| Ateísmo
y cultura de la muerte

Víctor Moreno
Hace
unos días, el obispo Juan Antonio Reig, miembro de la conferencia
episcopal, aseguraba que “existe una conjura sistemática contra la vida
humana”. Una conjura procedente del gobierno español y que, según el
purpurado, ha llevado a la sociedad a instalarse en una “cultura de la
muerte”.
Para
este obispo, esta “cultura de la muerte” se manifiesta de tres modos
distintos, aunque con una finalidad verdadera, la negación de Dios:
primero, “la sociedad evita a Dios y por eso está perdiendo la
posibilidad de conocer el misterio de la persona”; segundo, “el
concepto perverso de libertad que se está intentando imponer, un término
totalmente desconectado de la verdad”; y tercero, “la censura de Dios
que sufre la sociedad actual”. Para
terminar, este ilustre casullas aseguraba en la universidad navarra del
Opus Dei que “la Iglesia está siempre dispuesta al diálogo con el
Gobierno, pero desde el diálogo auténtico”.
Uno
se pregunta, ¿cómo se puede dialogar con una institución que a priori
se manifiesta estar en posesión de la única y verdadera noción de
persona, de libertad, de diálogo, y, por supuesto, de Dios? ¿Cómo
entablar una mínima conversación con unos obispos que consideran que sólo
ellos defienden la vida?
Por
un lado, parece justo que la Iglesia rechace el ateísmo, pero que trate a
los ateos como si fuéramos disminuídos cerebrales, humanos demediados y
cultivadores de lo que llama “cultura de la muerte”, es un insulto a
la inteligencia. Por otro, que la Iglesia siga emperrada en considerar el
ateísmo como “una consecuencia de las pasiones y de los vicios contra
los que se dirige la Ley de Dios”, indica el verdadero alcance de sus cínicas
llamadas al diálogo. La Iglesia se mantiene en el dique seco del
fanatismo doctrinal considerando todavía que los ateos somos enemigos de
Dios, cuando en realidad lo único que hacemos es vivir sin tenerlo en
cuenta para nada en nuestras alegrías y en nuestras desgracias.
Si de alguien puede estar tranquilo Dios, es, precisamente, del
ateo.
Mientras
la Iglesia permanezca amorrada al pesebre de sus dogmas, tan viejos como
irracionales, jamás entenderá que ateísmo y religión son dos
instancias vitales dignísimas al alcance del ser humano. La vida, caso de
que tenga un sentido, puede obtenerse del comodín bíblico o de su
ausencia. Vivir sin Dios no conduce a un desierto de hielo, ni de
angustia, sino que, como decía Freud, se trata de una posibilidad más de
enriquecer la civilización. Y, desde luego, estaría bien que algunos
obispos, entre ellos Sebastián, dejen de considerar a los ateos como a
esos degenerados que viven desorientados y entre nieblas. Tal lugar común
apesta.
Un
ateo no es un caso patológico del espíritu, ni una anomalía de la
naturaleza, ni su filosofía nace de una degeneración congénita. El ateo
es un sujeto como todos los demás. Al igual que el hombre religioso,
propone y promueve una determinada concepción de la persona y de la
sociedad. Con una diferencia importante: sin referentes transcendentales.
La
diferencia entre un creyente y un ateo es ésa. Mientras que uno apuesta
por el más allá; el otro lo hace por el más acá. Uno por la
transcendencia; el otro por la inmanencia. Uno por la heteronomía; el
otro por la autonomía. Uno por la metafísica; el otro por el
materialismo. Uno por el Catecismo; el otro por el Código Civil. Si el
creyente oculta su fe en lo infinito y en lo transcendente, el ateo hace
lo propio con la finitud, pues no necesita pedir cobijo a ningún ser
supremo ni a una fe transcendental. En definitiva, el ateo apuesta por la
razón frente a la revelación, por los acuerdos y pactos frente a los
dogmas, por la satisfacción del cuerpo frente a la penitencia del alma,
por lo relativo y probable frente a lo absoluto y nunca visto.
Ciertamente, esta actitud es revolucionaria, porque trastoca por completo
lo que ha sido el orden vigente moral durante tantos siglos en nuestra
sociedad.
Pero
el ateo no es sólo un ser pegado a un adverbio de negación. Su semántica
no se reduce a regir un verbo o negar un nombre metafísico. El ateo asume
el mundo como finitud. No espera nada del más allá. Ni mientras vive, ni
cuando muera. La resurrección de la carne o del alma le parece un camelo,
una tomadura de pelo, un soborno.
Con
su actitud, el ateo lo único que hace es afirmar el fondo positivo de un
humanismo radical en el que cree. De ahí que el ateo, al rechazar toda
huida del mundo hacia postulados de transcendencia, sea el único sujeto
existencial que defiende seriamente la vida y la dimensión humana de ésta.
El
ateo sabe que lo criminal no es la heterodoxia, sino las persecuciones,
las guerras, santas o laicas, que han pisoteado precisamente las leyes que
se dan los hombres a sí mismos. Leyes que, en ningún momento, sacraliza
ni eleva a monumentos eternos, como sí hace la religión con sus dogmas.
Porque el ateo sabe que las leyes son, en ocasiones, injustas. Pero también
sabe que las leyes están hechas para el hombre; cosa que no sucede con
los dogmas religiosos, eternamente valorados por encima del ser humano.
Si hoy día no nos encontramos en un grado cero de la moral, eso se
debe a quienes lucharon a favor de un consenso social en torno a unos
valores básicos y democráticos. Valores que en todas las épocas fueron
defendidos por heterodoxos, ateos, blasfemos, también creyentes,
perseguidos por el poder religioso y político: los derechos del hombre,
la tolerancia, el respeto de las libertades y de la individualidad, el
pluralismo y la diferencia.
El
ateísmo no significa un retroceso del humanismo ético. Al contrario, es
su consagración sociohistórica. La aceptación tranquila del ateísmo en
la sociedad actual sería la marca de una sociedad democrática, liberada
del peso de la tradición, así como de la religión institucional.
Un
estado es liberal cuando se halla organizado de tal forma que se respeta
el pluralismo de las concepciones del bien moral, entre las cuales figura
el ateísmo. Mientras no se acepte el ateísmo como una opción ética tan
válida como lo pueda ser la del creyente, algo sustancial no funciona en
la sociedad.

Sr. lector. ¿Quieres publicar tus
escritos/colaboraciones? (recuerda leer antes las condiciones en la
entrada Colaboraciones)
Colaboración
anterior Colaboración
siguiente
©
MiltonAsh
|