Colaboración nº 51

La pasión de Hypatia

Autor: Julio César Millán

 


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    El Horror. Colaboraciones. Número 51 (diciembre 2004)

 

La pasión de Hypatia

Julio César Millán

 

     Cómo puede a alguien ocurrírsele inventar un Dios que pide el sacrificio de una persona (sea o no de su misma naturaleza "homoiosus") para rescatarnos de un lugar que él mismo como Todopoderoso simplemente puede eliminar.  Por qué necesitamos de eso para vivir?  Yo sé que el mundo es una porquería (lo sé aún más cuando leo la historia del cristianismo). Entiendo que el hambre y la pobreza nos quita la dignidad y nos vuelve "miserables" como los personajes de Victor Hugo. Sé que también la riqueza puede volvernos miserable como a un personaje de Balzac.  Sin embargo, porque tenemos que aceptar la primera historia truculenta que nos ofrezca una respuesta a las dificultades de la vida, no es más digno morir sin aceptar rendirle culto a un dios/demonio que envía niños al infierno si sus padres no hacen determinado rito, no es más digno decir NO ante la tiranía de quien te obliga a matar en nombre de un Paraíso Perdido, de quien te pide tomar una espada para desangrar a los "infieles" bajo la consigna: "Mátenlos a todos, Dios distinguirá a los Suyos".  Acaso no murió Jesús por unos ideales humanísticos?  Lo único que pueden decirnos las fuentes supuestamente fidedignas y legítimas es que un predicador judío fue asesinado por los poderes de su tiempo, no porque quería fundar una nueva religión, sino porque al parecer, como lo indican algunos pasajes de los Evangelios, pedía una actitud ética ante la vida, por encima de las supersticiones, porque creía que una vida con ideales pero sin una ética coherente a esos ideales, no tenía sentido.

 

     Ahora este hombre que supuestamente existió históricamente ha sido de nuevo vendido por quienes se proclaman sus seguidores, por 30 monedas de plata o por 200 millones de dólares, igual: que tan fácil es entrar en el "Reino de los Cielos" a alguien que obtiene dinero y se hace rico así?

     Cómo el sufrimiento de una persona y su atroz crimen, puede justificar tantos otros? 

     Sin embargo, no era de eso que quería escribir, al fin y al cabo no tengo la respuesta.

     Quería escribir sobre otra persona, cuya vida se desarrolló en otra época, en otra ciudad, pero que también se acercaba a los despreciados de su tiempo.  También ella era despreciable según algunos: era mujer.  Vivió en Alejandría en el siglo V, era matemática, filósofa, científica, una Galileo mil años atrás.  Trabajaba como docente e investigadora científica en el Museo adjunto a la biblioteca de Alejandría, aquel maravilloso faro de la Humanidad que iluminó a Occidente por tanto tiempo, que alguna vez tradujo las escrituras hebreas al griego (así se hayan cometido errores pequeños como traducir doncella por virgen y  de allí justificar una historia fantástica), que albergó sabios de todo el mundo, que mantenía los saberes de tantos tiempos y de tantos lugares.    

Era mujer, era investigadora, era científica, era filósofa, nunca había sido bautizada como cristiana y a su edad no le había interesado adoptar ese credo, sí, seguramente por un interés ambicioso y egoísta: le gustaba la ciencia y en esa época las mujeres cristianas no hacían ciencia, bueno y tampoco los hombres.  Esa era su inmoralidad.  Era admirada por su elegancia, según algunas fuentes por su belleza, pero especialmente por su sabiduría y ecuanimidad. 
Tal vez por eso era odiada por Cirilo el obispo cristiano de la ciudad, un pendenciero que le hizo la vida imposible a quienes se le atravesaron por su camino, incluso si también eran cristianos como el patriarca de Constantinopla (la capital del Imperio) Nestorio.  Cirilo había heredado el cargo de su tío el obispo Teófilo quien ya había ocasionado muchas persecuciones y destruccciones a los templos de religiones no cristianas. De lo poco no cristiano que quedaba en Alejandría, era el templo al dios Serapis que albergaba al Museo con su Biblioteca, y una comunidad judía pujante.

          En ese tiempo, Alejandría como muchas ciudades del Mediterráneo habían acogido a los sobrevivientes de la cultura judaica que había sido destruida en su patria natal Jerusalén por el imperialismo salvaje de unos enfrentado al fanatismo religioso de los otros.  En esa Alejandría liberal, cosmopolita, de mercados abiertos y tolerancia religiosa, habían triunfado los judíos, y la habían hecho más rica aún.  Con todo el derecho del mundo habían conservado su religión, con sus virtudes y defectos, a pesar de que una secta surgida en su propio seno, que le robó sus Escrituras y las utilizó en su contra, era ahora el poder triunfante en el mundo. A pesar de que el Emperador Romano ya era de ese nuevo culto, surgido, mas no fundado, por un predicador judío asesinado por Roma y que ahora, irónicamente, "acompañaba en espíritu" las batallas de los Romanos contra los judíos. 

     Esos judíos eran para Cirilo un "problema" , "una cuestión", a la que había que encontrarle una "solución definitiva", y entonces decidió predicar el odio contra la comunidad judía de Alejandría, para que fueran expulsados de la urbe, y repetir la mentira mil veces dicha desde Mateo hasta Hitler, pasando por Lutero, Wagner, Agustín, Atanasio, Gibson: que los judíos habían matado a Dios. El interés de Cirilo era recordarle al mundo que Alejandría era cristiana y sólo cristiana, así como ahora Juan Pablo II le recuerda a Europa que es "esencialmente cristiana", cristianizando Auswicth, Kosovo, Yugoslavia, Andalucía. Como cuando Pio XII esperaba que la campaña alemana en Rusia, devolviera al cristianismo católico a la comunista y ortodoxa patria de Tolstoi y Dostoievski.

 

     Cirilo se aprovechó de uno de los mayores males de la cultura helenística y que finalmente forjó su caída: la abominable esclavitud. Bajo la consigna de hacer a todos los hombres libres (claro está en un hipotético y utópico paraíso, no aquí en la tierra); sonsacaba a las masas de esclavos incontentos, como Lenin agitaba las masas de obreros en la Rusia de 1917, para que mataran por una utópica sociedad comunista. Quimeras y más quimeras. Así mismo, el cristianismo ("la religión de la paz que no ha llevado la paz a ninguna parte", Deschner), prometía libertad a esos esclavos, en una utópica sociedad cristiana… en el cielo. Pues ni Marx ni Jesús, como diría el escritor Jean Revel. La historia demostraría que el cristianismo y el islam fueron civilizaciones que practicaron una esclavitud más atroz y más extendida que las antiguas.

     Hypatia no se mantuvo indiferente ante la injusticia que se cernía sobre un pueblo, que desde ya  era el chivo expiatorio de todos los males del mundo, una nación sin tierra que no tenía a dónde volver, que vivía en una diáspora eterna y que enriquecía a Alejandría con su negocios y su cultura.  Por eso, protestó.

     Y como consecuencia, ahora los sermones de Cirilo se dirigieron contra esta mujer.

     Un día mientras Cirilo seguramente rezaba, sus seguidores interceptaron el carruaje en que se dirigía Hypatia hacia su trabajo en la Biblioteca.  La violentaron, le despojaron de sus vestiduras y con ostras la despellejaron viva.  Fue linchada y humillada.

 

     Según Sócrates Escolástico: "La arrancaron de su carruaje, la dejaron totalmente desnuda; le tasajearon la piel y las carnes con caracoles afilados, hasta que el aliento dejó su cuerpo..."

 

     Cirilo se lavaba las manos como Poncio y disfrutaba del camino que "la voluntad de Dios" le había despejado. Su otro enemigo, Nestorio, fue desterrado a los confines del Imperio, logró en el Concilio de Efeso, imponer a punta de sobornos el Dogma de María como Madre de Dios,  definitivamente parecía que ese Dios estaba de su lado. Para elevar su gloriosa vida, años más tarde después de muerto fue canonizado por la Santa Iglesia Católica, mientras Hypatia y Nestorio  eran olvidados y los judíos seguían  perseguidos. 

     Cómo el sufrimiento de una persona (Jesús) en otro siglo en otro tiempo, puede justificar el asesinato atroz de aquella (Hypatia) que en consistencia ética era más cercana a lo que el primero predicaba (Jesús), que a quienes decían ser sus vicarios (Cirilo)?

     Volví a una pregunta sin respuesta.

     Nadie va a hacer una película de esta mujer, yo que la he admirado desde que leí su historia, no le voy a rezar para que resuelva mi vida y mucho menos voy a idealizar su sufrimiento como un Sacrificio al que debo recurrir para deshacerme de las consecuencias de mis actos buenos o malos ("el sacrificio de Cristo en la Cruz limpiará tus pecados").  Muchísimo menos, voy practicar un rito diario de inmolación (supuestamente no cruenta) en repetición o conmemoración de ese horrible acontecimiento, como hacen, no todos los cristianos, concretamente los católicos en la Eucaristía y que Mel Gibson encadena muy bien en su película, algo en que deberían fijarse atentamente los cristianos no católicos que vayan a ver la cinta.  Tampoco me colgaré una ostra de oro con esmeraldas en mi cuello, o una réplica en plata del revólver del siglo XIX que mató a Abraham Lincoln, ni un bonita botella de cicuta como la que Sócrates optó por tomar tan dignamente.

     Simplemente quería contarles una historia que a mí me entristece.

 

  Un problema para quienes les gusten las matemáticas

     Es seguro que en sus numerosas explicaciones sobre la Aritmética de Diofanto, Hypatia propuso a sus alumnos este problema (nunca lo sabremos porque su memoria fue desterrada de la historia, junto con su escritos, y los libros de la Biblioteca), que es el que inicia la serie de 39 problemas que se incluyen en el Libro I de su tratado:

Dividir un número dado (por ejemplo, 135) en dos partes, cuya diferencia sea conocida (por ejemplo, 87)

 

Julio César Millán

 

   Nota de MiltonAsh:

   Lo siento, Julio César, pero no puedo aceptar eliminar tu colaboración tal como me pides. Es muy valiosa para el Web y la escribiste cuando todavía eras libre. Al parecer ahora alguien te ha comido el coco y crees que lo que escribiste estaba mal. Pero te aseguro que está muy bien y aquí te la encontrarás cuando despiertes.

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