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Colaboración n. 48     (22-6-04)

TITULO: Testamento Vital 

AUTOR: Francisco Aguilar Piñal

 

 

 

 

 

Testamento Vital

 

 

 

Con estas reflexiones, quiero dejar impreso mi Testamento Vital, en vísperas de mi despedida, que aún puede tardar, porque como todo es tan relativo, los días y los años pueden parecer un instante fugaz en el tiempo y en el espacio, las dos coordenadas en las que nos movemos inexorablemente los seres humanos.

 

Me declaro irreligioso, mejor que ateo, porque toda idea de un dios para mí es falsa, y ser ateo es como tener fe en la no-existencia de dios, cosa que nadie puede demostrar. Como tampoco su existencia, a pesar de santo Tomás de Aquino y de cuantos le siguen en la búsqueda de argumentos racionales para demostrarla. La idea de un dios creador, providente y sancionador está unida indisolublemente al nacimiento de la humanidad, que la ha inventado para huir de la angustia existencial. No quiero decir con esto que yo tenga la respuesta adecuada. Sólo tengo dudas, y si creo en algo, es en la supremacía de mi razón sobre las patrañas aprendidas y condenadas en mi mente como falsas. En principio, como dicen los científicos, no puedo tener certeza de algo que no veo ni deduzco, como es el alma o espíritu, frente a la materia o energía, que me resulta evidente a cada paso. Existe para mí la naturaleza, lo natural, pero no lo sobrenatural; esta vida, pero no una vida posterior, aunque no sea en ninguna parte, como se predica, porque la materia, si deja de tener tiempo y espacio, deja de ser lo que es, y por tanto, de existir. Pero si admito que la materia es eterna, el misterio se multiplica hasta el infinito.

 

Estoy rodeado de misterios incomprensibles. El misterio es el oxígeno de la condición humana. Existe porque la razón lo descubre. No existe para los animales, que viven y mueren sin hacerse cuestión del misterio de su vida. Pero el homo, un animal evolucionado, cuya razón ha sabido admirarse ante la naturaleza y preguntarse el porqué de las cosas (incluso ha llegado a la pregunta suprema: ¿por qué hay algo en vez de nada?) se ha visto envuelto, a lo largo de los siglos, en la red de los misterios (o preguntas sin respuesta). Poco a poco, a lomos de la ciencia, ha ido respondiendo con su inteligencia y se han desvanecido algunos misterios, pero aún quedan muchos, que seguirán intrigando a las generaciones venideras. Uno de ellos, el que más inquieta al ser humano, es la posible existencia de un dios creador, algo que para la mayoría de los científicos, no es demostrable, pero tampoco necesario. La vida se puede explicar, aunque parezca increíble, por un puro azar, por un encuentro aleatorio de sustancias químicas, que han ido evolucionando a través de los tiempos. Me parece una explicación más razonable que la posible existencia de un ser superior que la crea. Porque entonces el problema no haría más que trasladarse al infinito. ¿Quién creó a ese ser superior? No hay necesidad de buscar a un ser infinito y eterno. Para eso, basta con aceptar que la materia es eterna.

 

         Si no existe dios, tampoco existe la nada. Existe desde siempre la materia, en una evolución constante, que nunca terminará. Desaparecerán los mundos que hoy conocemos, pero aparecerán otros formados de la misma materia. (Recordar el aforismo científico: la materia ni se crea ni se destruye, únicamente se transforma). Así, la muerte es sólo la transformación de la materia, de las células que me constituyen, en otra combinación vital no imaginada. Ya las células de mi cuerpo, que se han ido renovando periódicamente, han pasado a formar parte de “otros” entes orgánicos a lo largo de mi vida. Dejaré de existir cuando mueran todas las de mi cerebro. (Si algo he aprendido es que yo soy mi cerebro, y los demás órganos de mi cuerpo solamente ayudan a su conservación y funcionamiento).

 

He dejado escrito en un soneto que, a la hora de mi muerte, “no quiero tierras ocres ni calizas./ Mi cuerpo al fuego dad, y a la mar bella/ mi póstumo puñado de cenizas”. Es decir, que reniego de la tierra que he pisado, que no quiero pasar por la humillación última de ser mi carne pasto de miserables gusanos y sentir mis huesos hollados por humanos sin piedad ni consideración. Ya doy las gracias más hondas y sinceras a quienes cumplan mi deseo de ser incinerado. Las moléculas que formaron mi cuerpo ya no servirán de alimento a otras criaturas, sino que sus átomos se convertirán en gas para mezclarse y viajar con las nubes de un extremo a otro del planeta, hasta volver al inquieto mar que me dio la vida. Cuando veais mis cenizas flotar sobre las aguas comprenderéis que la vida no tiene sentido.

 

Quisiera transmitir a mis seres queridos mucha alegría en esta vida y alguna esperanza de reencuentro en otra. Pero sería un fraude. No puede haber encuentro en ninguna otra vida, como nos predican las iglesias para que la desesperación no se apodere del mundo. En esta creencia vivo y en esta creencia muero, aunque satisfecho de haber sido feliz, mucho más feliz que otros desgraciados mortales, creado no por obra de ningún dios, sino por el azar, esa suerte que a unos castiga y a otros premia, sin dar ninguna clase de explicación.

 

Lo que sí puedo transmitir a todos, garantizado por la absoluta sinceridad con que escribo, es mi actual convencimiento de que ha valido la pena vivir para sentir el calor de la familia, las maravillas de la naturaleza y del arte, pero sobre todo la felicidad encontrada en la búsqueda de la verdad. No hay mayor satisfacción que la conquista racional de la verdad. El dolor, que nunca falta, se olvida cuando aparecen en la memoria el amor de los tuyos, la consideración y el respeto de los amigos, los momentos de sosiego interior en que trabaja la inteligencia y brotan los bellos sentimientos. Todo ocurre en mi cerebro, donde no entra nadie sin mi permiso, ni siquiera el dios soñado por mis padres.

 

A veces pienso que, si esto es así, más valdría no haber nacido. Se hubiera evitado tanto dolor innecesario. Pero también hubieran quedado reducidas a nada tantas alegrías y emociones maravillosas que depara la existencia humana a los premiados por la fortuna. ¿Cómo no recordar los momentos de felicidad producidos por la sonrisa de un niño, el abrazo de una madre, el amor sincero y espontáneo de esposa, hijos y nietos? Lo único que se puede hacer es calibrar las experiencias, alegres y dolorosas, para decidir si la vida personal de cada uno ha merecido la pena en ese balance final. La mía desde luego, ha sido excepcional porque son abrumadoramente mayores los instantes que inclinan la balanza del lado de la felicidad vivida.

 

         Aun así, no existe mayor absurdo que la vida. Excluyendo la vida vegetal, que suponemos incapaz de sentir, ¿qué sentido tiene una vida animal, que siente, recuerda y razona a su manera, si sus días se reducen a comerse unos a otros, reproducirse y morir? Me enseñaron en la escuela que los animales fueron creados por Dios para servicio del hombre (que llegaría muchos millones de años después). Pero ¿realmente hay alguien que pueda creer tamaña falsedad? Primero, porque muchas veces ocurre lo contrario, que el animal destruye al hombre (comenzando por esos invisibles virus que nos destrozan por dentro sin apenas darnos cuenta). Después, porque si bien muchos animales contribuyen a nuestro alimento, hay  muchísimos más que no lo hacen, sino todo lo contrario. El único alimento que deberíamos aceptar, incruento y saludable, es el de origen vegetal. Pero entonces, quizás no hubiera llegado a existir la especie homo, que, según muchos científicos, alcanzó su grado de evolución superior al alimentarse de sustancia animal (principalmente el cerebro y sistema nervioso, incluido el de los propios humanos, convertidos así en caníbales, sin demasiados escrúpulos). 

 

No soy más que un óvulo, fecundado y maduro, condenado a desaparecer con la muerte. Pero también soy un eslabón en la cadena de la vida, necesario para que ésta se prolongue en mis descendientes. Mi mayor satisfacción racional consiste en saber que he transmitido la vida, aunque sin mérito alguno, porque no he hecho más que seguir unas leyes naturales que me han indicado el camino. Las únicas preguntas filosóficas que nos deben inquietar son: ¿qué es la vida? ¿para qué sirve? ¿a qué nos conduce?

 

Puede parecer que el nacimiento es un acto mágico, en el que se crea algo donde antes no había nada, pero no es así. Antes de nacer, yo era un conjunto informe de células, producidas misteriosamente por la invasión de un espermatozoide en el interior de un óvulo, es decir, células procedentes de otros seres vivos que, a su vez, procedían de otros antepasados vivos, en cadena casi infinita, hasta llegar a la primera ameba marina, formada por azar en las aguas que cubrían la Tierra, millones de años después de su formación, en el universo nacido por la explosión inicial del Big-Bang. Esto es lo que nos dice la teoría de la evolución, en la que creo, que se inclina por la eternidad de la materia, y no ve ni necesidad ni posibilidad de la intervención de ningún Ser creador, espiritual y eterno.

 

Crecí en una familia de hondas raíces religiosas, de padres católicos practicantes, que, sin mi consentimiento, me bautizaron, me adoctrinaron en su fe, y me hicieron partícipe de la única verdad que, a su juicio, garantizaría mi salvación, entendida como la supervivencia en otra vida mejor y definitiva. Todo con la mejor voluntad, en la firme creencia de que era la única herencia enriquecedora, envidiable y no transferible que me podían dejar. No tengo nada que perdonarles porque era la mejor prueba de amor que su fe me podía ofrecer. Aunque más tarde, ya con muchos años de renuncias y sacrificios, haya llegado a la conclusión de que ese amor, sentimiento maravilloso pero irracional, sin duda verdadero, estaba contaminado por una falsa esperanza.

 

          Todos cuantos viven soñando con la ilusión de otra vida mejor, se dejan seducir por el engaño del paraíso predicado como el sedante que nos permita sobrellevar con esperanza la tragedia de la vida sobre la Tierra. Por ellos me alegro, ya que, si, como creo, no existe otra vida, han sido felices aquí, ajustándose a una moral y a una fe que no les puede hacer daño más allá. Siempre he visto a mi alrededor, comenzando por mis familiares más queridos, personas de profunda religiosidad, alegres en sus ilusiones aprendidas, sumisas a la autoridad que les cambia obediencia ciega por un premio en una vida indemostrable, que son felices en su fe y en su caridad, para quienes la existencia de un Dios creador, misericordioso, justiciero, padre y protector de sus fieles, es tan cierta como la luz del día, aunque hay tantos argumentos en su contra que no quieren ver, porque, al sacrificar las posibles dudas de la razón, no hacen más que agarrarse a un clavo ardiendo para darle algún sentido a la vida.

 

No ha ocurrido así conmigo y me alegro, por muy doloroso que haya sido, de haber salido de esa esclavitud de la razón. En mi caso, la razón ha ido ganando a la fe una batalla tras otra, hasta dejarla extenuada al borde del camino. Hoy, en la última etapa  de mi vida sobre este planeta, me declaro absolutamente laico, es decir, irreligioso, incrédulo o no creyente en ninguna clase de doctrina religiosa, porque considero que todas están basadas en pura imaginación humana, que ha creado, desde el principio ese castillo de naipes que, construido sobre arenas movedizas, pretende solucionar el misterio dando cobijo a un ser imaginario capaz de colmar las ansias de felicidad en una vida ultraterrena que, de existir, tiene que ser, por eterna, aburridísima.

 

Si la vida terrena es un misterio incomprensible, mucho más lo es para mí el hecho de que tantos billones de seres, humanizados mediante la razón, hayan caído en los brazos del absurdo, predicado con tanto empeño por los intermediarios de esa inventada divinidad, guiados unos por el interés particular y otros por el fanatismo ciego de la fe, que ahoga los aldabonazos de lo razonable. No llego a comprender tanta infidelidad a las claras advertencias de la razón, que a mí me han supuesto ponerme en el camino de la búsqueda de la verdad, el único que puede llenar de satisfacción a mi condición humana, razonable, que no puede consentir ser esclava de la irracionalidad.

 

Es mi deseo actual, en uso de todas mis facultades mentales, que a la hora de mi muerte, pese a los sentimientos en contrario que se puedan manifestar, se respete mi última voluntad, que rechaza la hipocresía y reclama la sinceridad y el respeto a mis creencias, que ya no admiten ni la existencia de un ser superior ni el derecho de ninguna iglesia sobre mis restos mortales. Si mi muerte no se produce por accidente, pido que se humanice mi agonía suprimiendo en lo posible toda clase de dolor. De acuerdo con la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD), suplico que se me aplique la eutanasia, tanto pasiva como activa, cuando ya, perdidos los sentidos, la vida no tenga valor y se vea inexorablemente encaminada al final.  

 

Comprendo que las exequias, más que un acto religioso, pueden ser para muchos una mera costumbre social. Pero se debe llegar a un justo equilibrio entre lo que, de estar vivo, sería mi deseo, y lo que, para mis familiares sería un consuelo en sus propias convicciones. Cuando mi cerebro –es decir, yo- presente un encefalograma plano, será la hora de la última despedida. La desaparición total, cuyos efectos ya no podré sentir, me impedirá seguir con los que amo, sin posibilidad de quedar con ellos en espíritu, aunque comprendo que quienes se entristezcan con mi falta habrán de sentir mi muerte, que no es sino el anuncio –desesperante anuncio- de la suya propia.

 

Así, pues, no quiero en mis funerales ningún signo o símbolo religioso, ni cruz en el féretro o en las esquelas mortuorias. Ni mucho menos, en la hora de la agonía, la presencia de un sacerdote, que pretenda salvar mi alma en última instancia, ya que tampoco creo en la existencia del alma, y por tanto sería un acto gratuito, además de hipócrita. Mi cuerpo ha de ser incinerado, como consta en mi testamento. Mis cenizas no reposarán sobre tierra, sino que serán esparcidas, preferentemente en el mar, y si no es posible, en algún río caudaloso.

 

        Además de testamento vital, este escrito pretende ser un testimonio de mi paso por la vida. Testimonio individual, sin más valor que el biográfico, pero en el que quiero dejar a los míos la explicación de mi incredulidad. Mi evolución espiritual, que tanto dolor me ha costado, no es fruto ni de la indiferencia ni de una moral depravada. Nunca he sido indiferente a los misterios de la fe. Al contrario, mi biblioteca está repleta de libros sobre temas religiosos, que he leído y meditado en soledad. Frente a la cómoda irresponsabilidad de los más, que prefieren no reflexionar sobre los importantes misterios que rodean la existencia humana, y viven ignorando las obligaciones de la fe, que reducen a meras costumbres sociales, yo he vivido siempre preocupado por los temas religiosos, inmerso en las dudas y las contradicciones de la doctrina cristiana sobre el hombre y su trascendencia. Nunca he sido indiferente.

 

Pero tampoco he llegado a la incredulidad por perversión moral. No creo en la santidad, como no creo en premios y castigos eternos, pero siempre me he mantenido en el límite de lo correcto para mi razón, a la que he querido someter siempre mi conducta. Si he perdido la fe, no ha sido, pues, por quitarme de encima un testigo molesto. Ha sido una evolución lenta pero inexorable, consecuencia de mis continuas lecturas y reflexiones sobre la trascendencia de mi vida. Digo mi vida, porque no hay otra que más me importe. Dicen los científicos que el individuo carece de importancia para la vida sobre la Tierra, y así lo creo, puesto que lo único importante para la continuación de la vida es la especie. No obstante lo cual, el individuo es lo único importante para mí desde el punto de vista religioso, ya que el problema de la salvación, si es que existe, ha de ser individual, y no colectivo. Mi pase a otra vida, tras la muerte, es exclusivamente mío, como lo es la propia muerte.

 

Sin duda, debo convivir con mis coetáneos. En primer lugar, con mis familiares, seres queridos a quienes deseo siempre lo mejor. Pero, fiel a mis actuales creencias, no he querido nunca ser apóstol de la incredulidad. Siempre me he guiado por el respeto más escrupuloso a la fe de cada uno, precisamente por considerar que es un tema privativo de cada cual, irrelevante para un no creyente. Si no existe nada después de esta vida, ¿para qué amargar a nadie con una propuesta de conversión inútil?  Reniego de los apóstoles, tanto de las religiones positivas como de los agnósticos o ateos, sobre todo cuando intentan imponer fanáticamente una fe, por medios violentos o coactivos.

 

No obstante, me alegraría que estas reflexiones hicieran sacar de su comodidad intelectual a alguno de mis futuros lectores, en especial si comparten mi misma sangre. No, por supuesto, pensando en la felicidad de un paraíso inexistente, sino porque les pueda ocurrir, como a mí, que encuentren la gran satisfacción de la verdad, que no está en las doctrinas más o menos reveladas, sino en los hallazgos de la ciencia, que nos va descubriendo los secretos de la existencia, sin necesidad de aceptar la idea de un ser todopoderoso, a quien todo lo debemos y que convivirá con nosotros por toda la eternidad.

 

         Que la existencia de un Dios omnipotente, creador y consolador fuese aceptada por los humanos  desde el comienzo de los tiempos no carece de justificación, dada la absoluta ignorancia del hombre, que se asombraba ante el misterio y se angustiaba ante la contingencia de la vida. No sabía con certeza ni la causa de los fenómenos naturales, ni los secretos de la transmisión de la vida ni cómo se podían explicar las maravillas del universo. Es comprensible que las diversas explicaciones dieran paso a la construcción de las imaginadas doctrinas sobre el espíritu, los seres visibles y su trascendencia, que salva el escollo de la desaparición orgánica. Pero hoy, a comienzos del siglo XXI de la Era cristiana, no es posible seguir ignorando los avances científicos, capaces de explicar lo que antes se aceptaba, sin más complicaciones, por la supuesta revelación divina.

 

Como dice el Premio Nobel francés François Jacob (1965): “Ante el desarrollo de la ciencia experimental, de la genética y la bioquímica, ya no se puede, razones místicas aparte, invocar seriamente ningún principio de origen desconocido, un X cuya esencia escapa a las leyes de la física, para explicar los seres vivos y sus propiedades”.

 

No sé a quién debo dar las gracias por haber vivido en la segunda mitad del siglo XX, que me ha permitido escapar del abrazo irracional de la fe, para tener conocimiento de las verdades científicas que han abierto mis ojos a una parcela, todavía pequeña, de la verdad. Ciencias como la biología molecular,  la física cuántica, la química orgánica, la genética, la neurobiología. Nada de esto sabían mis antepasados, y por eso los exculpo de su ignorancia y de su entrega a soluciones místicas. Pero yo, por suerte que quiero compartir con los míos, he llegado a tiempo de conocer las explicaciones científicas que, aunque destruyan mis infantiles creencias en el cielo y en el infierno, en el dios del amor y de la recompensa, me permiten la inmensa felicidad de entrever la verdad entre tanta bruma de interesada imaginación. Es muy posible que, antes de mi desaparición final, todavía se haga nueva luz, no precisamente revelada, sobre múltiples secretos de la naturaleza y de la vida, cuya solución multiplique mi felicidad.   

       

 

                                                       Francisco Aguilar Piñal

 

 

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