|
Colaboración n. 59. Mayo
2006
Los espíritus en el
Antiguo Testamento

Francisco Aguilar Piñal
Yahvéh, el dios bíblico, interviene continuamente en la vida del pueblo
hebreo. Siendo responsable de toda criatura, se desentiende de
cualquiera otra raza, pueblo o civilización que no fuese la
“elegida”, es decir, los protagonistas de esta historia. Desde una
visión universal del hombre como especie, el escriba que recibe la
supuesta revelación no se ocupa de chinos, africanos, europeos (mucho
menos de americanos o australianos, aún por descubrir) sino que para él
–es decir, para su Dios parlante- no existe más población humana
digna de ese nombre que el reducido grupo hebreo, al que destina, como
quien puede repartir las tierras a su gusto, un pequeño trozo del
Oriente Medio. Las “revelaciones” se suceden para orientar los pasos, no
siempre fieles, de ese pueblo amado. Ocultando siempre su “rostro”,
ordena a Moisés la reconstrucción de las tablas de la ley (Ex 34:1), responde a quienes le invocan (Sal.119) y está en
contacto preferente con los profetas (Ez 38). El santo Job reconoce que
oye voces en las pesadillas nocturnas, en unos versículos de gran
belleza poética: “En las pesadillas por las visiones de la noche,
cuando a los hombres el letargo invade, un temblor me entró, un
escalofrío que estremeció todos mis huesos…Se escurre un soplo por
mi rostro, eriza los pelos de mi carne. Alguien surge…no puedo
reconocer su cara; una imagen delante de mis ojos. Silencio. Después
oigo una voz: ¿Es justo ante Dios algún mortal? ¿Ante su Hacedor es
puro un hombre?” (Jb 4:13-17). ¡Qué gran imaginación poética la de
quienes contribuyeron a la fijación de tantas leyendas religiosas que,
durante siglos, han constituido el alimento espiritual de millones
personas, admirables en su credulidad!
El libro sagrado de tres religiones, conocido como Antiguo Testamento,
escrito en varios textos a lo largo de mil años, es, fundamentalmente,
la historia novelada del pueblo hebreo desde su salida de Egipto en el
Imperio Medio, relatada en el libro del Éxodo (Ex. 1:11) entre los años
1250 y 1230 antes de nuestra era hasta el fin del reino de Judá (587
a.C.). Es la historia del autonominado “pueblo elegido”, sometido a
los crueles caprichos de un dios inventado, Yahvéh, que le ofrece
conducirlo a una “tierra prometida” con la irrenunciable condición
de una absoluta obediencia y veneración como único dios. Pero es también
la historia fabulada de la creación del hombre (Gén. 1:1-2:3) basada
en recuerdos míticos, sin más apoyo real que la tradición y las
alucinaciones de patriarcas y profetas. El creacionismo es una doctrina
que cuenta con millones de adeptos, incluso en la actualidad, a pesar de
los avances científicos que demuestran lo contrario. Pero la ciencia,
paso a paso, va desmontando las creencias en seres sobrenaturales, cada
vez menos necesarios para explicar el misterio de la existencia.
Los textos bíblicos anteriores al cristianismo están plagados de otros
“espíritus” inmateriales, como los ángeles o mensajeros entre el
hombre y la divinidad, que es el Espíritu por excelencia, atributo
divino (Sal.139:7; Zac 4:6) del dios Yahvéh, creador omnipotente (Gén.6:3;
Is 11:2 y 61:1), que anima con su aliento todo lo viviente (Gén 7:22)
porque la vida comienza con el hálito vital del dios creador: “envías
tu soplo y son creados” (Sal 104, 30). El
espíritu vivificador que anima los cuerpos humanos es el “aliento” de Yahvéh (Gén. 1:2; 2:7;6-3) que le
puede ser retirado, como le ocurrió a Sansón, que ignoraba que Yahvéh
“se había apartado de él” (Jue 16:20) y que comparte con los
animales, como se evidencia en el episodio del diluvio universal:
“Todo cuanto respira hálito vital, todo cuanto existe en tierra firme
murió” (Gén 7:22). Es, por tanto, un “aliento divino” que da
fuerza para actuar, salido de la boca de Yahvéh (Gén. 3:8; Éx
10:13-19), que puede ser individual, ya que el hombre vive “mientras
el aliento de Dios está en su nariz” (Job 27:3) pero también
colectivo, porque ese aliento, hálito o soplo “está en medio del
pueblo de Dios” (Is 63:11).
En el Antiguo Testamento se va forjando, siglo tras siglo, la imagen de un
Dios único, de nombre Yahvéh, primero
antropomorfo, que después se transforma en un ser inmaterial y eterno.
Los primeros libros sagrados hablan del rostro de Yahvéh (Gén. 33:10),
de su nariz (Éx 15:8), de su boca (Sal 33:6), de su brazo (Is 40:10),
de su mano (Éx 9:3; Dt 2:15) y de su aliento o fuerza vital, que actúa
sobre la naturaleza: es el “espíritu” o la “fuerza” de Yahvéh.
Resulta clarificador que los textos más antiguos no atribuyen al espíritu
de Dios más que acciones físicas, nunca morales. Con el profeta Isaías
ya ese espíritu divino actúa sobre el comportamiento humano: otorga
“espíritu de juicio al que se siente en el tribunal y energía para
los que rechazan a los que atacan” (Is. 28:6); gracias a ese espíritu
“reposará en la estepa la equidad y la justicia morará en el
vergel” (Is.32-15). A los profetas del Señor, que han recibido su espíritu,
“se les llamará robles de justicia, plantación de Yahvéh para
manifestar su gloria” (Is.61:3). El profeta Ezequiel pone en boca de
Yahvéh palabras de consuelo espiritual: “Os rociaré con agua pura y
quedaréis purificados…Y os daré un corazón nuevo, infundiré en
vosotros un espíritu nuevo” (Ez
36:25-26). En el judaísmo posterior el precioso libro griego de
la Sabiduría, escrito en el siglo I a.C., describe el espíritu (pneuma)
como inmaterial, inteligente, eterno, que todo lo penetra: es el elogio
de la sabiduría “reflejo de la luz eterna” (Sab
7:22-28), que “ama al hombre, pero no deja sin castigo los
labios del blasfemo…porque el espíritu del Señor llena la tierra, y
él, que todo lo mantiene unido, tiene conocimiento de toda palabra” (Sab
1:6-7). Los deseos divinos de moralizar la sociedad hebrea se van
haciendo cada vez más expresos, tanto
por el temor del látigo (“El alma que pecare, ésa morirá”. Éx
18:4) como por la promesa de salvación, que depende sólo de Yahvéh:
“Las almas de los justos están en las manos de Dios…pues Dios los
sometió a prueba y los halló dignos de sí” (Sab 3:1,5).
De la misma forma que ese hálito divino otorga la vida, si Yahvéh lo
retira, el hombre vuelve al polvo: “Si él retirara hacia sí su espíritu,
si hacia sí recogiera su soplo, al mismo tiempo expiraría toda carne,
el hombre al polvo volvería” (Job 34-14s) y el espíritu retorna a
Dios: “vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu
vuelva a Dios, que es quien lo dio” (Ecl
12:7). El espíritu, que es la vida, abandona al hombre si desfallece
pero puede volver a él cuando recupera las fuerzas, como le ocurrió a
Sansón al beber de la fuente milagrosa: “bebió, recobró su espíritu
y se reanimó” (Jue 15:19) o
al joven egipcio, que llegó desfallecido a las plantas del rey David:
“cuando hubo comido recobró su espíritu” (1Sam 30:12). La
equivalencia con “vida” es evidente.
Otras acepciones de la palabra “espíritu” recogidas en el Antiguo
Testamento se alejan de esta consideración de hálito vital, ya que se
puede renovar, a gusto del dios único, como en la nueva alianza
comentada por el profeta Ezequiel: “yo les daré un espíritu nuevo”
(Ez 11:19); “infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os
conduzcáis según mis preceptos” (Ez 36:26). O en el caso del pecador
David, que le pide a Dios: ”un espíritu firme dentro de mí
renueva…no retires de mí tu santo espíritu” (Sal 51:12). Si en los
textos anteriores parece que el “espíritu” de Dios anula la
libertad del hombre, en el libro de los Proverbios, Yahvéh se encarga
de juzgar al hombre, ya que “pondera los espíritus” (Prov 16:2) y
“pesa los corazones” (Prov 21:2). El espíritu bíblico, por tanto,
no es sólo la energía vital, sino también el responsable de los actos
y la sede de las emociones, sin coincidir exactamente con la idea
posterior de “alma”. A menudo es sólo una impresión de ánimo, una
cualidad emocional. Así, el profeta Oseas habla del “espíritu de
prostitución” (Os 4:12 y 5:4), Zacarías del “espíritu de
impureza” (Zac 13:2) y del “espíritu de gracia y oración” (Zac
12:10). Por su parte, el profeta Isaías alaba a Yahvéh por haber
infundido en los faraones de Egipto “espíritu de vértigo, que hace
dar tumbos a Egipto en todas sus empresas” (Is 19:14); y en Jerusalén
el “espíritu de sopor” (Is 29:10); aunque
en ocasión más alegre, al tratar del descendiente del rey David (“un
vástago del tronco de Jesé”) reposará sobre él “el espíritu de
Yahvéh, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y
fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahvéh” (Is 11:2).
El todopoderoso espíritu de Yahvéh es quien actúa sobre los suyos en
toda circunstancia: se apodera de Sansón (Jue 13:25), de Gedeón, de
Jefté,y de Saúl, quien entra en trance al sentir el “espíritu de
Yahvéh”(1Sam 10:5-13). Unas veces de forma permanente, otras en razón
de una misión particular, Así, descansa sobre Moisés (Núm.
11:17-25), se comunica con Josué (Núm. 27:18), viene sobre el rey
David (1 Sam 16:13), sobre Elías y Eliseo (2 Re 2:9), reside en el
corazón de los sabios, si lo suplican como Salomón: “supliqué y me
vino el espíritu de sabiduría” (Sap 7:7). Todos los profetas
incluidos en la Biblia reconocen haber recibido el espíritu de Yahvéh,
que se vale de ellos para comunicar sus avisos y órdenes, como habla
Isaías sobre el destino de Israel: “Y ahora el Señor Yahvéh me envía
con su espíritu” (Is 48:16).
Puede decirse que las doctrinas pre-bíblicas sobre los “espíritus”
son incorporadas por los autores del Antiguo Testamento, que escoge un
dios –Yahvéh- entre los numerosos existentes en los pueblos vecinos y
lo convierte en su único dios, cuyo espíritu fortalece o castiga,
anima o condena a los inconstantes hebreos que caminan por el desierto
hasta apoderarse de la tierra prometida. Incluso el Mesías anunciado
por los profetas es imagen fiel de otros anteriores, todos nacidos de
una madre virgen, como el dios egipcio Horus, que nació de la diosa
Isis en una cueva un 25 de diciembre, y que tuvo doce discípulos, lo
mismo que el dios Mitra, nacido también un 25 de diciembre de una
virgen. Circunstancia que se repite con Buda, líder espiritual que nació
de Maya, la joven codiciosa de su virginidad, y que realizó milagros
comparables a los de Jesús de Nazareth, el anunciado Mesías de los
profetas bíblicos.
Pero esta herencia de fe en seres invisibles no se concreta en una
doctrina unívoca y fiable en el Libro sagrado de judíos, cristianos y
musulmanes. Separados por decenas, incluso centenares de años, cada uno
de sus autores expone la idea que tiene del “espíritu” divino, la
cual no queda precisada hasta la aparición de los teólogos medievales,
en cada una de las tres religiones: Yahvéh, Dios, Alá son tres caras
de una misma visión de la espiritualidad, imaginada primero, elaborada
cuidadosamente después, hasta llegar a nuestros días, cuando un papa
católico –Benedicto XVI- retoma la definición de San Juan, tan
alejada de la realidad: “Deus charitas est”. (En la actualidad
¿dónde está ese Dios que es todo sentimiento amoroso y caridad
voluntaria? ¿No parece, más bien, haber fracasado en su intento?) No
hay límites para la humana fantasía, pero comete un dramático error
cuando pretende sustentar la esperanza en la realidad de unos espíritus
inexistentes, inventados para simbolizar el eterno deseo de
supervivencia. Habrá que profundizar en las tesis elaboradas
fundamentalmente por san Juan y san Pablo, y recogidas por los Santos
Padres y teólogos modernos sobre la esencia espiritual de Dios, de los
ángeles y del alma, partiendo de una invención transmitida, entre
indefiniciones conceptuales, a través de los libros del Antiguo
Testamento.
Francisco Aguilar Piñal
fap1931@telefonica.net

Sr. lector. ¿Quieres publicar tus
escritos/colaboraciones? (recuerda leer antes las condiciones en la
entrada Colaboraciones)
Colaboración
anterior Colaboración
siguiente
|