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Colaboración
n. 28 (1-3-03)
TITULO:
Biblia: la
novela del pueblo elegido
AUTOR: Francisco
Aguilar Piñal
A
Marisa
Escrita a lo largo
de más de diez siglos (VIII a.C.-II d.C.), traducida, copiada y recopiada
en los monasterios medievales, la Biblia
fue el primer libro impreso, el más demandado y del que más ediciones se
han hecho en las diversas lenguas y dialectos. Resulta impresionante la
visita a bibliotecas especializadas, como la Vaticana de Roma o la Augusta
de Wolffenbüttel, donde se conservan espléndidas colecciones bíblicas
de todo tiempo y lugar. Con sus miles de comentaristas que, desde el
prejuicio de la fe, han intentado salvaguardar para la posteridad el
estimado como “depósito de la revelación divina”. Revelación que
dan por cierta, magnificando el mensaje de virtud, amor y esperanza, pero
ocultando las múltiples ocasiones en que el mensaje se transforma en
moral depravada de los héroes bíblicos o, peor aún, del propio Yahvéh.
Es lo que ocurre, por ejemplo, en la más conocida publicación de hermenéutica
bendecida por la Iglesia Católica, excelente, por otra parte, como
introducción histórica a la transmisión secular del texto sagrado (La
Biblia judía y la Biblia cristiana, Trotta, 1993).
Los tres pilares sobre los que se asienta el fenómeno
religioso son la autoridad, la tradición y la experiencia. Ignorando este
último, ya que forma parte de la intimidad personal, un espíritu
verdaderamente libre no puede conformarse con lo que predique una
autoridad que se ha constituido a sí misma, al margen de toda
racionalidad. La aceptación de un texto pretendidamente ‘revelado’ ha
de fundamentarse en un juicio crítico de valor, no en piadosas creencias
ni en exégesis interesadas de los propios comunicadores de una fe
excluyente, siempre impuesta y nunca sujeta al debate de la razón. Dada
la vulnerabilidad de sus argumentos y la pudorosa resistencia de los
creyentes ante las barbaridades e inmoralidades contenidas en el Antiguo
Testamento, la Iglesia católica no ha tenido más remedio, a fin de
acallar comentarios peligrosos, que declarar como dogma de fe la ‘revelación
divina’ de la Biblia. Así lo
establece la constitución dogmática Dei
Verbum, del Concilio Vaticano II, donde se puede leer que “la Santa
Madre Iglesia, según fe apostólica, tiene por santos y
canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con
todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu
Santo, tienen a Dios como autor”. Los escribas elegidos por Dios se
vieron limitados y determinados en su redacción, porque escribieron “todo
y solo lo que El quería”. Así, pues, concluye el texto: “hay que
confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad
y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las Sagradas Letras
para nuestra salvación”.
Con todo respeto
para los sesudos varones que intervinieron en la discusión y redacción
de esta constitución dogmática, he de poner de manifiesto, haciendo uso
solamente de mi pobre raciocinio y juicio crítico mi rechazo más
absoluto, primero, a que ningún ser humano pueda imponer a otro dogma
alguno de verdad supuestamente ‘revelada’, y segundo, a tamaña sarta
de incongruencias, expuestas sin soporte racional. El primer y único
pasaje de la Biblia en que se
afirma la inspiración divina -ajena a la profética- salió de la pluma
de Pablo de Tarso, en una de sus cartas (2 Tim.3:16-17), ya avanzado el
siglo II de nuestra Era. Tesis que han aprovechado hasta el máximo los teólogos
de todos los tiempos y que fue recogida formalmente por el Papa León
XIII, declarando que la Biblia
era, no sólo un venero de verdades históricas, sino de enseñanza moral
conducente a la salvación (Encíclica Providentissimus
Deus, 1893). Y más recientemente, se ha escrito que “El Antiguo
Testamento es una parte de la Sagrada Escritura de la que no se puede
prescindir. Sus libros son libros divinamente inspirados y conservan un
valor permanente, porque la Antigua Alianza no ha sido revocada” (Catecismo
de la Iglesia católica, 1992, 121). Es decir, ha sido la doctrina
paulina la que, como en casi todo, ha cimentado el dogma cristiano,
incluido el soporte esencial de la inspiración divina de la Biblia,
creída a pies juntillas por millones de devotos creyentes que ignoran la
‘cara oscura’ de sus textos fundacionales. Resulta incomprensible que
desde los más primitivos cristianos (exceptuando a Marción y a los gnósticos
del siglo II) se haya aceptado sin más contrariedad la tesis del origen
sagrado de la Biblia, pozo de
sabiduría y bondad en unos casos, pero también sentina de maldad en
otros. Es evidente que, en nuestros días, la infalibilidad y aun la
historicidad de la Sagrada Escritura se ha derrumbado ante la verdad de
tantos descubrimientos históricos y científicos que la desmienten. No es
posible ya aceptar, si no es por la fe irracional, la condición de
‘palabra de Dios’ con que se ha pretendido sacralizar popularmente un
libro tan lleno de errores, falsedades y desviaciones morales.
Mayor asombro causa que tal aceptación la hayan mantenido, sin
separar el grano de la paja, sabios teólogos y analistas de las tres
religiones que aceptan la Biblia como
fundamento de su religiosidad, sin mayor escrúpulo de conciencia. ¿Tal
ceguera produce la fe, cualquiera que esta
sea? ¿No habrá demanda posible contra el asesinato impune de la
razón?
Basándome
en mi propia experiencia religiosa, quiero levantar mi voz para denunciar
el engaño y proclamar, con citas del Antiguo Testamento, que hay
‘otra’ Biblia, no
predicable, que también es ‘palabra de Dios’. Ejemplos de inmoralidad
incompatibles con la presumible santidad del Ser Supremo adorado por los
creyentes. No soy el primero que lo hace, ni seré el último en sumarme a
la, desgraciadamente, minoría que, sin dejarse embaucar por seductoras y
mentirosas palabras de consuelo, persigue con denuedo la verdad como
supremo fin de los seres racionales. Por los datos existentes, y los
estudios de los más imparciales, se pueden sacar unas conclusiones
totalmente opuestas a las habitualmente aceptadas.
Comenzando por el inicial
paganismo
del pueblo de Israel, ‘contaminado’ por las idolátricas creencias de
sus vecinos, en especial del pueblo egipcio (R.Ambelain, Los
secretos de Israel, Martínez Roca, 1996).
I
Los personajes más
representativos del Antiguo Testamento son grandes pecadores. He aquí
algunos ejemplos: Adán, el padre del género humano según el relato bíblico,
fue expulsado del paraíso por desobediencia y soberbia (Ge. 3:23). Caín,
su hijo, fue un cobarde fratricida (Ge.4:8). Lot, el sobrino de Abraham,
cometió incesto con sus dos hijas (Ge. 19:30-38). Moisés, que liberó al
pueblo hebreo de la esclavitud, asesinó a un egipcio y huyó de la
justicia durante cuarenta años (Ex.2:11-15). Saúl, el primer rey de
Israel, se suicidó con su propia espada (1 Sam.31:4-6). Su sucesor, el
rey David, el héroe más admirado de la tradición judía, cabeza del
linaje mesiánico, compró como esposa a Micol, hija de Saúl, por el
precio de cien prepucios de filisteos (1 Sam.18:25-28) y ordenó asesinar
a Urías para cometer adulterio con Betsabé, madre de Salomón (2 Sam.11:24-27).
Amnón, hijo primogénito de David, cometió incesto con su
hermana Tamar (2 Sam.13:1-22) y fue asesinado por su hermanastro Absalón
(2 Sam.13:28-29). El rey Salomón, esposo de una princesa egipcia, que
reinó sobre Israel durante cuarenta años (970-930 a.C.), fue un monarca
iracundo, que ordenó la muerte de su hermanastro Adonías, y lujurioso,
con más de mil mujeres en su harén, que le indujeron a la idolatría (1
Re.11:1-13). El profeta Elías, preferido de Yahvéh, hizo degollar a casi
medio millar de seguidores del dios Baal (1 Re.18:40). Por la maldición
de otro profeta, Eliseo, dos osas descuartizaron a cuarenta y dos jóvenes
que se habían burlado de su calvicie (2 Re.2:23-25). Para que no falte la
casta sacerdotal, traeré finalmente el ejemplo del sacerdote Matatías,
que degolló a un oficial extranjero en el mismo altar del sacrificio (1
Mac.2:24).
Como
las citadas, casi todas las páginas del Antiguo Testamento están teñidas
de sangre. Y no es de extrañar, tratándose de la historia de un pueblo
que, desde la esclavitud de Egipto, hubo de irse abriendo camino hacia la
libertad y la independencia política en un mundo hostil, contra todo tipo
de adversidades y enemigos: cananeos, filisteos, hititas, amorreos,
asirios, jebuseos y demás pueblos belicosos del Oriente medio. Estas
circunstancias, unidas a la condición humana de los personajes, podrían
hacernos disimular acciones depravadas que son
compañía inseparable del asentamiento geográfico por la fuerza
de la guerra. Pero es que la tan divinizada Biblia
no es sólo la narración histórica de un pueblo nómada que compite con
otros por la hegemonía y posesión de un territorio. Es algo más,
completamente singular: la historia novelada de una colectividad que, para
conseguir la unidad de tribus y caudillajes diversos, acude a la religión
‘inventando’ un Dios antropomorfo de su exclusiva propiedad,
que, sin nada que lo justifique, y con su propia voz,
sella un pacto de filiación con este pueblo de esclavos hebreos,
al que se dirige como su ‘pueblo elegido’. Así, como enseña la
historia, lo que al comienzo fue un grupo de mercenarios, alquilados al
mejor postor en las fértiles tierras de
Mesopotamia,
y después unos hombres vencidos y tratados como esclavos por el faraón
egipcio, llegaron a constituir, al cabo de algo más de un milenio, un
pueblo cohesionado, servidor de un Dios único, Yahvéh, tan innombrable
como inexistente, ‘imaginado’ y forjado, con todos sus atributos, más
humanos que divinos, por los sucesivos redactores de la Biblia.
Porque estos
dirigentes hebreos tuvieron el acierto, más que ningún otro pueblo, de
dejar constancia por escrito de todo lo realizado a través de los siglos
para conseguir la unidad del culto y el sentimiento patriótico del
‘pueblo elegido’ por Yahvéh. Este ‘supuesto’ Dios les dio normas
de vida, estableció una casta sacerdotal, la tribu de Leví, para que
perpetuamente le sirviera en los actos del culto y fue renovando el
‘pacto’ de protección, pese a las continuas infidelidades de los
volubles israelitas. Prometió a Noé que no volvería a destruir el mundo
con un nuevo diluvio (Ge.9:8-17). Bendijo al patriarca Abraham y a su
posteridad (Ge. 15:4-6). En el monte Sinaí, según un texto, y en el
monte Horeb, según otro, entregó a Moisés las Tablas de la Ley, con los
diez mandamientos (Ex.20:2-17 y De.5:6-21). Aseguró a los hijos de Israel
su bendición si observaban sus mandamientos (De.14:13,23). A los levitas
les anunció el sacerdocio perpetuo (Nu.25:12-13). Al rey David le prometió
un trono eterno (Sal.89:20-30). Para mantener el privilegio de ‘pueblo
elegido’, los israelitas debían vivir sin mezclarse con los demás
pueblos, a fin de evitar la contaminación de la idolatría, el más grave
pecado a los ojos de Yahvéh (Le.20:23) y las costumbres inmorales, que se
presentan siempre como inseparables del culto a otra divinidad (Jos.23:7,12 y 1 Re.11:2). Pese a las transgresiones, Yahvéh se
congratulaba de poder contar
en la Tierra con un ‘pueblo santo’ que le rindiera adoración (De.4:34
y 14:2).
Transmitidas
estas ideas de padres a hijos, generación tras generación, a la vez que
iban aumentando los ‘libros sagrados’, iba progresando el sentimiento
de pueblo ‘aparte’, con un grado notable de xenofobia, robustecido
cuando las victorias fueron sustituidas por las derrotas y la
independencia por el sometimiento a la tiranía de otros pueblos. Fue
entonces cuando los profetas anunciaron la aparición futura de un Mesías
que, como rey de Israel, les devolvería la perdida grandeza de la monarquía
davídica. Como garante de tal promesa, la ‘Palabra de Dios’, siempre
dispuesta, en boca de los profetas, a alimentar la esperanza en la
restauración del Reino. Eso sí, a cambio de la fidelidad más absoluta a
los mandatos divinos, es decir, a la casta sacerdotal que los inventó. Lo
que no tuvieron estos ‘inventores’ fue la originalidad necesaria para
‘fabricar’ un dios nuevo, distinto de los múltiples que adoraban sus
vecinos idólatras. Un verdadero Ser Supremo, con los atributos de
Infinitud, Eternidad y Omnipotencia que se pueden derivar fácilmente de
su condición de Autor de todo lo creado, sin posibilidad, no sólo de
hacer el Mal, sino de permitirlo, con una moral hecha a imagen y semejanza
de sus mezquinas criaturas. A decir verdad, para el lector del Antiguo
Testamento, la figura antropomórfica de Yahvéh no se diferencia gran
cosa ni de los dioses ni de los soberanos mortales de su entorno.
Es una creación
ingenuamente humana, puesta al servicio de un fin utilitario, como es la
unidad nacional, por medios inconfesables y dictatoriales. Al fin y al
cabo, los ejércitos alemanes, muy recientemente, manipularon también el
nombre de Dios para justificar el baño de sangre de media Europa. Con un
Dios único por bandera y el fanatismo creyente como arma de combate, el
pueblo judío se asentó en Canáan, aborreció los cultos idólatras y
fue creciendo con el sentimiento de ‘pueblo elegido’, sin querer
percatarse de la condición ‘demasiado humana’ del dios que regía sus
destinos y que, por último, los llevaría a la destrucción y a la diáspora.
II
Lleno
de contradicciones, repeticiones, interpolaciones y
ultracorrecciones, debido a las múltiples manos que en épocas tan
alejadas y distintas entre sí pretendieron ir completando la ‘revelación’,
el Antiguo Testamento es, desde un punto de vista literario, la epopeya
novelada de los fundamentos históricos del pueblo de Israel. Mezcla de
nimias normas legales, sabios consejos y órdenes criminales, del texto bíblico
se pueden extraer los más opuestos juicios sobre las enseñanzas de Yahvéh,
el Dios Único que impone su fe por el miedo, sin más propósito que
hacer visible su poder frente a los dioses paganos y tener a todo un
pueblo -no a toda la humanidad, como se ha querido demostrar
interesadamente- a su exclusivo servicio. Veamos brevemente cómo es esa
Suprema Divinidad dibujada en las páginas de la Biblia,
según sus propios testimonios, que todos los exégetas quisieran hacer
desaparecer de los textos, porque invalidan la teoría del Dios santo y
bueno que nos predican desde la infancia. Por el contrario, con palabras
de su propia boca, la figura resultante no es nada halagüeña. Ser tan
vicioso y criminal es incompatible con la Infinita Bondad que se supone ha
de ser la esencia de Dios. Por exigencia de esta Esencia, su Existencia ha
de estar exenta de maldad. Precisamente la maldad y la inmoralidad con que
nos lo presenta la misma Biblia.
Así es Yahvéh, el Dios de los judíos, y posteriormente de los creyentes
en Cristo:
CELOSO.
El Yahvéh que se imaginan los patriarcas es un Dios obsesionado por ser
el único en recibir la adoración de los suyos: “Quien ofrezca
sacrificios a los dioses -excepción de solo Yahvéh- será anatema”
(Ex.22:19). La orden es severa: “No invoquéis el nombre de dioses extraños”
(Ex.23:13) y contundente: “No te prosternarás ante sus dioses ni los
servirás...sino que los aniquilarás por completo”(Ex.23:24). Además,
El mismo confiesa sin ambages su debilidad: “Yo, Yahvéh, tu Dios, soy
‘El celoso” (De.5:9). Y amenaza finalmente con el castigo: “No iréis
en pos de otros dioses...no sea que la cólera de Yahvéh se encienda
contra ti y te extermine sobre la faz de la tierra” (De.6:14-15). Este
Yahvéh es un Dios que sufre de celos, sin tolerar desviaciones afectivas,
que prohíbe del modo más estricto las demás creencias e incluso el trato
con los infieles. Si alguno te incita a la idolatría, ordena, “le
lapidarás con piedras hasta que muera, porque ha tratado de apartarte de
Yahvéh, tu Dios” (De.13:11). Porque, “ved cómo Yo soy el solo y único
Dios, y cómo no hay otro fuera de Mi” (De.32:39). Muy inseguro debía
estar
de
Sí mismo cuando insiste una y otra vez, con amenazas y órdenes asesinas,
que, en vez de apoyar sus palabras, denuncian lo vicioso de su condición.
En definitiva, estas “divinas palabras” lo único que ponen de
manifiesto es una lucha sin cuartel en el Olimpo semítico durante los
siglos de consolidación del Estado israelita. Un verdadero Dios no se
rebajaría a tener celos de unas figurillas de barro, de piedra o incluso
de oro, ni siquiera se sentiría ofendido por su mera existencia. Tampoco
se atraería a los humanos por el temor o la promesa de conquistas
terrenales. No hay más que una explicación para tanta insensatez: Yahvéh
es pura invención de la casta sacerdotal o patriarcal, secundada por
visionarios y profetas de escasa credibilidad, tanto hoy como ayer. Moisés,
el caudillo asesino y prófugo, según la misma Biblia describe, se pone
al frente de los miles de esclavos que buscan la libertad en la huída, y
redacta las leyes que cree oportunas para mantenerlos a todos unidos en
una misma idea patriótica y una misma religión monoteísta, prometiendo
continuas victorias sobre sus vecinos, con la ayuda del Dios inventado.
Pobre ayuda, puesto que hubieron de malvivir en el desierto durante
cuarenta años, antes de pisar la tierra prometida. Como en la historia de
cualquier pueblo, hubo derrotas y victorias hasta la consecución del
objetivo final, pero la continua invocación a Yahvéh consiguió mantener
mientras tanto el sentimiento racial y patriótico, bajo la cobertura de
una espiritualidad ficticia, aunque a veces muy sincera en los corazones
de los fieles hebreos.
CODICIOSO.
No sólo de su gloria y de la exclusividad de su culto, sino también de
los bienes materiales, en favor de la casta sacerdotal. Lo primero que
hace Yahvéh, en el Exodo, es
reclamar para sí las primicias de cada semilla, ya fuese humana: “Al
primogénito de tus hijos me has de entregar” (Ex.22:28), animal o
vegetal: “Un primogénito del ganado, que como primogénito pertenece a
Yahvéh, nadie lo podrá consagrar” (Le.27:26); “Todo diezmo de la
tierra, ya de las semillas de la tierra, ya de los frutos de los árboles,
pertenece a Yahvéh” (Le.27-30). En definitiva, “nadie se presente
ante Mi con las manos vacías” (Ex.23:15). La codicia de Yahvéh se
impone como mandato religioso a todo judío: “No prestarás con interés
a tu hermano, sí al extranjero” (De.23:20). El Dios de Israel abomina
de los ídolos de oro, pero cuando dispone la decoración del Tabernáculo,
ordena que se usen los más lujosos materiales, con preferencia el oro. De
este metal precioso eran hasta los corchetes que unían las cortinas, los
anillos y escarpias, varales y columnas, así como el interior y el
exterior del Arca de la Alianza. Igualmente debían ser de oro el
propiciatorio, el candelabro de los seis brazos, las siete lámparas y los
dos querubines alados que protegían el Arca (Ex.36,38). A los sacerdotes
o intermediarios, como eran imprescindibles para el culto, también les
tocaba algo de tan lujoso aparato decorativo. Sus ornamentos eran de ricas
telas, recubiertas de metales y piedras preciosas. La tiara destacaba,
especialmente, por su ostentación: “Después hicieron la lámina de la
diadema de santidad en oro puro, sobre la cual escribieron una inscripción
a modo de grabado de sello: “Consagrado
a Yahvéh” (Ex.39:1-43). La consagración específica de los
sacerdotes se extendía metafóricamente
a todo el pueblo judío, en cuanto ‘propiedad’ divina, como queda
escrito en el segundo discurso de Moisés: “Porque tú eres un pueblo
consagrado a Yahvéh, tu Dios; a ti te ha escogido Yahvéh, Dios tuyo,
para que vengas a ser para El, pueblo de su personal propiedad entre todos
los pueblos que existen sobre la haz del suelo” (De.7:6). ¿Cómo se
puede deducir de tan claras palabras la paternidad de Yahvéh sobre todos
los mortales, la universalidad de la Iglesia que en El cree? La codicia de
un Ser Todopoderoso, que se basta a Sí mismo, no se entiende sin la
explicación de la argucia nacionalista de sacerdotes, patriarcas y
profetas, ‘inventando’ un Dios que sirviera de unidad a su pueblo con
el manifiesto engaño de la ‘elección’ privilegiada. Codicia que
también defendieron para sí los propios dirigentes sacerdotales que,
mediante impuestos injustos (como los del rey Salomón) lograron llenar
sus bolsillos, con la excusa de la grandeza del Templo y del culto a Yahvéh.
Incluso durante la monarquía, los israelitas fueron gobernados en
realidad por el Sumo Sacerdote, máximo representante de un régimen de
teocracia absoluta, como se comprueba simplemente leyendo un libro bíblico,
el Levítico.
FALIBLE.
Si hay, en cualquier concepto que se tenga de la divinidad, algún
atributo que le sea más propio, después del “ser per se”, es,
indudablemente, el de la omnipotencia, que arrastra consigo el de la
sabiduría infinita y, por ende, la imposibilidad de equivocación. De aquí
la insistencia de los teólogos en la inerrancia de la Biblia,
como palabra revelada por Dios, que “no puede equivocarse ni
equivocarnos”. No obstante, como se puede constatar fácilmente, el
Antiguo Testamento está plagado de errores y equivocaciones, siendo
algunas de las más llamativas meros tropiezos del mismo Yahvéh, que
varias veces confiesa arrepentirse de lo que ha hecho en el trato con sus
criaturas. La primera puede leerse en el Génesis: “Viendo Yahvéh que
era mucha la malicia del hombre en la tierra...dijo: Borraré de sobre la
haz del suelo al hombre que creé, desde los hombres a las bestias, los
reptiles y las aves del cielo inclusive, pues estoy arrepentido de
haberlos hecho” (Ge.6:5-7) ¿Es que el Dios de Israel ignoraba, en el
momento de la creación, que sus criaturas no iban a responder a sus
expectativas de bondad y obediencia? Si era realmente Dios, lo era no sólo
en el presente sino también en el pasado y en el futuro, la misma cosa
para el Ser eterno. Por otra parte, ¿qué culpa tenían los animales de
la “malicia” del hombre? En otra solemne ocasión, “Yahvéh se
arrepintió de haber constituido a Saúl Rey de Israel” (1 Sam.15:35).
Del mismo modo se arrepintió de haber consentido una plaga de langosta:
“Yahvéh se arrepintió de esto. No será, dijo Yahvéh” (Am.7:3).
Pero tampoco supo prever las consecuencias de la peste que, como castigo,
había enviado a su pueblo, en la que murieron setenta mil hombres:
“Yahvéh se arrepintió de la desgracia” (2 Sam.24:16). A tal punto
había llegado la infidelidad de los israelitas que la paciencia divina
llegó al límite, manifestando: “Estoy cansado de compadecerme”
(Jer.15:6) ¿Es que puede suponerse “cansancio” en Dios? Y en otra
ocasión, finalmente, su arrepentimiento alcanza nada menos que a
sus propios propósitos no cumplidos: “Si esa nación contra la cual había
Yo hablado se convierte de su maldad, Yo me arrepiento del mal que había
pensado hacerle” (Jer.18:8) ¿Cabe mayor disparate en un Ser omnisciente
e invariable en su eterna voluntad? Este Dios ‘inventado’ de la Biblia
se equivoca, tropieza y se arrepiente de sus actos, y aun de sus
pensamientos, como cualquier mortal. No puede darse más lastimoso modelo
de divinidad imaginada, torpe y falible, pequeña en su grandeza milagrera
y grande en su pequeña mezquindad, como sus propios ‘creadores’.
CRUEL
Y VENGATIVO. Quizás sea la crueldad el atributo de Yahvéh que se puede
comprobar con más facilidad en las páginas del Antiguo Testamento, donde
el Dios de Israel se muestra bastante peor que su pueblo. Para El, la vida
humana carece de valor en sí misma. No reconoce la igualdad de todos los
nacidos, ni el derecho universal a la salvación. La liberación de
‘su’ pueblo, después de cuatrocientos treinta años de esclavitud,
fue precedida por la matanza muy calculada y fríamente llevada a la práctica
de todos los primogénitos de la tierra egipcia (Ex. 12: 12-13). La ley
por El impuesta obligaba a la destrucción de todo lo extranjero, ajeno al
’pueblo elegido’ y, por lo mismo, idólatra: “Debéis destruir por
completo todos los lugares donde han dado culto a sus dioses las naciones
que vais a desposeer” (De.12:2). El Dios de Bondad para los cristianos
resulta ser el legislador que introduce la pena de muerte en el código
mosaico: “El hombre que hiera mortalmente a cualquier persona humana,
será muerto sin remisión” (Le.24:17). Asimismo, la lapidación hasta
la muerte está ordenada en varios casos de mala conducta: a la mujer que
no llegare virgen al matrimonio (De.22:2), a los adúlteros (De.22:22), a
los violadores (De.22:25), a los hijos desobedientes y libertinos
(De.21:21), a los que cometieren pecado de bestialidad (Ex.22:18), a los
adivinos (Le.20:27) y hechiceras (Ex.22:17), a quienes hicieran el acto
sexual durante la menstruación (Le.20:18) y genéricamente, al
incircunciso (Ge.17:14). Finalmente, la venganza se convierte en la
primera ley de la convivencia social: “No tendrás consideración: vida
por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie”
(De.19:21). En estas y otras múltiples ocasiones el Dios de Amor somete a
su pueblo por el miedo: “Si camináis según mis leyes...estableceré mi
Alianza con vosotros...Pero si no, os impondré como castigo el terror con
la consunción...Comeréis la carne de vuestros hijos...y mi alma os
aborrecerá” (Le.26:1-45). Aparte de la sevicia que ponen de manifiesto
tales ‘divinas palabras’, resulta inexplicable oir a Dios hablar de su
propia ‘alma’. Lo que parece evidente es que Yahvéh pretende
conseguir la obediencia por el temor que inspira su Palabra: “Les haré
oir mis palabras para que aprendan a temerme cuantos días vivan sobre el
suelo y las enseñen a sus hijos” (De.4-10). Por lo demás, sus
prohibiciones son muy concretas, basadas en el miedo que inspira el
secreto y la autoridad interpuesta. Por ejemplo, prohíbe, so pena de
muerte, tocar la montaña del Sinaí (Ex.19:19), la profanación del sábado
(Ex.31:14), del Tabernáculo (Nu.1:51) o del propio nombre de Yahvéh
(Nu.15:30).
También la muerte será el castigo
para “el hombre que procediere con altanería, sin atender al sacerdote
establecido allí para servir a Yahvéh, tu Dios” (De.17:12). La posible
misericordia divina desaparece, especialmente, ante la idolatría. Así, a
la tribu de Leví, la única que le había permanecido fiel, le ordena sin
contemplaciones: “Pasad y repasad por el campamento de puerta en puerta,
y matad cada uno al propio hermano, al propio compañero, al propio
pariente” (Ex.32:27). Según el documento bíblico, en esta ocasión
murieron tres mil hebreos. Pero cuando murmuraron contra Moisés y Aarón,
la muerte llegó para unos quince mil de los ‘elegidos’ (Nu.17:6-15).
¡Curiosa manera de mostrar la predilección! Pero la ira de Yahvéh llega
a destruir ciudades enteras, como Sodoma y Gomorra, y aun a casi toda la
humanidad creada, por medio del diluvio. Su crueldad, testimoniada en su cólera,
aparece confundida con la justicia: “Adonai está a tu derecha: machaca
a los reyes el día de su cólera, hace justicia a las naciones, amontona
cadáveres, machaca las cabezas sobre un inmenso territorio”
(Sal.110:5-6). No caben, ante tales palabras, interpretaciones alegóricas
o simbólicas. Todo responde a una realidad histórica bien comprobada, en
la que el ‘Pueblo de Dios’ con un nacionalismo enfervorecido por la
‘palabra santa’, asoló la mayor parte de Canaán, la tierra
‘prometida’ por Yahvéh (en realidad por los imaginativos patriarcas).
Fue una ‘guerra santa’, en la que no cabían blanduras ni componendas,
sino el puro exterminio del enemigo, por orden expresa de Yahvéh, el Dios
cruel y vengativo. (De.20:10:18). Venganza extremada e injusta, ya que
proclama, sin avergonzarse de su más injusta sentencia: “Castigo la
iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación”
(De.5:9). Si llega a maldecir por sus pecados a un ‘elegido’, le
pronostica: “Loco te volverás ante el espectáculo que tus ojos han de
contemplar” (De. 28:15-35). Y
si se trata de enemigos, como los filisteos, clama en voz alta:
“Ejecutaré en ellos grandes actos de venganza...y sabrán que Yo soy
Yahvéh, al llevar Yo a efecto mi venganza en ellos” (Ez.25:17). Sobran
los testimonios. ¡Cuántas criaturas humanas han dado muestras de una
condición mucho más virtuosa que la de su propio Creador! El Dios bíblico,
sanguinario y cruel, no merece la adoración de sus fieles. Tal Dios
carece, por supuesto, de Bondad, pero hay que negarle, sobre todo, la
misma Existencia real, admitiendo sólo la ‘imaginada’, es decir,
fabricada ‘a imagen y semejanza’ de su ‘creador’, el hombre. Es
absolutamente imposible que exista un Creador omnipotente, bueno y amoroso
con tales atributos de maldad. Lo uno excluye lo otro.
III
Si,
como decía Lutero, “quien quiera ser cristiano debe arrancarle los ojos
a la razón”, no cabe duda de que la autoridad del Antiguo Testamento
queda invalidada cuando se abren bien los ojos de la razón. La ‘Palabra
de Dios’ que se predica en el culto cristiano, y por supuesto en el judío,
no tiene nada que ver con esta otra que acabo de citar, cuya veracidad
queda
testimoniada
documentalmente, pero que las sinagogas y las iglesias cristianas tienen a
bien ocultar a sus fieles. La coherencia no es la virtud de los exégetas.
Por eso no es de extrañar que un doctor en Sagrada Escritura haya escrito
no hace mucho cosas como estas: “El Antiguo Testamento no debe ser norma
absoluta de conducta para el cristiano, ni tampoco motivo de escándalo”
o que “si existe algo evidente en la historia de Israel es la certeza de
que Dios ama a su pueblo” (Conceptos
fundamentales del cristianismo, Trotta,1993,34 y 37). ¿Puede
aceptarse tal inconsecuencia, sobre todo, si se conoce a fondo la
Escritura? La exégesis bíblica de todos los tiempos, comenzando por los
Santos Padres, no es más que una secuencia de actos voluntaristas que
intentan escamotear la verdad, ocultando cuanto pueda dañar la imagen
prefabricada de un Yahvéh inexistente.
Ni exégesis ni
hermenéutica. Ni biblistas ni teólogos. Nadie necesita intermediarios
para leer un libro, por muy ‘revelado’ que sea. Lo que la lectura de
la Biblia está pidiendo a
gritos a todo ser humano digno de tal nombre es una gran dosis de sentido
común y de racionalidad, tanto si se
los considera libros históricos, como si se los lee como obras
literarias o simbólicas. Ni una interpretación psicoanalítica de la Biblia,como
la de los judíos argentinos Daniel Schoffer y Elina Wechsler (La
metáfora milenaria, Paidós, 1993) ni la sensacional propuesta de
Harold Bloom, insinuando que la parte más antigua del Antiguo Testamento
fue escrita por una mujer (El libro
de J, Interzona, 1995), pueden distraernos de nuestra sustancial
conclusión: Para ser ateo no es preciso ser marxista. Basta tener un
juicio medianamente crítico y libertad de pensamiento. La verdad es
incompatible con la mentira
Me
detengo un momento en mis reflexiones y vuelvo a leer lo escrito,
comprendiendo que mi pasión por la Verdad ha ahogado muchos sueños de
infancia. Pero me siento en paz conmigo mismo. Ni he mentido ni pretendo
engañar a ningún incauto. Me limito a exponer, sin prejuicios, lo que he
podido encontrar en el Antiguo Testamento que hiera frontalmente mis
sentimientos o mis principios éticos, sin distorsiones, ni sacando las
frases fuera de contexto. Todas las citas, ‘Palabra de Dios’ para los
teólogos, están tomadas literalmente de la más actualizada edición
castellana de la Biblia. De
ellas deduzco una divinidad celosa, codiciosa, falible y cruel. Y me
pregunto, sorprendido: ¿Cómo es posible que tales palabras hayan sido
escamoteadas durante más de veinte siglos a la casi totalidad de los
creyentes de tres religiones? Todavía más: ¿Cómo ha podido crecer la
espiritualidad con el alimento envenenado de la mentira religiosa? Yo
mismo, ¿cómo he podido vivir engañado tantos años? ¿Y mis amigos? ¿Y
mis seres más queridos? ¿Cómo las diferentes confesiones religiosas han
podido embaucar a tantos durante tanto tiempo? No soy agresivo ni
beligerante. A nadie quiero apartar de sus fuentes de felicidad, aunque
considere que son engañosas. Pero no tengo más remedio que proclamar la
verdad que se ha abierto camino en mis razonamientos, sin tapujos de falso
pudor: Yahvéh, el Dios de la Biblia,
el Dios de los judíos, cristianos y musulmanes, tal como aparece dibujado
en el Antiguo
Testamento,
es una falsedad manifiesta, un ente de ficción, inventado hace treinta y
tantos siglos. A mi razón no le satisfacen las interpretaciones que
magnifican unas palabras, en detrimento de las más comprometidas, aunque
sea con la excusa de una lectura ’simbólica’ o ‘alegórica’. Además,
según la cronología y la arqueología, muchos de los sucesos narrados en
la Biblia, en los que el Dios bíblico
habría participado, “simplemente no existieron, salvo quizá en la
imaginación de sus autores” (R.L. Fox, La versión no autorizada. Verdad y ficción en la Biblia, Planeta,
1992). El futuro será de la ciencia, con sus espectaculares
descubrimientos astronómicos o biológicos, realizados sin necesidad de
ninguna ‘divina revelación’. El Misterio quedará desvelado, a la
medida del hombre, sin fraudulentas ‘verdades’ impuestas por ninguna
religión.
Para los
cristianos, la Biblia se prolonga con los libros del Nuevo Testamento, cuyos
primeros textos se redactan unos veinte años después de la muerte en
Jerusalén de Jesús de Nazareth, que, perteneciendo por derecho propio al
‘pueblo elegido’, es aceptado y aplaudido por algunos de los judíos
de su época como el Mesías prometido a Israel en el Antiguo Testamento.
Mesías que fue anunciado por los profetas como “el gran libertador del
pueblo” (Jer.23:5), que “establecerá para siempre el trono y reino de
David” (Is.9:5). Es decir, la comunidad cristiana fue, en sus comienzos,
una rama o secta desgajada del judaismo (J. Monserrat Torrents, La
sinagoga cristiana. El gran conflicto religioso del siglo I
.Muchnick Edtores, 1989). Es Pablo de Tarso, que comienza a
escribir sus famosas Cartas
varios años antes del primer Evangelio,
quien pone los cimientos de la nueva doctrina: Jesús de Nazaret no es
solo el rey -fracasado- del pueblo judío. Presentando su vida y su enseñanza
de una forma alegórica, Pablo extiende la idea de que “su reino” no
es de este mundo, ya que, siendo Hijo de Jahvéh, se encarnó como hombre
para redimir de sus culpas a toda la humanidad, no solamente al pueblo de
Israel. Ampliaba así, consciente y fraudulentamente la noción
exclusivista de ‘pueblo elegido’, escribiendo a los gentiles: “Si
vosotros sois de Cristo, ciertamente sois linaje de Abraham y herederos
según la promesa” (Gá.3:29). Se había consumado la gran mixtificación:
la palabra de Jesús también era ‘Palabra de Dios’.
Y para predicarla y extenderla por todos los confines era necesario
sustituir la teocracia judía por otra organización universal de
sacerdotes, intermediarios ante la Divinidad. Pero si Yahvéh era una
invención fantástica del Antiguo Testamento, el Jesús divinizado era
tan irreal como aquél. Su atrayente humanidad ha conmovido durante veinte
siglos a los creyentes, que, embaucados por una ética sentimental, no han
sabido captar el mensaje desengañado que transmiten los doloridos ojos
del crucificado.
Ni
siquiera la interpretación midráshica del obispo episcopaliano J. Shelby
Spong
(La resurrección ¿mito o realidad? Martínez Roca, 1996) permite
salvar la ‘realidad’ objetiva de la Biblia,
mejor del Nuevo Testamento, donde se acumulan falsedades y errores, la
mayor parte de las veces intencionados, con tal de ‘ajustar’ la vida
de Jesús a las profecías bíblicas. Estas son sus palabras: “Hemos
analizado los propios textos bíblicos, y han demostrado ser poco fiables,
si
lo que andamos buscando son hechos objetivos”. Pero, “hemos buscado y
encontrado una nueva lente, la lente del midrash, con la que leer nuestros
relatos sagrados”. Completa el teólogo protestante aclarándonos que
“el midrash era mitología vinculada a tradiciones religiosas y temas universales”. Es decir, la
Biblia no es propiamente
historia real, sino relación novelada basada en tradiciones religiosas
del pueblo hebreo. La construcción
de la nueva doctrina religiosa de salvación, estructurada en dogmas
inamovibles, es obra de una Iglesia nada ‘divina’ que, reunida en
sucesivos Concilios y asambleas, ha venido anatematizando durante veinte
siglos a quienes predicaban algo distinto a sus inventadas creencias. La
historia de la Iglesia de Roma se puede reducir a las historia de las
herejías que ha condenado. Todo comenzó cuando Pablo de Tarso, un judío
epiléptico que no conoció al Jesús de Nazareth histórico, lo divinizó,
proclamándolo el Redentor de la Humanidad, algo ajeno a la Biblia
del ‘pueblo elegido’ (Robert Ambelain, El
hombre que creó a Jesucristo, Martínez Roca, 1985).
La doctrina
paulina se construyó con materiales del Antiguo Testamento, que defendía
una religión monoteísta, frente al politeísmo existente, lo mismo que
el mundo greco-romano en el que hubo de crecer y desarrollarse el nuevo
cristianismo. Pero el hecho de reducir el panteón pagano a un solo dios
no es garantía de veracidad. De un lado, porque el dios del Antiguo está
trufado de maldades sin cuento, similares a los dioses paganos pero
incompatibles con la santidad que se presumía para la nueva religión. El
Nuevo, por su parte, aunque avanza en la moralidad de sus preceptos, no
está exento de errrores y contradicciones, además de aceptar como
patrimonio doctrinal los libros bíblicos del pueblo judío. (No podía
ser de otro modo, si todos ellos eran judíos y no pretendían suplantar
sino perfeccionar la religión de Israel). El mensaje de Jesús de
Nazareth quedó, en los siglos posteriores a su muerte, contaminado por el
‘pecado original’ de los Padres conciliares de Nicea (325 d.C.),
quienes decidieron mutilar de forma implacable los textos que hacían
referencia a la vida y la obra de Jesús, ‘canonizando’ como los únicos
‘revelados’ a los tres evangelios sinópticos y al cuarto, de Juan,
excluyendo otros sesenta relatos que no ‘casaban’ con los otros
cuatro. Quedaron así, fuera del canon neotestamentario los llamados ‘apócrifos’,
que hoy día, por fortuna, podemos consultar (Aurelio de Santos Otero, Los evangelios apócrifos, BAC, 1956), aunque siguen siendo
considerados ‘heterodoxos’, dignos de estudio pero no de creencia, y
en cierto modo heréticos, como los textos ‘gnósticos’ (Elain Pagels,
Los evangelios gnósticos, Crítica, 1982).
Por
más que se esfuercen los teólogos católicos, mientras supediten su
recto juicio a su fe, nunca podrán dar una interpretación creíble de
los textos bíblicos como doctrina de salvación. Ni siquiera el Nuevo
Testamento, con sus emotivas páginas de amor y misericordia, puede ser más
que un testimonio de fe que hace aguas por todas partes en cuanto se
intenta estudiarlo desde un punto de vista histórico o científico. Si
enorme es su interés cultural y sociológico, su interés religioso sólo
tendrá validez íntima para los ya convencidos por la autosugestión de
la fe. Para un
científico, como afirma Antonio Piñero en su sintética Breve
introducción al estudio del Nuevo Testamento (Ediciones Clásicas,
1994), “el NT redactado originalmente en lengua griega, forma parte del
acervo de la literatura griega antigua, y puede y debe ser estudiado como
una parte de ella”. Desde luego, de sus páginas nadie podrá deducir,
mediante exégesis racional, una posible o probable ‘revelación’ de
ninguna divinidad. Por eso naufragan en su empeño de hacer creíble el
contenido ‘sagrado’ de la Biblia
los más distinguidos teólogos de nuestros días, aun cuando se
apoyen mutuamente en el loable intento
(Conceptos fundamentales del
cristianismo, Trotta, 1993). Sus esfuerzos son tanto más patéticos
cuanto más inútiles y bien intencionados.
Ya no es suficiente el
anticlericalismo de nuestros antepasados para denunciar la falsedad de la
religión cristiana, como ha ido mostrando de forma ejemplar el
historiador alemán Karlheinz Deschner en su obra, todavía inacabada en
castellano Historia criminal del
cristianismo (Martínez Roca, nueve volúmenes publicados desde 1990).
Es preciso ir más allá, olvidarse de los eclesiásticos y de su
interesado magisterio moral, para proclamar a los cuatro vientos que los
fundamentos doctrinales de la religión -de cualquiera religión- no se
sostienen en pie a la luz de la razón. Desde Hobbes, Spinoza y la más crítica
Ilustración europea, hay que estar libre de todo prejuicio teológico
para enfocar el tema religioso. Aunque las nuevas tendencias de la
exposición teológica se preocupen más de la Biblia
como texto literario, lo único que se consigue es soslayar el problema.
Una mente libre de prejuicios ha de aceptar “la crítica radical que
niega toda pretensión de verdad a la religión, a sus dioses y a los
conceptos metafísicos en los que se apoya” (Gonzalo Puente Ojea, Ateísmo
y religiosidad, Siglo XXI, 1997, p.183).
Francisco
Aguilar Piñal
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