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Colaboración
n. 37 (23-7-03)
TITULO:
La
fe religiosa o El sacrificio de la razón
AUTOR: Francisco Aguilar Piñal
"La libertad de no creer es la
primera libertad del ser humano"
(Paul Kurtz, Free Inquiry)
El mundo de los siglos futuros,
basado en la libertad y la igualdad de los humanos, verá la historia de
las religiones como una anécdota sangrienta en la evolución de las
creencias. Será una dura batalla incruenta, pero, al fin, se impondrá el
laicismo o la laicidad
como la suprema ley de la convivencia. La fragmentación de los diferentes
credos hará imposible la unidad religiosa,
tan largamente perseguida por los medios más inconfesables, casi
todos ellos violentos e incompatibles con
la dignidad humana. En especial utilizados por la Iglesia Católica,
cuyos métodos criminales han sido analizados al detalle en los diez
primeros siglos de su historia por Karl Deschner en los tomos ya
publicados en español de su Historia criminal del cristianismo (Martínez Roca, tomo 9 en 1998).
La “unidad espiritual de la humanidad”, tan deseada por Mircea Eliade,
sólo será posible si triunfa la visión laica de la religión, es decir,
la absoluta libertad de pensamiento y
de creencias, con el máximo respeto a la conciencia libre.
Admitiendo que “la experiencia
religiosa es la experiencia esencial del hombre”, como afirma el teólogo
Julien Ries, incansable estudioso del ‘homo religiosus’
(Lo sagrado en la historia de la
humanidad, 1988), hay que insistir en la índole personal e íntima de
la fe religiosa, a pesar de las manifestaciones más recientes de los teólogos
más progresistas, como Leonardo Boff, quien declara que “las verdades
de fe son un resultado histórico, no cayeron ya maduras del cielo”; o
el español Juan José Tamayo, profesor de la Escuela Bíblica de Madrid,
para quien “la luz de la fe no es individual sino comunitaria, y sirve
para ‘desarrrollar’ el dogma(...) porque los dogmas tienen que ser
interpretados(...) son afirmaciones humanas sobre la palabra de Dios”
(“Dogma”, en Conceptos
fundamentales del cristianismo, Trotta, 1993). Pero se olvidan de que
la salvación del hombre, objetivo final de la fe y del dogma, es un
premio que ha de ganarse cada ser humano, personalmente, como afirma la
ortodoxia católica tradicional y respalda el sentido común. No puede
existir la salvación colectiva, como tampoco la condenación eterna sin
discriminación individual. Como enseña el catecismo, el Juicio
post-mortem ha de ser particular, sin apelación posible a las creencias
de la colectividad. La única esperanza es que el Supremo Juez dicte su
sentencia sobre los actos derivados de la conciencia libre, responsable último
de la racionalidad de los seres humanos.
I
Fe
y ciencia
Aseguran los interesados que Dios
goza de buena salud. O, dicho más dramáticamente, que “se resiste a
morir”. Cada vez más investigadores, según afirma el antropólogo español
Pablo Jáuregui, están enterrando el hacha de guerra que durante siglos
ha enfrentado a la ciencia con la religión, y sugieren que la investigación
científica no tiene por qué estar reñida con la fe religiosa. Idea que
repite, insensatamente, un científico español, Antonio Fernández
Rañada,
al escribir que “El pensamiento científico y la fe religiosa no se
contradicen” (Los científicos y
Dios, 1994, página 285). Desde
luego, esta idea no pasa de ser un whisful thinking de alguien creyente, si nos atenemos a la realidad
de las estadísticas. Una de ellas, publicada en la revista
Nature el año 1996,
indica que no llega al cuarenta por ciento la proporción de científicos
que piensan que todo lo existente ha nacido por un acto creador. Un 45,3%
se declaran ateos y otro 14,5 % tienen serias dudas. Pero lo más
llamativo es que un 38% no creen en la inmortalidad del alma, y un 64,2 %
ni siquiera desean que exista una vida ultraterrena. Históricamente,
nadie puede negar el antagonismo, la rivalidad y la desconfianza mutuas
entre la ciencia y la fe, como ha mostrado con exhaustividad J.W. Draper (Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia, 1987).
El deseo de conciliación entre
religión y ciencia, sin embargo, ha fructificado en varias cátedras de
prestigiosas universidades americanas, como Princeton y Cambridge,
dedicadas exclusivamente a estudiar la reconciliación, a pesar de que la
Academia Nacional de Ciencias en EE.UU. declaraba en 1981 que “la religión
y la ciencia son esferas desligadas e incompatibles del pensamiento
humano”. El cambio de actitud es puramente pragmático, por la utilidad
social que reportaría compatibilizar la fe en dogmas religiosos con los
avances de la ciencia. Pero este pragmatismo, tan americano, desvirtúa
los fundamentos de la fe religiosa, tanto como los descubrimientos científicos
y las ‘revelaciones’ de la naturaleza.
La religión nace de la emoción
del miedo, sentimiento involuntario de angustia ante el incierto futuro,
para proporcionar al individuo alguna esperanza en su ansiosa búsqueda de
felicidad duradera. La ciencia, por el contrario, se basa en la razón
deductiva, sin hacer caso de las emociones, busca la verdad no por el
camino irracional de la 'revelación sobrenatural´, sino por el de la
experimentación y la deducción lógica, paso a paso, lentamente, al
margen de mitos y supersticiones. Ni la metafísica ni la teología son
capaces de dar una respuesta racional a la pregunta básica: por qué hay
algo en lugar de no haber nada. En cambio, el espectacular avance de la
ciencia moderna nos va revelando que resulta innecesario acudir a ningún
dios creador para justificar el origen de la materia, según la teoría
del Universo Inflacionario, que propugna un universo sin principio ni fin.
(Algunos pensadores, incluso, llegan a plantear la posibilidad de la
existencia de universos infinitos, sin conexión conocida entre sí).
Divididos, como todos los humanos, los científicos buscan la verdad de la
naturaleza y de la vida en este planeta, pero algunos dudan en lo más íntimo
de la conciencia, creyendo quizás que esas dudas pueden ser compatibles
con la fe religiosa. Pero la duda es incansable y corroe las entrañas de
la mente, dando origen a un gran sufrimiento moral y psíquico. Aunque
este dolor racional es quizás lo más noblemente digno que puede soportar
un ser humano dotado de una conciencia libre.
Por el camino de la investigación
neurológica, tan reciente y tan esperanzadora, la ciencia podrá aportar
datos impensables para quienes nos precedieron, cuyas ideas sobre el
origen de la vida y de la conciencia no tenían más apoyo que la
superstición religiosa. Las neurociencias, estudiosas del cerebro y sus
complicadísimas funciones, harán innecesaria la fe y sus imaginadas
verdades para explicar el misterio insondable de la naturaleza humana. Así
lo expone el conocido fisiólogo de la Universidad Complutense de Madrid,
profesor Francisco Mora, en sus últimas publicaciones sobre los secretos
del cerebro, la mente y la conciencia, el arraigo de la fe religiosa y sus
conexiones con la ética y la
conducta humana. Porque es ahí, en el cerebro del hombre, donde nace la
íntima desesperanza ante su inevitable desaparición. Las preguntas que
se hace el doctor Mora, y que intenta responder con sus investigaciones,
son las de cualquier mortal preocupado por su suerte: ¿Cómo funciona mi
cerebro? ¿Somos yo y mi maquinaria neuronal una misma cosa? ¿Qué códigos
se han impreso en mi cerebro, producto de más de 500 millones de años de
evolución, que me hacen concebir la realidad que nos rodea? ¿De dónde
nacen la emoción y los sentimientos que encienden lo más básico de la
así llamada naturaleza humana? ¿Ha aparecido el cerebro humano con el
fin de adquirir conocimiento o sólo para mantener la supervivencia? ¿Qué
códigos hay en lo más profundo de nuestro cerebro que nos empujan, no sólo
a seguir vivos, sino a querer trascender nuestra propia historia biológica?
Sus respuestas no pueden ser más nítidas: “De todo ello, en la
Neurociencia actual no parece haber duda alguna de que ‘todo’ lo que
es el mundo que nos rodea y en el que vivimos, lo que nos incluye a
nosotros mismos, es filtrado y en muy buena medida ‘creado’ por
nuestro propio cerebro...Y con ello se llega a la conclusión de que no
hay verdades ‘reveladas’ que no hayan pasado ‘por’ y se hayan
elaborado ‘en’ el cerebro del hombre”.
Ni la filosofía, ni por supuesto
la teología, meramente especulativas, podrán ya dar una razón válida
de lo que es y puede llegar a ser la vida del hombre sobre la
Tierra. Hay que denunciar también la irrelevancia y en muchas
ocasiones el fraude la historia humana escrita en los "Libros
sagrados". Esta historia está grabada solamente en los códigos
profundos de nuestro cerebro, todavía ignorados, pero cuyos secretos nos
irán desvelando las futuras investigaciones biológicas y psicológicas.
Será la Ciencia, sin duda, la que proporcionará las respuestas adecuadas
a las angustiosas preguntas del ser humano, que las religiones no han
podido ofrecer más que por medio de irracionales
"revelaciones". La única verdad evidente a mis ojos es la de mi
finitud y mi muerte. La fe religiosa en un dios me puede ayudar a
sobrellevar mi angustia hasta ese momento, pero sin olvidar que su
existencia y sus atributos son mera imaginación, creados en mi propia
mente. Seré mucho más feliz si acepto mi destino, sin falsas esperanzas
de supervivencia. Buscar y llegar a la verdad, aunque sea a través de la
reflexión científica, es el único camino cierto de felicidad para el
ser humano que, sin sometimiento religioso, acepta las conclusiones de la
Ciencia como la gran meta alcanzada por la razón, madre de la conciencia
crítica y libre. Bertrand Russell consideraba la fe religiosa como una
forma de cobardía intelectual, propia de los que no se atreven a ver el
mundo tal como es, en su descarnada realidad (La nueva concepción del
mundo, 1988)
II
Distinciones
semánticas
Como en toda posible discusión,
lo que se hace necesario, en primer lugar, es el deslinde semántico de la
palabra discutida. ¿Cuántos significados distintos tiene la palabra fe?
¿Cuáles son los límites del contenido religioso de la fe? ¿Qué
parentesco existe entre el sustantivo (fe) y el verbo (creer)? ¿Son sinónimos
fe y creencia?
Según la etimología, la fe se
basa en la confianza (fides), como todos sus derivados: fidelidad,
fiduciario, fideicomiso, fidedigno. Esto supone que la fe se presta a
alguien, como indica el verbo fiar, fiarse (me fío de (...) porque
le conozco y me merece confianza). Este acto de fe es libre y
voluntario, en tanto que fe profana, sin salir del ámbito de las
relaciones humanas. No sucede lo mismo con la fe religiosa, que depende de
una `revelación´ divina, a cuyo invisible beneficiario no conocemos más
que por la propia fe. Y si de la ortodoxia católica se trata, esta fe en
la palabra revelada no depende de la razón, ni está fundada en la
credibilidad de un Ser Superior, a quien no conozco más que por esa misma
palabra supuestamente revelada. Es un don gratuito que no depende de la
voluntad humana, como queda dicho en los escritos joánicos: "nadie
puede venir a mí si el Padre no lo trajere" (Jn 6, 44) y repiten
teólogos modernos como Evangelista Vilanova, profesor en la Facultad de
Teología de Cataluña (Cap. "Fe" en Conceptos fundamentales
del cristianismo, Trotta, 1993) y filósofos de la talla de Gustavo
Bueno, para quien, siguiendo la doctrina ortodoxa, "la fe es un don,
que Dios concede a quien quiere" (Cuestiones quodlibetales sobre
Dios y la Religión, Mondadori, 1989). Como sé por propia y dolorosa
experiencia, la fe se puede perder, y es imposible recuperarla por más
que lo decida la voluntad. ¿Quién puede asegurar que `cree´ porque
`quiere creer´? Es un error teológico, por tanto, afirmar que la fe es
una virtud, si no tiene la condición de acto voluntario. Tener fe carece
de mérito y de responsabilidad, ya que depende del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo.
El verbo creer,
que es el comúnmente usado para dar vida activa a la fe, tiene de hecho
significaciones múltiples en español, que conviene deslindar para
acercarnos con más acierto a la fe de tipo religioso. La creencia expresa el objeto del verbo, y queda modificada por el
complemento proposicional. No es lo mismo
creer a (acto de confianza en alguien),
creer que (suposición) o creer
en (certeza moral). Para creer a “alguien” es preciso un cierto grado de
confianza en la persona que habla. Sin este sentimiento previo, es muy difícil
aceptar el contenido de la creencia. Puedo creer a mis padres, a mis
amigos, a las personas que me hablan con autoridad. Pero si falla esta
confianza, se pierde la fe en esa persona. Con la expresión “creo
que” puedo significar una opinión (“creo que esta novela es muy
buena”), un deseo (“creo que mañana lloverá”),
una suposición (“creo que mi mujer me engaña”). Por el
contrario, si afirmo que “creo en” algo estoy expresando una certeza
moral (“creo en la bondad del ser humano”), física (“creo en la
teoría de la relatividad”), psíquica
o parapsíquica (“creo en los fantasmas”), religiosa (“creo en
Dios”).
La tres acepciones tienen sus
derivaciones semánticas en la credulidad
del sujeto, como componente de su singular temperamento y de su formación
intelectual, y en la credibilidad que tal sujeto merece al conjunto de la sociedad. El crédulo
es aquel que cree con excesiva facilidad, sin comprobación crítica.
Por el contrario, el creyente es el que cree sin dudar. Llamamos credo al conjunto de doctrinas, religiosas o profanas, que son
aceptadas como ciertas por una colectividad y que se profesan por cada
creyente, de forma individual. En el caso de la fe católica, el credo
es el símbolo de esta fe, predicado y transmitido por la Iglesia
de Roma. En el origen semántico está el verbo latino credere, del que proceden también el adjetivo creíble y el sustantivo credencial,
que se alejan ya de nuestro intento.
En cualquier caso, la creencia puede tener un contenido sagrado y otro profano. Al
convivir en sociedad hemos de usar constantemente de la fe profana, porque
de otro modo no sería posible la convivencia. Puedo creer a pies
juntillas la confidencia de un amigo, el contenido de un libro, lo que me
pronostican las cartas del tarot o la enseñanza de un profesor, pero lo
haré aceptando como válida la palabra de quien me lo comunica, porque
considero que merece mi confianza. Creo porque me fío de quien habla. En
este sentido, la fe necesita de la confianza, como queda dicho. Por otra
parte, decir “creo que me curaré de esta enfermedad”, “creo que con
mi conducta agradaré a mis padres”, “creo que mañana saldrá el sol
lo mismo que hoy” son aserciones de fe en un futuro, basadas en que se
cumplirán las leyes naturales, éticas y psíquicas, alimentadas por la
esperanza de su cumplimiento.
Pero esta fe, que llamo profana,
no tiene relación alguna con la espiritualidad. Está fundamentada en la
experiencia sensible, en el conocimiento científico, en el raciocinio
lógico, en la deducción analógica, en la solidaridad o en el amor. No
es esta la fe que aquí interesa, sino aquella que, cerrando los ojos a la
realidad y a la propia razón, cree firmemente, con absoluta confianza y
sin la más leve impresión de duda, en una verdad supuestamente `revelada
por un Ser Divino´, infalible y todopoderoso. Por un imperativo ético,
no se deben usar las dos acepciones indiscriminadamente. Quien trate de la
fe religiosa no debe olvidar que está hablando de una fe `revelada´,
misteriosamente comunicada a los humanos, sin depender de un acto racional
y libre
III
Revelación
y fe
La fe religiosa, según san Pablo,
es ”un medio de conocer las cosas que no se ven” ( Heb. 11:1). En
otras palabras, hay que desligarla de toda experiencia sensible. Por otra
parte, desaparecerá, por innecesaria, al recibir el premio ultramundano
de la visión beatífica (I Cor. 13:12). La fe religiosa, por tanto, lo
mismo que la esperanza, son ‘virtudes gratuitas’, que sólo se dan en
la vida terrena, cuando el hombre somete su inteligencia y su voluntad a
la creencia ciega en las promesas de un dios inventado, como Jahvé para
los judíos, Alá para los musulmanes o la Santísima Trinidad para los
cristianos. Ninguno de ellos tiene existencia real, pero sus creyentes se
cuentan por miles de millones en todo el mundo. Si la Biblia es el conjunto de libros sagrados, y por tanto verdaderos,
para el judaísmo y el cristianismo, el Corán
constituye la revelación última y definitiva de Dios.
La fe en Cristo no necesita de
milagros ni de más testimonios que la propia palabra de Cristo:
“Bienaventurados los que no ven y creen” (Jn. 20:29). Con esta sola
frase evangélica se destruye la intención del invocado Creador, que dota
a los humanos de razón y de libre albedrío para después pedirle, como a
Abraham, el sacrificio de esas dos propiedades que los distinguen de la
simple animalidad. La fe en la palabra de un Ente desconocido, sin más
testimonio que los escritos de las llamadas ‘Sagradas Escrituras ’ y
de unos interesados comentaristas, cuya hermenéutica se basa, a su vez,
en las enseñanzas de esas
Escrituras, es, con toda evidencia, el suicidio de la razón humana y la
negación de su libertad. Confianza, sumisión y obediencia, tanto a la
divinidad como a sus intermediarios. Sobre estas premisas se han levantado
gigantescos y frágiles edificios de espiritualidad a lo largo de la
historia del hombre. ¿Cómo es posible tanta credulidad en unos textos
ajenos a la razón, que han
seducido a millones de humanos, sin el menor viso de verosimilitud? ¿No
es suficiente como demostración de su falsedad la dispersión de la fe
cristiana o musulmana en cientos de sectas, todas diferentes y rivales
entre sí?
La
clave del arco, que sostiene todo el entramado teológico, está en la
palabra revelación o manifestación de los misterios sagrados, es
decir, comunicación de la divinidad creadora con la criatura mortal. Esa
comunicación ha quedado registrada no hace mucho (la más antigua no llega
a tener cuatro mil años) en los conocidos como “Libros sagrados”,
cuya primera expresión pudiera ser el Libro de los muertos del pueblo egipcio, pero sin influencia en la
vida posterior del mundo occidental, que divide sus creencias religiosas
en los tres monoteísmos rivales: el judío, con el Antiguo
Testamento y la Torah; el
islamita o musulmán, con el Corán;
y el cristiano, basado en las enseñanzas del Nuevo
Testamento.
Para la criatura racional se
plantea una primera dificultad, de carácter metafísico: ¿Cómo es
posible la “comunicación” entre dos seres tan diferentes como el
creador y su criatura? Para ello hay que admitir, con anterioridad, la
existencia de un sujeto creador y de un acto creador, con lo que hemos
entrado en un círculo vicioso, en un laberinto del que no podemos salir,
porque la entrada y la salida conducen al mismo sitio. Creo en la
existencia de Dios, porque me lo dice el mismo Dios, a través de su
palabra “revelada”. Para unas mentes escasamente críticas puede ser
‘razonable’ que exista un Ser Superior, creador omnipotente. Pero este
juicio, por muy extendido que esté, no conduce a la fe religiosa, que
implica la creencia firme en una serie de dogmas, que, como la propia
revelación, se basan en la palabra de otras ‘autoridades’ proféticas,
cuyas ‘palabras’ se predican como ciertas por una supuesta
‘inspiración’ divina, que nadie puede contrastar. Si, como creo, la
existencia de un Dios es meramente simbólica, difícilmente podrá
comunicarse con el ser creado, ni por sí ni por sus intermediarios.
Además, como expone Gonzalo
Puente Ojea (Elogio del ateísmo),
la revelación, “cuya definición es imposible tanto conceptual como
históricamente, permite modificar, corregir o ampliar el conjunto de
enunciados que constituyen su objeto, en función de circunstancias
contingentes y cambiantes”. Así se llega a la idea absurda de la
“revelación abierta”, admitiendo una fe que puede evolucionar,
dejando inerme al pobre creyente, cuyas más firmes creencias religiosas
puede ver modificadas de la noche a la mañana. Si hoy la fe me advierte
de la existencia de verdades irrefutables, mañana la ortodoxia teológica
puede decirme algo distinto, dejando mi fe al albur de la cambiante
circunstancia. A menos que alguien asuma que su fe es sencillamente seguir
la senda marcada por el pastor, es decir, confundir la fe con la
obediencia ciega, porque sólo el pastor conoce el camino del aprisco.
La
revelación no es más que un subterfugio para hacer prosélitos
sumisos y fieles. No es pensable que un Dios, sabio y amante de sus
criaturas, haya optado por comunicarse con ellas a través de
intermediarios, a menudo de tan escasa talla moral y de textos tan
contradictorios, que bendicen la violencia al mismo tiempo que el amor al
prójimo, la pobreza en medio del lujo de sus jerarcas, la sumisión al
poder despótico tanto civil como eclesiástico. ¿No han sido las guerras
de religión las que más sangre de humanos han regado la teirra? ¿Cómo
es posible que la Iglesia Católica nos proponga como idénticos modelos
de santidad a dos antagónicos religiosos del siglo XIII, San Francisco de
Asis, amante de todas las criaturas, con el español Santo Domingo de
Guzmán, martillo de herejes, paladín de la sangrienta
Inquisición? Del Dios infinito tenemos derecho a esperar
otro tipo de literatura, otros modelos de santidad y otra clase de intérpretes,
más cercanos a la pureza ideal que predican.
Si ese supuesto Dios omnipotente y
misericordioso pudiera `comunicarse`, en forma de inspiración personal,
como la simbólica musa inspira al poeta, ¿hubiera tardado tanto en fijar
doctrina de la salvación, que ni aún hoy conocemos en todos sus
detalles, que mañana pueden variar? Realmente, si no fuese tan trágico,
sería cosa de burlarse despiadadamente de tantos crédulos, incapaces de
liberar a su propia razón de las ataduras de la fe impuesta. Por más que
se empeñen los teólogos modernos, la doctrina cristiana no puede ignorar
las contradicciones y vesanias que ensombrecen los textos bíblicos. La palabra
de Dios, por muy `revelada` que sea, no puede incitar al error, al
odio, a la venganza y al crimen, como ocurre en esa especie de `novela
negra` que es la Biblia. Para un comentarista libre de prejuicios, no
sería posible resumir aquí la serie de disparates que expone como
verdades demostradas el profesor de Filosofía de la Religión en la
Universidad de Santiago de Compostela, Andrés Torres Queiruga, en las
breves páginas que dedica a la `Revelación´ en la voluminosa
obra colectiva que tiene por titulo Conceptos fundamentales del
cristianismo (Trotta, 1993)
IV
La
imposición de la fe
Esta clase de creencia, que vive
íntima y exclusivamente en la conciencia individual, es un asentimiento
intelectual que excluye la menor sombra de duda. Este asentimiento,
opuesto, tanto a la simple opinión como al saber racional, es fuente de
conocimiento suprasensible, no experimental, basado en un supuesto
testimonio de autoridad ‘divina’. Es el sometimiento voluntario de la
mente humana a un poder que se cree sobrenatural, insinuado desde la niñez
y alimentado en la edad adulta por los ‘administradores’ de la fe
religiosa. Los educadores de la fe se lanzan, en feroz competencia, a la
conquista del alma infantil o primitiva, no para educar la razón sino
para imponer una fe. Sin embargo, una vez superada la etapa de la dependencia intelectual, todo
ser humano ha de aprender a pensar por sí mismo, a defender su libertad y
a someter a juicio todas las creencias recibidas. A medida que la razón
va madurando, ha de ir disminuyendo la confianza en el otro, en detrimento
de la fe como fuente de conocimiento. Y si esa fe es de carácter
espiritual, basada en una palabra ‘divina’, habrá de analizar con
cuidado cuál es el contenido de esa fe, su origen, su posibilidad y su
aceptación intelectual.
No hay religión que no predique
una fe. Ni fe religiosa que no necesite de unas `verdades´ supuestamente
`reveladas´ por un Dios ajeno al hombre y al mundo en que vive, repetidas
y predicadas por unos `intermediarios´ entre la humanidad y la divinidad.
Para un creyente católico la oración del credo encierra en unas
breves líneas el contenido fundamental y dogmático
de su fe. Aprendida en la niñez, pocos se han
parado a meditar sobre su origen y significado. Origen que en vano
buscaré en los evangelios, puesto que no se redacta hasta el Concilio de
Nicea (325 d.C.), sin que se generalice su enseñanza como dogma hasta la
Edad Media. Su doctrina sobre la divinidad de Jesús de Nazareth fue el
resultado escrito de la victoria teológica sobre el arrianismo. Es decir,
hasta el siglo IV no quedó formulada expresamente la ortodoxia doctrinal
del cristianismo, movimiento religioso que ha tenido que batallar férreamente
desde sus orígenes con opiniones y creencias adversas para ir dibujando
durante varios siglos la doctrina que hoy se considera ortodoxa.
La teología dogmática posterior
pretendió imponer a la razón humana el misterio de Dios, pero lo único
que consiguió fue enemistar cada vez más a la razón con la fe. El credo
quia absurdum, a pesar de su irracionalidad, llegó a presentarse como
la verdad suprema, el único medio de vencer, muy cómodamente, cualquier
clase de duda. El sacerdocio cristiano ha predicado, generación tras
generación, con sumisión intelectual a la jerarquía, las conclusiones
siempre cambiantes y acomodaticias, de los intérpretes más conspicuos de
la palabra divina, sean la tradición apostólica, los conocidos como
Padres de la Iglesia, definidas como verdades necesarias por los Concilios
y los Papas. Para evitar cualquier desviación doctrinal, la Iglesia ha
inventado la infalibilidad de la Biblia como “palabra de Dios” y del Sumo
Pontífice, como Vicario de Cristo, que, por solo este título, no puede
engañarse ni engañarnos.
Gonzalo Puente Ojea, en su última
publicación (La andadura del saber,
Siglo XXI, 2003) ha resumido admirablemente la trayectoria eclesiástica
que va de la ‘inspiración’ a la ‘inerrancia’ bíblicas. Comienza
por indicar que la autoría de la Sagrada Escritura pertenece, según la
Iglesia, al mismísimo Dios que predica. En el siglo XI (Carta de León
XI, que incluye el “Símbolo de la fe”, año 1053) se afirma que el
“Dios y Señor omnipotente es el único autor del Nuevo y del Antiguo
Testamento”. Profesión de fe que se reitera en 1208, en 1267 y en 1274
por diversos Papas, indicando a los historiadores las duras batallas teológicas
libradas en el siglo XIII. Pero “la primera definición dogmática de
que la Sagrada Escritura no contiene mentira o error” se encuentra en la
Constitución papal Cum inter
nonnullos de Juan XXII (1323) y después en la carta Superquibusdam de Clemente VI (1351), donde ya se dice expresamente
que “el Nuevo y Antiguo Testamento, en todos los libros que
nos ha transmitido la autoridad de la Iglesia Romana, contienen en
todo la verdad indubitable”
(la cursiva es de Puente Ojea). La Bula de Eugenio IV (1442) Cantate
Domino insiste en que “por inspiración del mismo Espíritu Santo
han hablado los santos de uno y otro Testamento”.
Pero ha de llegar el Concilio de
Trento (1546) para que la Iglesia de Roma declare que el Evangelio
cristiano es la fuente de la verdad, y asuma la veneración de todos los
libros canónicos, así del Antiguo como del Nuevo Testamento, comoquiera
que un solo Dios es autor de ambos, y las tradiciones apostólicas,
"por continua sucesión conservada en la Iglesia Católica”,
declarando anatema a quien no recibiere como sagrados los libros mismos íntegros
con todas sus partes, y se contienen en la antigua edición de la Vulgata
latina. Pasados los siglos, el Concilio Vaticano I (1870) aprobó la
“Constitución dogmática sobre la fe católica”, en la que se defendían
los libros bíblicos no sólo porque “contengan la revelación sin
error, sino porque, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen
a Dios por autor”. Tesis repetida por otros Papas (1907, 1915, 1920,
1950) hasta llegar al Concilio Vaticano II (1965) en el que se insiste en
la verdad de la Escritura: “los Libros Sagrados enseñan sólidamente y
fielmente y sin errar la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros
para nuestra salvación”.
Como señala el mismo autor,
"La Iglesia es quien define sus fronteras. Pero, además, es también
la Iglesia quien establece soberanamente su interpretación". Parapetada
en el misterio de la `revelación´ y en la sucesión jerárquica
apostólica, desde el mismo Pedro, la Iglesia católica puede permitirse
el lujo de ser juez y parte en toda posible discusión dogmática. Por lo
visto, ni el propio Jesús de Nazareth, ni los apologetas de la religión
después, tuvieron claro el contenido total del canon católico, ya que la
Iglesia jerárquica ha ido añadiendo, en el correr de los siglos, nuevos
dogmas y creencias al primitivo (siglo IV, al menos) depositum fidei.
Así ha ocurrido, por ejemplo, con los dogmas referidos a la madre de
Cristo, la Inmaculada Concepción y la Asunción a los cielos, o más
recientemente, con la infalibilidad pontificia.
V
La
salvación por la fe
Si las religiones primitivas se
basaron en los cultos y ritos sacrificiales para calmar la ira de los
dioses creados simbólicamente, la constitución de las Iglesias como
comunidades de creyentes, entregados a la obediencia por la fe, supuso el
montaje de una estructura teológica, en cuyo vértice aparecía, como
objetivo consolador, la palabra mágica: salvación.
Ya no se trataba de calmar o adorar a los dioses simbólicos, sino de
presentar al pobre ser humano, hijo del dolor, sometido a su desgraciada
condición, impotente en su desnudez ante los misterios de la naturaleza,
como destinatario de un mundo mejor, más allá de esta vida,
desesperadamente corta. El ofrecimiento de un ‘paraíso’ de felicidad
explica el éxito de las religiones, sobre todo de las monoteístas. Con
este falso estandarte han conseguido reclutar a sus fieles, ansiosos de
vencer a la muerte, pero crédulos que no dudan en sacrificar su razón y
su espíritu crítico.
En los últimos dos mi años las
diversas doctrinas religiosas, predicadas por líderes con gran capacidad
de convicción, han ido conformando el mapa de la religiosas humana, con
desigual reparto geográfico. Que la religión no depende de la voluntad
se puede probar, además de la filosofía, con argumentos simplemente
geográficos. Un nacido en Oriente crecerá en el seno de una familia y
una religión muy distintas de otro nacido en Occidente. Si el inevitable
destino quiso que abriera los ojos en una familia y en una sociedad
confesionalmente católica, así será
su educación y su fe, hasta que, con el desarrollo de su propio
criterio, pueda juzgar esas creencias y aceptarlas o rechazarlas, esta vez
voluntariamente. Lo cual no será nada fácil si nos atenemos a las
‘circunstancias’ vitales, como diría Ortega y Gasset, que van
formando su personalidad. ¡Qué difícil resulta rebelarse contra las
ideas recibidas de las personas que se aman y respetan, de quienes se han
recibido el amor, la instrucción y la fe religiosa!
Además, está el entorno y la
propia experiencia. En todos los pueblos, por pequeños que sean, un
templo domina siempre el caserío. Acá y acullá, en las grandes ciudades
encontramos catedrales, iglesias y conventos que nos hablan de la religión
aprendida; monasterios de paz y de soledad envidiables en los más
retirados y bellos rincones naturales. Por todo el mundo, iglesias,
mezquitas, sinagogas, pagodas, templos de las más variadas confesiones,
las más de las veces lujosos hasta la extenuación. La historia, escrita
siempre por los vencedores, no hace más que justificar todas las
crueldades en nombre del Dios de la Victoria, sin hablar del Dios de la
Misericordia. Se magnifican las obras misioneras, siempre admirables en su
labor altruista, pero muy equivocadas al predicar dioses tan diferentes.
El idioma en que nos entendemos, por su parte, recoge el uso constante de
términos religiosos, entre los que predomina la palabra Dios, enquistada en lo más profundo de la conciencia lingüística,
en modismos y expresiones habituales. El arte, sufragado en todos los
siglos por el dinero eclesiástico, en una sabia política seductora, ha
conseguido sus obras maestras al tratar los temas religiosos. Pintura,
escultura, orfebrería, música y arquitectura, que engloban el espíritu
creador del hombre, la cultura que ha ido construyendo a lo largo de su
breve historia, no pueden entenderse sin la fe religiosa.
Todo a mi alrededor me habla,
pues, de salvación, de otra
vida más allá de la muerte, de paraíso eterno, de felicidad conseguida
al fin, después de una vida terrena de sufrimiento y miseria. Pero mi razón
no se lo cree. Porque, si hago uso de mi pobre juicio crítico, no veo más
que grietas en el edificio de la fe, presuntamente imbatible. Por eso,
hago mías las palabras del ex-jesuita Salvador Freixedo: “Gracias a
Dios he perdido la fe. Mi infantil fe en el absurdo dogma cristiano” (Interpelación
a Jesús de Nazareth). Y apoyándome en el filósofo protestante Baruc
Spinoza, que creía en Dios pero no en la revelación, diré con él que
“no sólo la razón tiene prioridad sobre cualquier forma de revelación,
sino que es precisamente la auténtica revelación emancipadora y no
esclavizadora” (Tratado teológico-político).
A nadie puede caber duda de la
sinceridad de la fe y la bondad de tantos y tantos millones de seguidores
de Jesús que han defendido como verdadera la doctrina católica. Pero
esto no excluye la intencionalidad fraudulenta de los ilusos exegetas que
pusieron en pie ese gigantesco edificio doctrinal del cristianismo, que,
al final, se ha resquebrajado por la arenosa inconsistencia de sus
cimientos. Porque ellos, y sólo ellos, son los responsables de las
interpolaciones, mutilaciones y tergiversaciones científicamente
demostradas en la selección y ‘arreglo’ de los textos para
fundamentar la fe en un esquema coherente con la doctrina de Pablo de
Tarso y posteriormente con la doctrina política de Occidente. ¿Cómo
admitir que la ‘mano de Dios’ guiaba su pluma cuando se deslizaban en
sus páginas fallos de interpretación y errores doctrinales que después
hubieron de rectificar sin el más mínimo pudor?
La pretendida salvación
no es más que un señuelo para atraer a los incautos. Ni con obras ni
sin obras, la fe no nos puede salvar de nada, puesto que no hay más vida
que la terrena, ni más felicidad que la que aquí se puede alcanzar con
el amor y el respeto, sin hacer daño a nadie, que es el único
mandamiento que nos ordena la Naturaleza, cuyos secretos nos hablan de un
misterio insondable, en cuya búsqueda se hace digno el ser humano,
mediante la razón y el juicio, cualidades no compartidas con los
animales, y que nos convierten en seres superiores capaces de reflexionar
y dominar la tiranía de los dioses simbólicos. Frente a la multitud de
los crédulos, quien así afronte la vida, habrá conseguido la única
salvación posible.
Creadas por el superconsciente
personal, las imágenes metafísicas de los mitos religiosos como el alma
espiritual, un Dios creador y omnipotente, el paraíso celestial, el
pecado original, el infierno eterno, y tantos otros, constituyen símbolos
de un sentido profundamente humano, pero que, tomados por realidades, se
convierten en falsedades que sólo se pueden combatir con sentido crítico
y conciencia libre. Esta es la única y posible “libertad de los hijos
de Dios”.
Francisco Aguilar Piñal
fap1931@telefonica.net
Ailbib:
Gracias por tu nueva colaboración. Con toda seguridad, es una de las
mejores que he recibido hasta ahora
Sr. lector. ¿Quieres publicar tus
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entrada Colaboraciones)
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