
el título de La Biblia ante la Biblia, la Historia, la ciencia y la mitología, publica
un español concienzudo y meticuloso escudriñador de estos libros sagrados,
que anota y comenta con sensatez, oculto bajo el seudónimo de MiltonAsh. El
tomo II, de los VII programados, ha aparecido en enero de este año 2007 en la
editorial Visionnet y recomiendo vivamente su lectura, que es una colección
de notas y comentarios de la mayor actualidad sobre la Biblia, superando con
mucho la supuesta imparcialidad de los exegetas cristianos, que carecen de
libertad en sus comentarios, porque han de someter su razón a los dictados de
la fe. La maldad suprema no está, pues, en Yahveh, como se podría pensar,
dado su “comportamiento” bíblico, sino en esas personas devotas,
visionarias, líderes de un pueblo esclavizado, que “se inventaron” a ese
dios terrorífico, codicioso, celoso de su poder y de su gloria, para mantener
sometido en un mismo “proyecto social y político” a todas las tribus de
la Casa de Israel. Conquistar unas tierras ocupadas supone siempre un riego
abundante de sangre, injusticias, tropelías y sufrimientos sin fin. Por eso,
la mejor forma de tapar tanta maldad es crear un ser supremo que las bendiga y
autorice. Quienes “imaginaron” a ese dios supremo, lo “inventaron” y
“crearon” en sus sueños visionarios de la única forma posible para
conseguir el propósito de conquista: la obediencia debida a ese ser divino.
Pero la maldad se multiplicó por todas las tierras y por todos los tiempos.
Porque, lo que pudo ser una estrategia para mantener la unidad de un pueblo,
se convirtió, siglos más tarde, en una eclosión de nuevas creencias
religiosas, creyentes en ese dios único, que seguirían sembrando de sangre
las tierras más alejadas de este maravilloso planeta.
Francisco Aguilar Piñal
fap1931@telefonica.net

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