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Colaboración n. 28    (1-3-03)

TITULO: Biblia: la novela del pueblo elegido

AUTOR: Francisco Aguilar Piñal

 

 

 

A Marisa

 

 

Escrita a lo largo de más de diez siglos (VIII a.C.-II d.C.), traducida, copiada y recopiada en los monasterios medievales, la Biblia fue el primer libro impreso, el más demandado y del que más ediciones se han hecho en las diversas lenguas y dialectos. Resulta impresionante la visita a bibliotecas especializadas, como la Vaticana de Roma o la Augusta de Wolffenbüttel, donde se conservan espléndidas colecciones bíblicas de todo tiempo y lugar. Con sus miles de comentaristas que, desde el prejuicio de la fe, han intentado salvaguardar para la posteridad el estimado como “depósito de la revelación divina”. Revelación que dan por cierta, magnificando el mensaje de virtud, amor y esperanza, pero ocultando las múltiples ocasiones en que el mensaje se transforma en moral depravada de los héroes bíblicos o, peor aún, del propio Yahvéh. Es lo que ocurre, por ejemplo, en la más conocida publicación de hermenéutica bendecida por la Iglesia Católica, excelente, por otra parte, como introducción histórica a la transmisión secular del texto sagrado (La Biblia judía y la Biblia cristiana, Trotta, 1993).

Los tres pilares sobre los que se asienta el fenómeno religioso son la autoridad, la tradición y la experiencia. Ignorando este último, ya que forma parte de la intimidad personal, un espíritu verdaderamente libre no puede conformarse con lo que predique una autoridad que se ha constituido a sí misma, al margen de toda racionalidad. La aceptación de un texto pretendidamente ‘revelado’ ha de fundamentarse en un juicio crítico de valor, no en piadosas creencias ni en exégesis interesadas de los propios comunicadores de una fe excluyente, siempre impuesta y nunca sujeta al debate de la razón. Dada la vulnerabilidad de sus argumentos y la pudorosa resistencia de los creyentes ante las barbaridades e inmoralidades contenidas en el Antiguo Testamento, la Iglesia católica no ha tenido más remedio, a fin de acallar comentarios peligrosos, que declarar como dogma de fe la ‘revelación divina’ de la Biblia. Así lo establece la constitución dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, donde se puede leer que “la Santa Madre Iglesia, según fe apostólica, tiene por santos y  canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor”. Los escribas elegidos por Dios se vieron limitados y determinados en su redacción, porque escribieron “todo y solo lo que El quería”. Así, pues, concluye el texto: “hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las Sagradas Letras para nuestra salvación”.

Con todo respeto para los sesudos varones que intervinieron en la discusión y redacción de esta constitución dogmática, he de poner de manifiesto, haciendo uso solamente de mi pobre raciocinio y juicio crítico mi rechazo más absoluto, primero, a que ningún ser humano pueda imponer a otro dogma alguno de verdad supuestamente ‘revelada’, y segundo, a tamaña sarta de incongruencias, expuestas sin soporte racional. El primer y único pasaje de la Biblia en que se afirma la inspiración divina -ajena a la profética- salió de la pluma de Pablo de Tarso, en una de sus cartas (2 Tim.3:16-17), ya avanzado el siglo II de nuestra Era. Tesis que han aprovechado hasta el máximo los teólogos de todos los tiempos y que fue recogida formalmente por el Papa León XIII, declarando que la Biblia era, no sólo un venero de verdades históricas, sino de enseñanza moral conducente a la salvación (Encíclica Providentissimus Deus, 1893). Y más recientemente, se ha escrito que “El Antiguo Testamento es una parte de la Sagrada Escritura de la que no se puede prescindir. Sus libros son libros divinamente inspirados y conservan un valor permanente, porque la Antigua Alianza no ha sido revocada” (Catecismo de la Iglesia católica, 1992, 121). Es decir, ha sido la doctrina paulina la que, como en casi todo, ha cimentado el dogma cristiano, incluido el soporte esencial de la inspiración divina de la Biblia, creída a pies juntillas por millones de devotos creyentes que ignoran la ‘cara oscura’ de sus textos fundacionales. Resulta incomprensible que desde los más primitivos cristianos (exceptuando a Marción y a los gnósticos del siglo II) se haya aceptado sin más contrariedad la tesis del origen sagrado de la Biblia, pozo de sabiduría y bondad en unos casos, pero también sentina de maldad en otros. Es evidente que, en nuestros días, la infalibilidad y aun la historicidad de la Sagrada Escritura se ha derrumbado ante la verdad de tantos descubrimientos históricos y científicos que la desmienten. No es posible ya aceptar, si no es por la fe irracional, la condición de ‘palabra de Dios’ con que se ha pretendido sacralizar popularmente un libro tan lleno de errores, falsedades y desviaciones morales.  Mayor asombro causa que tal aceptación la hayan mantenido, sin separar el grano de la paja, sabios teólogos y analistas de las tres religiones que aceptan la Biblia como fundamento de su religiosidad, sin mayor escrúpulo de conciencia. ¿Tal ceguera produce la fe, cualquiera que esta  sea? ¿No habrá demanda posible contra el asesinato impune de la razón? 

Basándome en mi propia experiencia religiosa, quiero levantar mi voz para denunciar el engaño y proclamar, con citas del Antiguo Testamento, que hay ‘otra’ Biblia, no predicable, que también es ‘palabra de Dios’. Ejemplos de inmoralidad incompatibles con la presumible santidad del Ser Supremo adorado por los creyentes. No soy el primero que lo hace, ni seré el último en sumarme a la, desgraciadamente, minoría que, sin dejarse embaucar por seductoras y mentirosas palabras de consuelo, persigue con denuedo la verdad como supremo fin de los seres racionales. Por los datos existentes, y los estudios de los más imparciales, se pueden sacar unas conclusiones totalmente opuestas a las habitualmente aceptadas.  Comenzando por el inicial paganismo del pueblo de Israel, ‘contaminado’ por las idolátricas creencias de sus vecinos, en especial del pueblo egipcio (R.Ambelain, Los secretos de Israel, Martínez Roca, 1996).       

I

Los personajes más representativos del Antiguo Testamento son grandes pecadores. He aquí algunos ejemplos: Adán, el padre del género humano según el relato bíblico, fue expulsado del paraíso por desobediencia y soberbia (Ge. 3:23). Caín, su hijo, fue un cobarde fratricida (Ge.4:8). Lot, el sobrino de Abraham, cometió incesto con sus dos hijas (Ge. 19:30-38). Moisés, que liberó al pueblo hebreo de la esclavitud, asesinó a un egipcio y huyó de la justicia durante cuarenta años (Ex.2:11-15). Saúl, el primer rey de Israel, se suicidó con su propia espada (1 Sam.31:4-6). Su sucesor, el rey David, el héroe más admirado de la tradición judía, cabeza del linaje mesiánico, compró como esposa a Micol, hija de Saúl, por el precio de cien prepucios de filisteos (1 Sam.18:25-28) y ordenó asesinar a Urías para cometer adulterio con Betsabé, madre de Salomón (2 Sam.11:24-27). Amnón, hijo primogénito de David, cometió incesto con su hermana Tamar (2 Sam.13:1-22) y fue asesinado por su hermanastro Absalón (2 Sam.13:28-29). El rey Salomón, esposo de una princesa egipcia, que reinó sobre Israel durante cuarenta años (970-930 a.C.), fue un monarca iracundo, que ordenó la muerte de su hermanastro Adonías, y lujurioso, con más de mil mujeres en su harén, que le indujeron a la idolatría (1 Re.11:1-13). El profeta Elías, preferido de Yahvéh, hizo degollar a casi medio millar de seguidores del dios Baal (1 Re.18:40). Por la maldición de otro profeta, Eliseo, dos osas descuartizaron a cuarenta y dos jóvenes que se habían burlado de su calvicie (2 Re.2:23-25). Para que no falte la casta sacerdotal, traeré finalmente el ejemplo del sacerdote Matatías, que degolló a un oficial extranjero en el mismo altar del sacrificio (1 Mac.2:24).

Como las citadas, casi todas las páginas del Antiguo Testamento están teñidas de sangre. Y no es de extrañar, tratándose de la historia de un pueblo que, desde la esclavitud de Egipto, hubo de irse abriendo camino hacia la libertad y la independencia política en un mundo hostil, contra todo tipo de adversidades y enemigos: cananeos, filisteos, hititas, amorreos, asirios, jebuseos y demás pueblos belicosos del Oriente medio. Estas circunstancias, unidas a la condición humana de los personajes, podrían  hacernos disimular acciones depravadas que son  compañía inseparable del asentamiento geográfico por la fuerza de la guerra. Pero es que la tan divinizada Biblia no es sólo la narración histórica de un pueblo nómada que compite con otros por la hegemonía y posesión de un territorio. Es algo más, completamente singular: la historia novelada de una colectividad que, para conseguir la unidad de tribus y caudillajes diversos, acude a la religión  ‘inventando’ un Dios antropomorfo de su exclusiva propiedad, que, sin nada que lo justifique, y con su propia voz,  sella un pacto de filiación con este pueblo de esclavos hebreos, al que se dirige como su ‘pueblo elegido’. Así, como enseña la historia, lo que al comienzo fue un grupo de mercenarios, alquilados al mejor postor en las fértiles tierras de Mesopotamia, y después unos hombres vencidos y tratados como esclavos por el faraón egipcio, llegaron a constituir, al cabo de algo más de un milenio, un pueblo cohesionado, servidor de un Dios único, Yahvéh, tan innombrable como inexistente, ‘imaginado’ y forjado, con todos sus atributos, más humanos que divinos, por los sucesivos redactores de la Biblia.

Porque estos dirigentes hebreos tuvieron el acierto, más que ningún otro pueblo, de dejar constancia por escrito de todo lo realizado a través de los siglos para conseguir la unidad del culto y el sentimiento patriótico del ‘pueblo elegido’ por Yahvéh. Este ‘supuesto’ Dios les dio normas de vida, estableció una casta sacerdotal, la tribu de Leví, para que perpetuamente le sirviera en los actos del culto y fue renovando el ‘pacto’ de protección, pese a las continuas infidelidades de los volubles israelitas. Prometió a Noé que no volvería a destruir el mundo con un nuevo diluvio (Ge.9:8-17). Bendijo al patriarca Abraham y a su posteridad (Ge. 15:4-6). En el monte Sinaí, según un texto, y en el monte Horeb, según otro, entregó a Moisés las Tablas de la Ley, con los diez mandamientos (Ex.20:2-17 y De.5:6-21). Aseguró a los hijos de Israel su bendición si observaban sus mandamientos (De.14:13,23). A los levitas les anunció el sacerdocio perpetuo (Nu.25:12-13). Al rey David le prometió un trono eterno (Sal.89:20-30). Para mantener el privilegio de ‘pueblo elegido’, los israelitas debían vivir sin mezclarse con los demás pueblos, a fin de evitar la contaminación de la idolatría, el más grave pecado a los ojos de Yahvéh (Le.20:23) y las costumbres inmorales, que se presentan siempre como inseparables del culto a otra divinidad (Jos.23:7,12 y 1 Re.11:2). Pese a las transgresiones, Yahvéh se congratulaba  de poder contar en la Tierra con un ‘pueblo santo’ que le rindiera adoración (De.4:34 y 14:2).

Transmitidas estas ideas de padres a hijos, generación tras generación, a la vez que iban aumentando los ‘libros sagrados’, iba progresando el sentimiento de pueblo ‘aparte’, con un grado notable de xenofobia, robustecido cuando las victorias fueron sustituidas por las derrotas y la independencia por el sometimiento a la tiranía de otros pueblos. Fue entonces cuando los profetas anunciaron la aparición futura de un Mesías que, como rey de Israel, les devolvería la perdida grandeza de la monarquía davídica. Como garante de tal promesa, la ‘Palabra de Dios’, siempre dispuesta, en boca de los profetas, a alimentar la esperanza en la restauración del Reino. Eso sí, a cambio de la fidelidad más absoluta a los mandatos divinos, es decir, a la casta sacerdotal que los inventó. Lo que no tuvieron estos ‘inventores’ fue la originalidad necesaria para ‘fabricar’ un dios nuevo, distinto de los múltiples que adoraban sus vecinos idólatras. Un verdadero Ser Supremo, con los atributos de Infinitud, Eternidad y Omnipotencia que se pueden derivar fácilmente de su condición de Autor de todo lo creado, sin posibilidad, no sólo de hacer el Mal, sino de permitirlo, con una moral hecha a imagen y semejanza de sus mezquinas criaturas. A decir verdad, para el lector del Antiguo Testamento, la figura antropomórfica de Yahvéh no se diferencia gran cosa ni de los dioses ni de los soberanos mortales de su entorno.  

Es una creación ingenuamente humana, puesta al servicio de un fin utilitario, como es la unidad nacional, por medios inconfesables y dictatoriales. Al fin y al cabo, los ejércitos alemanes, muy recientemente, manipularon también el nombre de Dios para justificar el baño de sangre de media Europa. Con un Dios único por bandera y el fanatismo creyente como arma de combate, el pueblo judío se asentó en Canáan, aborreció los cultos idólatras y fue creciendo con el sentimiento de ‘pueblo elegido’, sin querer percatarse de la condición ‘demasiado humana’ del dios que regía sus destinos y que, por último, los llevaría a la destrucción y a la diáspora.

II        

Lleno  de contradicciones, repeticiones, interpolaciones y ultracorrecciones, debido a las múltiples manos que en épocas tan alejadas y distintas entre sí pretendieron ir completando la ‘revelación’, el Antiguo Testamento es, desde un punto de vista literario, la epopeya novelada de los fundamentos históricos del pueblo de Israel. Mezcla de nimias normas legales, sabios consejos y órdenes criminales, del texto bíblico se pueden extraer los más opuestos juicios sobre las enseñanzas de Yahvéh, el Dios Único que impone su fe por el miedo, sin más propósito que hacer visible su poder frente a los dioses paganos y tener a todo un pueblo -no a toda la humanidad, como se ha querido demostrar interesadamente- a su exclusivo servicio. Veamos brevemente cómo es esa Suprema Divinidad dibujada en las páginas de la Biblia, según sus propios testimonios, que todos los exégetas quisieran hacer desaparecer de los textos, porque invalidan la teoría del Dios santo y bueno que nos predican desde la infancia. Por el contrario, con palabras de su propia boca, la figura resultante no es nada halagüeña. Ser tan vicioso y criminal es incompatible con la Infinita Bondad que se supone ha de ser la esencia de Dios. Por exigencia de esta Esencia, su Existencia ha de estar exenta de maldad. Precisamente la maldad y la inmoralidad con que nos lo presenta la misma Biblia. Así es Yahvéh, el Dios de los judíos, y posteriormente de los creyentes en Cristo:

CELOSO. El Yahvéh que se imaginan los patriarcas es un Dios obsesionado por ser el único en recibir la adoración de los suyos: “Quien ofrezca sacrificios a los dioses -excepción de solo Yahvéh- será anatema” (Ex.22:19). La orden es severa: “No invoquéis el nombre de dioses extraños” (Ex.23:13) y contundente: “No te prosternarás ante sus dioses ni los servirás...sino que los aniquilarás por completo”(Ex.23:24). Además, El mismo confiesa sin ambages su debilidad: “Yo, Yahvéh, tu Dios, soy ‘El celoso” (De.5:9). Y amenaza finalmente con el castigo: “No iréis en pos de otros dioses...no sea que la cólera de Yahvéh se encienda contra ti y te extermine sobre la faz de la tierra” (De.6:14-15). Este Yahvéh es un Dios que sufre de celos, sin tolerar desviaciones afectivas, que prohíbe del modo más estricto las demás creencias e incluso el trato con los infieles. Si alguno te incita a la idolatría, ordena, “le lapidarás con piedras hasta que muera, porque ha tratado de apartarte de Yahvéh, tu Dios” (De.13:11). Porque, “ved cómo Yo soy el solo y único Dios, y cómo no hay otro fuera de Mi” (De.32:39). Muy inseguro debía estar de Sí mismo cuando insiste una y otra vez, con amenazas y órdenes asesinas, que, en vez de apoyar sus palabras, denuncian lo vicioso de su condición. En definitiva, estas “divinas palabras” lo único que ponen de manifiesto es una lucha sin cuartel en el Olimpo semítico durante los siglos de consolidación del Estado israelita. Un verdadero Dios no se rebajaría a tener celos de unas figurillas de barro, de piedra o incluso de oro, ni siquiera se sentiría ofendido por su mera existencia. Tampoco se atraería a los humanos por el temor o la promesa de conquistas terrenales. No hay más que una explicación para tanta insensatez: Yahvéh es pura invención de la casta sacerdotal o patriarcal, secundada por visionarios y profetas de escasa credibilidad, tanto hoy como ayer. Moisés, el caudillo asesino y prófugo, según la misma Biblia describe, se pone al frente de los miles de esclavos que buscan la libertad en la huída, y redacta las leyes que cree oportunas para mantenerlos a todos unidos en una misma idea patriótica y una misma religión monoteísta, prometiendo continuas victorias sobre sus vecinos, con la ayuda del Dios inventado. Pobre ayuda, puesto que hubieron de malvivir en el desierto durante cuarenta años, antes de pisar la tierra prometida. Como en la historia de cualquier pueblo, hubo derrotas y victorias hasta la consecución del objetivo final, pero la continua invocación a Yahvéh consiguió mantener mientras tanto el sentimiento racial y patriótico, bajo la cobertura de una espiritualidad ficticia, aunque a veces muy sincera en los corazones de los fieles hebreos.

CODICIOSO. No sólo de su gloria y de la exclusividad de su culto, sino también de los bienes materiales, en favor de la casta sacerdotal. Lo primero que hace Yahvéh, en el Exodo, es reclamar para sí las primicias de cada semilla, ya fuese humana: “Al primogénito de tus hijos me has de entregar” (Ex.22:28), animal o vegetal: “Un primogénito del ganado, que como primogénito pertenece a Yahvéh, nadie lo podrá consagrar” (Le.27:26); “Todo diezmo de la tierra, ya de las semillas de la tierra, ya de los frutos de los árboles, pertenece a Yahvéh” (Le.27-30). En definitiva, “nadie se presente ante Mi con las manos vacías” (Ex.23:15). La codicia de Yahvéh se impone como mandato religioso a todo judío: “No prestarás con interés a tu hermano, sí al extranjero” (De.23:20). El Dios de Israel abomina de los ídolos de oro, pero cuando dispone la decoración del Tabernáculo, ordena que se usen los más lujosos materiales, con preferencia el oro. De este metal precioso eran hasta los corchetes que unían las cortinas, los anillos y escarpias, varales y columnas, así como el interior y el exterior del Arca de la Alianza. Igualmente debían ser de oro el propiciatorio, el candelabro de los seis brazos, las siete lámparas y los dos querubines alados que protegían el Arca (Ex.36,38). A los sacerdotes o intermediarios, como eran imprescindibles para el culto, también les tocaba algo de tan lujoso aparato decorativo. Sus ornamentos eran de ricas telas, recubiertas de metales y piedras preciosas. La tiara destacaba, especialmente, por su ostentación: “Después hicieron la lámina de la diadema de santidad en oro puro, sobre la cual escribieron una inscripción a modo de grabado de sello: “Consagrado a Yahvéh” (Ex.39:1-43). La consagración específica de los sacerdotes se extendía metafóricamente a todo el pueblo judío, en cuanto ‘propiedad’ divina, como queda escrito en el segundo discurso de Moisés: “Porque tú eres un pueblo consagrado a Yahvéh, tu Dios; a ti te ha escogido Yahvéh, Dios tuyo, para que vengas a ser para El, pueblo de su personal propiedad entre todos los pueblos que existen sobre la haz del suelo” (De.7:6). ¿Cómo se puede deducir de tan claras palabras la paternidad de Yahvéh sobre todos los mortales, la universalidad de la Iglesia que en El cree? La codicia de un Ser Todopoderoso, que se basta a Sí mismo, no se entiende sin la explicación de la argucia nacionalista de sacerdotes, patriarcas y profetas, ‘inventando’ un Dios que sirviera de unidad a su pueblo con el manifiesto engaño de la ‘elección’ privilegiada. Codicia que también defendieron para sí los propios dirigentes sacerdotales que, mediante impuestos injustos (como los del rey Salomón) lograron llenar sus bolsillos, con la excusa de la grandeza del Templo y del culto a Yahvéh. Incluso durante la monarquía, los israelitas fueron gobernados en realidad por el Sumo Sacerdote, máximo representante de un régimen de teocracia absoluta, como se comprueba simplemente leyendo un libro bíblico, el Levítico.  

FALIBLE. Si hay, en cualquier concepto que se tenga de la divinidad, algún atributo que le sea más propio, después del “ser per se”, es, indudablemente, el de la omnipotencia, que arrastra consigo el de la sabiduría infinita y, por ende, la imposibilidad de equivocación. De aquí la insistencia de los teólogos en la inerrancia de la Biblia, como palabra revelada por Dios, que “no puede equivocarse ni equivocarnos”. No obstante, como se puede constatar fácilmente, el Antiguo Testamento está plagado de errores y equivocaciones, siendo algunas de las más llamativas meros tropiezos del mismo Yahvéh, que varias veces confiesa arrepentirse de lo que ha hecho en el trato con sus criaturas. La primera puede leerse en el Génesis: “Viendo Yahvéh que era mucha la malicia del hombre en la tierra...dijo: Borraré de sobre la haz del suelo al hombre que creé, desde los hombres a las bestias, los reptiles y las aves del cielo inclusive, pues estoy arrepentido de haberlos hecho” (Ge.6:5-7) ¿Es que el Dios de Israel ignoraba, en el momento de la creación, que sus criaturas no iban a responder a sus expectativas de bondad y obediencia? Si era realmente Dios, lo era no sólo en el presente sino también en el pasado y en el futuro, la misma cosa para el Ser eterno. Por otra parte, ¿qué culpa tenían los animales de la “malicia” del hombre? En otra solemne ocasión, “Yahvéh se arrepintió de haber constituido a Saúl Rey de Israel” (1 Sam.15:35). Del mismo modo se arrepintió de haber consentido una plaga de langosta: “Yahvéh se arrepintió de esto. No será, dijo Yahvéh” (Am.7:3). Pero tampoco supo prever las consecuencias de la peste que, como castigo, había enviado a su pueblo, en la que murieron setenta mil hombres: “Yahvéh se arrepintió de la desgracia” (2 Sam.24:16). A tal punto había llegado la infidelidad de los israelitas que la paciencia divina llegó al límite, manifestando: “Estoy cansado de compadecerme” (Jer.15:6) ¿Es que puede suponerse “cansancio” en Dios? Y en otra ocasión, finalmente, su arrepentimiento alcanza nada menos que a sus propios propósitos no cumplidos: “Si esa nación contra la cual había Yo hablado se convierte de su maldad, Yo me arrepiento del mal que había pensado hacerle” (Jer.18:8) ¿Cabe mayor disparate en un Ser omnisciente e invariable en su eterna voluntad? Este Dios ‘inventado’ de la Biblia se equivoca, tropieza y se arrepiente de sus actos, y aun de sus pensamientos, como cualquier mortal. No puede darse más lastimoso modelo de divinidad imaginada, torpe y falible, pequeña en su grandeza milagrera y grande en su pequeña mezquindad, como sus propios ‘creadores’. 

CRUEL Y VENGATIVO. Quizás sea la crueldad el atributo de Yahvéh que se puede comprobar con más facilidad en las páginas del Antiguo Testamento, donde el Dios de Israel se muestra bastante peor que su pueblo. Para El, la vida humana carece de valor en sí misma. No reconoce la igualdad de todos los nacidos, ni el derecho universal a la salvación. La liberación de ‘su’ pueblo, después de cuatrocientos treinta años de esclavitud, fue precedida por la matanza muy calculada y fríamente llevada a la práctica de todos los primogénitos de la tierra egipcia (Ex. 12: 12-13). La ley por El impuesta obligaba a la destrucción de todo lo extranjero, ajeno al ’pueblo elegido’ y, por lo mismo, idólatra: “Debéis destruir por completo todos los lugares donde han dado culto a sus dioses las naciones que vais a desposeer” (De.12:2). El Dios de Bondad para los cristianos resulta ser el legislador que introduce la pena de muerte en el código mosaico: “El hombre que hiera mortalmente a cualquier persona humana, será muerto sin remisión” (Le.24:17). Asimismo, la lapidación hasta la muerte está ordenada en varios casos de mala conducta: a la mujer que no llegare virgen al matrimonio (De.22:2), a los adúlteros (De.22:22), a los violadores (De.22:25), a los hijos desobedientes y libertinos (De.21:21), a los que cometieren pecado de bestialidad (Ex.22:18), a los adivinos (Le.20:27) y hechiceras (Ex.22:17), a quienes hicieran el acto sexual durante la menstruación (Le.20:18) y genéricamente, al incircunciso (Ge.17:14). Finalmente, la venganza se convierte en la primera ley de la convivencia social: “No tendrás consideración: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie” (De.19:21). En estas y otras múltiples ocasiones el Dios de Amor somete a su pueblo por el miedo: “Si camináis según mis leyes...estableceré mi Alianza con vosotros...Pero si no, os impondré como castigo el terror con la consunción...Comeréis la carne de vuestros hijos...y mi alma os aborrecerá” (Le.26:1-45). Aparte de la sevicia que ponen de manifiesto tales ‘divinas palabras’, resulta inexplicable oir a Dios hablar de su propia ‘alma’. Lo que parece evidente es que Yahvéh pretende conseguir la obediencia por el temor que inspira su Palabra: “Les haré oir mis palabras para que aprendan a temerme cuantos días vivan sobre el suelo y las enseñen a sus hijos” (De.4-10). Por lo demás, sus prohibiciones son muy concretas, basadas en el miedo que inspira el secreto y la autoridad interpuesta. Por ejemplo, prohíbe, so pena de muerte, tocar la montaña del Sinaí (Ex.19:19), la profanación del sábado (Ex.31:14), del Tabernáculo (Nu.1:51) o del propio nombre de Yahvéh (Nu.15:30). También la muerte será el castigo para “el hombre que procediere con altanería, sin atender al sacerdote establecido allí para servir a Yahvéh, tu Dios” (De.17:12). La posible misericordia divina desaparece, especialmente, ante la idolatría. Así, a la tribu de Leví, la única que le había permanecido fiel, le ordena sin contemplaciones: “Pasad y repasad por el campamento de puerta en puerta, y matad cada uno al propio hermano, al propio compañero, al propio pariente” (Ex.32:27). Según el documento bíblico, en esta ocasión murieron tres mil hebreos. Pero cuando murmuraron contra Moisés y Aarón, la muerte llegó para unos quince mil de los ‘elegidos’ (Nu.17:6-15). ¡Curiosa manera de mostrar la predilección! Pero la ira de Yahvéh llega a destruir ciudades enteras, como Sodoma y Gomorra, y aun a casi toda la humanidad creada, por medio del diluvio. Su crueldad, testimoniada en su cólera, aparece confundida con la justicia: “Adonai está a tu derecha: machaca a los reyes el día de su cólera, hace justicia a las naciones, amontona cadáveres, machaca las cabezas sobre un inmenso territorio” (Sal.110:5-6). No caben, ante tales palabras, interpretaciones alegóricas o simbólicas. Todo responde a una realidad histórica bien comprobada, en la que el ‘Pueblo de Dios’ con un nacionalismo enfervorecido por la ‘palabra santa’, asoló la mayor parte de Canaán, la tierra ‘prometida’ por Yahvéh (en realidad por los imaginativos patriarcas). Fue una ‘guerra santa’, en la que no cabían blanduras ni componendas, sino el puro exterminio del enemigo, por orden expresa de Yahvéh, el Dios cruel y vengativo. (De.20:10:18). Venganza extremada e injusta, ya que proclama, sin avergonzarse de su más injusta sentencia: “Castigo la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación” (De.5:9). Si llega a maldecir por sus pecados a un ‘elegido’, le pronostica: “Loco te volverás ante el espectáculo que tus ojos han de contemplar” (De. 28:15-35).  Y si se trata de enemigos, como los filisteos, clama en voz alta: “Ejecutaré en ellos grandes actos de venganza...y sabrán que Yo soy Yahvéh, al llevar Yo a efecto mi venganza en ellos” (Ez.25:17). Sobran los testimonios. ¡Cuántas criaturas humanas han dado muestras de una condición mucho más virtuosa que la de su propio Creador! El Dios bíblico, sanguinario y cruel, no merece la adoración de sus fieles. Tal Dios carece, por supuesto, de Bondad, pero hay que negarle, sobre todo, la misma Existencia real, admitiendo sólo la ‘imaginada’, es decir, fabricada ‘a imagen y semejanza’ de su ‘creador’, el hombre. Es absolutamente imposible que exista un Creador omnipotente, bueno y amoroso con tales atributos de maldad. Lo uno excluye lo otro.

 

 

III

Si, como decía Lutero, “quien quiera ser cristiano debe arrancarle los ojos a la razón”, no cabe duda de que la autoridad del Antiguo Testamento queda invalidada cuando se abren bien los ojos de la razón. La ‘Palabra de Dios’ que se predica en el culto cristiano, y por supuesto en el judío, no tiene nada que ver con esta otra que acabo de citar, cuya veracidad queda testimoniada documentalmente, pero que las sinagogas y las iglesias cristianas tienen a bien ocultar a sus fieles. La coherencia no es la virtud de los exégetas. Por eso no es de extrañar que un doctor en Sagrada Escritura haya escrito no hace mucho cosas como estas: “El Antiguo Testamento no debe ser norma absoluta de conducta para el cristiano, ni tampoco motivo de escándalo” o que “si existe algo evidente en la historia de Israel es la certeza de que Dios ama a su pueblo” (Conceptos fundamentales del cristianismo, Trotta,1993,34 y 37). ¿Puede aceptarse tal inconsecuencia, sobre todo, si se conoce a fondo la Escritura? La exégesis bíblica de todos los tiempos, comenzando por los Santos Padres, no es más que una secuencia de actos voluntaristas que intentan escamotear la verdad, ocultando cuanto pueda dañar la imagen prefabricada de un Yahvéh inexistente.

 

Ni exégesis ni hermenéutica. Ni biblistas ni teólogos. Nadie necesita intermediarios para leer un libro, por muy ‘revelado’ que sea. Lo que la lectura de la Biblia está pidiendo a gritos a todo ser humano digno de tal nombre es una gran dosis de sentido común y de racionalidad, tanto si se  los considera libros históricos, como si se los lee como obras literarias o simbólicas. Ni una interpretación psicoanalítica de la Biblia,como la de los judíos argentinos Daniel Schoffer y Elina Wechsler (La metáfora milenaria, Paidós, 1993) ni la sensacional propuesta de Harold Bloom, insinuando que la parte más antigua del Antiguo Testamento fue escrita por una mujer (El libro de J, Interzona, 1995), pueden distraernos de nuestra sustancial conclusión: Para ser ateo no es preciso ser marxista. Basta tener un juicio medianamente crítico y libertad de pensamiento. La verdad es incompatible con la mentira 

 

Me detengo un momento en mis reflexiones y vuelvo a leer lo escrito, comprendiendo que mi pasión por la Verdad ha ahogado muchos sueños de infancia. Pero me siento en paz conmigo mismo. Ni he mentido ni pretendo engañar a ningún incauto. Me limito a exponer, sin prejuicios, lo que he podido encontrar en el Antiguo Testamento que hiera frontalmente mis sentimientos o mis principios éticos, sin distorsiones, ni sacando las frases fuera de contexto. Todas las citas, ‘Palabra de Dios’ para los teólogos, están tomadas literalmente de la más actualizada edición castellana de la Biblia. De ellas deduzco una divinidad celosa, codiciosa, falible y cruel. Y me pregunto, sorprendido: ¿Cómo es posible que tales palabras hayan sido escamoteadas durante más de veinte siglos a la casi totalidad de los creyentes de tres religiones? Todavía más: ¿Cómo ha podido crecer la espiritualidad con el alimento envenenado de la mentira religiosa? Yo mismo, ¿cómo he podido vivir engañado tantos años? ¿Y mis amigos? ¿Y mis seres más queridos? ¿Cómo las diferentes confesiones religiosas han podido embaucar a tantos durante tanto tiempo? No soy agresivo ni beligerante. A nadie quiero apartar de sus fuentes de felicidad, aunque considere que son engañosas. Pero no tengo más remedio que proclamar la verdad que se ha abierto camino en mis razonamientos, sin tapujos de falso pudor: Yahvéh, el Dios de la Biblia, el Dios de los judíos, cristianos y musulmanes, tal como aparece dibujado en el Antiguo Testamento, es una falsedad manifiesta, un ente de ficción, inventado hace treinta y tantos siglos. A mi razón no le satisfacen las interpretaciones que magnifican unas palabras, en detrimento de las más comprometidas, aunque sea con la excusa de una lectura ’simbólica’ o ‘alegórica’. Además, según la cronología y la arqueología, muchos de los sucesos narrados en la Biblia, en los que el Dios bíblico habría participado, “simplemente no existieron, salvo quizá en la imaginación de sus autores” (R.L. Fox, La versión no autorizada. Verdad y ficción en la Biblia, Planeta, 1992). El futuro será de la ciencia, con sus espectaculares descubrimientos astronómicos o biológicos, realizados sin necesidad de ninguna ‘divina revelación’. El Misterio quedará desvelado, a la medida del hombre, sin fraudulentas ‘verdades’ impuestas por ninguna religión. 

Para los cristianos, la Biblia se prolonga con los libros del Nuevo Testamento, cuyos primeros textos se redactan unos veinte años después de la muerte en Jerusalén de Jesús de Nazareth, que, perteneciendo por derecho propio al ‘pueblo elegido’, es aceptado y aplaudido por algunos de los judíos de su época como el Mesías prometido a Israel en el Antiguo Testamento. Mesías que fue anunciado por los profetas como “el gran libertador del pueblo” (Jer.23:5), que “establecerá para siempre el trono y reino de David” (Is.9:5). Es decir, la comunidad cristiana fue, en sus comienzos, una rama o secta desgajada del judaismo (J. Monserrat Torrents, La sinagoga cristiana. El gran conflicto religioso del siglo I  .Muchnick Edtores, 1989). Es Pablo de Tarso, que comienza a escribir sus famosas Cartas varios años antes del primer Evangelio, quien pone los cimientos de la nueva doctrina: Jesús de Nazaret no es solo el rey -fracasado- del pueblo judío. Presentando su vida y su enseñanza de una forma alegórica, Pablo extiende la idea de que “su reino” no es de este mundo, ya que, siendo Hijo de Jahvéh, se encarnó como hombre para redimir de sus culpas a toda la humanidad, no solamente al pueblo de Israel. Ampliaba así, consciente y fraudulentamente la noción exclusivista de ‘pueblo elegido’, escribiendo a los gentiles: “Si vosotros sois de Cristo, ciertamente sois linaje de Abraham y herederos según la promesa” (Gá.3:29). Se había consumado la gran mixtificación: la palabra de Jesús también era ‘Palabra de Dios’. Y para predicarla y extenderla por todos los confines era necesario sustituir la teocracia judía por otra organización universal de sacerdotes, intermediarios ante la Divinidad. Pero si Yahvéh era una invención fantástica del Antiguo Testamento, el Jesús divinizado era tan irreal como aquél. Su atrayente humanidad ha conmovido durante veinte siglos a los creyentes, que, embaucados por una ética sentimental, no han sabido captar el mensaje desengañado que transmiten los doloridos ojos del crucificado.

 Ni siquiera la interpretación midráshica del obispo episcopaliano J. Shelby Spong  (La resurrección ¿mito o realidad? Martínez Roca, 1996) permite salvar la ‘realidad’ objetiva de la Biblia, mejor del Nuevo Testamento, donde se acumulan falsedades y errores, la mayor parte de las veces intencionados, con tal de ‘ajustar’ la vida de Jesús a las profecías bíblicas. Estas son sus palabras: “Hemos analizado los propios textos bíblicos, y han demostrado ser poco fiables, si lo que andamos buscando son hechos objetivos”. Pero, “hemos buscado y encontrado una nueva lente, la lente del midrash, con la que leer nuestros relatos sagrados”. Completa el teólogo protestante aclarándonos que “el midrash era mitología vinculada  a tradiciones religiosas y temas universales”. Es decir, la Biblia no es propiamente historia real, sino relación novelada basada en tradiciones religiosas del pueblo hebreo. La  construcción de la nueva doctrina religiosa de salvación, estructurada en dogmas inamovibles, es obra de una Iglesia nada ‘divina’ que, reunida en sucesivos Concilios y asambleas, ha venido anatematizando durante veinte siglos a quienes predicaban algo distinto a sus inventadas creencias. La historia de la Iglesia de Roma se puede reducir a las historia de las herejías que ha condenado. Todo comenzó cuando Pablo de Tarso, un judío epiléptico que no conoció al Jesús de Nazareth histórico, lo divinizó, proclamándolo el Redentor de la Humanidad, algo ajeno a la Biblia del ‘pueblo elegido’ (Robert Ambelain, El hombre que creó a Jesucristo, Martínez Roca, 1985).

La doctrina paulina se construyó con materiales del Antiguo Testamento, que defendía una religión monoteísta, frente al politeísmo existente, lo mismo que el mundo greco-romano en el que hubo de crecer y desarrollarse el nuevo cristianismo. Pero el hecho de reducir el panteón pagano a un solo dios no es garantía de veracidad. De un lado, porque el dios del Antiguo está trufado de maldades sin cuento, similares a los dioses paganos pero incompatibles con la santidad que se presumía para la nueva religión. El Nuevo, por su parte, aunque avanza en la moralidad de sus preceptos, no está exento de errrores y contradicciones, además de aceptar como patrimonio doctrinal los libros bíblicos del pueblo judío. (No podía ser de otro modo, si todos ellos eran judíos y no pretendían suplantar sino perfeccionar la religión de Israel). El mensaje de Jesús de Nazareth quedó, en los siglos posteriores a su muerte, contaminado por el ‘pecado original’ de los Padres conciliares de Nicea (325 d.C.), quienes decidieron mutilar de forma implacable los textos que hacían referencia a la vida y la obra de Jesús, ‘canonizando’ como los únicos ‘revelados’ a los tres evangelios sinópticos y al cuarto, de Juan, excluyendo otros sesenta relatos que no ‘casaban’ con los otros cuatro. Quedaron así, fuera del canon neotestamentario los llamados ‘apócrifos’, que hoy día, por fortuna, podemos consultar (Aurelio de Santos Otero, Los evangelios apócrifos, BAC, 1956), aunque siguen siendo considerados ‘heterodoxos’, dignos de estudio pero no de creencia, y en cierto modo heréticos, como los textos ‘gnósticos’ (Elain Pagels, Los evangelios gnósticos, Crítica, 1982). 

Por más que se esfuercen los teólogos católicos, mientras supediten su recto juicio a su fe, nunca podrán dar una interpretación creíble de los textos bíblicos como doctrina de salvación. Ni siquiera el Nuevo Testamento, con sus emotivas páginas de amor y misericordia, puede ser más que un testimonio de fe que hace aguas por todas partes en cuanto se intenta estudiarlo desde un punto de vista histórico o científico. Si enorme es su interés cultural y sociológico, su interés religioso sólo tendrá validez íntima para los ya convencidos por la autosugestión de la fe. Para un científico, como afirma Antonio Piñero en su sintética Breve introducción al estudio del Nuevo Testamento (Ediciones Clásicas, 1994), “el NT redactado originalmente en lengua griega, forma parte del acervo de la literatura griega antigua, y puede y debe ser estudiado como una parte de ella”. Desde luego, de sus páginas nadie podrá deducir, mediante exégesis racional, una posible o probable ‘revelación’ de ninguna divinidad. Por eso naufragan en su empeño de hacer creíble el contenido ‘sagrado’ de la Biblia los más distinguidos teólogos de nuestros días, aun cuando se apoyen mutuamente en el loable intento   (Conceptos fundamentales del cristianismo, Trotta, 1993). Sus esfuerzos son tanto más patéticos cuanto más inútiles y bien intencionados.

Ya no es suficiente el anticlericalismo de nuestros antepasados para denunciar la falsedad de la religión cristiana, como ha ido mostrando de forma ejemplar el historiador alemán Karlheinz Deschner en su obra, todavía inacabada en castellano Historia criminal del cristianismo (Martínez Roca, nueve volúmenes publicados desde 1990). Es preciso ir más allá, olvidarse de los eclesiásticos y de su interesado magisterio moral, para proclamar a los cuatro vientos que los fundamentos doctrinales de la religión -de cualquiera religión- no se sostienen en pie a la luz de la razón. Desde Hobbes, Spinoza y la más crítica Ilustración europea, hay que estar libre de todo prejuicio teológico para enfocar el tema religioso. Aunque las nuevas tendencias de la exposición teológica se preocupen más de la Biblia como texto literario, lo único que se consigue es soslayar el problema. Una mente libre de prejuicios ha de aceptar “la crítica radical que niega toda pretensión de verdad a la religión, a sus dioses y a los conceptos metafísicos en los que se apoya” (Gonzalo Puente Ojea, Ateísmo y religiosidad, Siglo XXI, 1997, p.183).  

Francisco Aguilar Piñal

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