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Colaboración n. 23   (1-7-02)

TITULO: ¿Quién pecó, él o sus padres?

AUTOR: Orual

 

 

 

 

En las aguas del Pacífico vive un pez amarillo que no puede jugar al escondite. Tan violento es el color de sus escamas que aún en las tinieblas azules de las profundidades es fácil reconocerle. Además es un poco torpe.

 No nada con la agilidad del delfín precisamente.  Sus depredadores lo tendrían fácil, condenadamente fácil, si no fuera porque este pez tiene cuatro ojos... Dos ojos auténticos, enormes, de un  verde tan violento como el amarillo de sus escamas, en su lujar debido, a ambos lados de la cabeza... y otros dos a ambos lados de su amarilla cola. Los ojos de la cola son una réplica exacta a los de la cabeza: el mismo tamaño, el mismo verde insultante, la misma mirada redonda y desparpada, con su redonda expresión de redondo pasmo o miedo o indiferencia. Los ojos de la cola son una réplica exacta de los de la cabeza...si exceptuamos el pequeño detalle de que los de la cola están sólo... dibujados. La naturaleza le ha proporcionado una curiosa escapatoria a este pez amarillo y tonto del Pacífico, para que sus enemigos confundan su cabeza con su cola. Mientras "deciden" dónde morderle para que la herida sea mortal (en la cola, desde luego, no lo es) el pez amarillo se escabulle o, si el enemigo consigue atraparle, también se escapa innumerables veces, porque el predador le muerde la cola creyendo que es la cabeza y se queda con la cola en la boca, como un triste trofeo amarillo, mientras su presa escapa sin cola, pero con cabeza y con vida, a lugares más seguros.

 

     Si os he contado la vida y milagros de este pez amarillo del Pacífico, de cuyo nombre no consigo acordarme, es para mostraros por qué sospecho, barrunto ( que dicen en mi pueblo :-) ), intuyo que Dios existe. Mi intuición me advierte de que el azar no puede imprimir tatuajes perfectos en la piel de un pez con un propósito bien definido. Yo soy dibujante y, a veces, como un juego algo macabro, sin duda, he intentado dibujar con los ojos cerrados y os aseguro que los resultados no fueron precisamente satisfactorios. Y, aunque éste os parezca un criterio simplista, no lo es tanto si lo analizáis en profundidad. Creo que hay un "Orden Secreto", como escribió Goytisolo, que actúa detrás del telón del caos.

 

    Lo confieso en el estrado como los Alcohólicos Anónimos: Hola, me llamo Orual y soy creyente.

 

    Pero esperad, esperad y no me condenéis todavía. No me he equivocado de página. Sé a quiénes me estoy dirigiendo. Quiero deciros que "mi" Dios es un ente plácido, que viene, os aseguro, en son de paz. Un Dios que resbala dulcemente por las hojas como la lluvia. Un Dios que no es ni puede ser el Dios de la Biblia.

 

    Yo vengo del terror. He pasado casi una década "atrapada por Yahvé Sebaot", el Señor de los  Ejércitos.

 

    Cuando tenía 23 años un panfleto editado por una iglesia evangélica me prometió la Paz. Y, como la Paz era mi meta desde niña, sin darme casi cuenta pasé a formar parte de la feligresía baptista. Leí la Biblia entera por vez primera (hasta entonces sólo había leído los pasajes más esperanzadores). Leí el Antiguo Testamento entre el asombro y la resignación. Resignación porque yo había ya "decidido” que aquella era La Verdad, y, aunque fuera una Verdad espantosa, estaba dispuesta a aceptarla. Creí, simplemente, porque necesitaba creer. Me prometieron la Paz y, aunque me convertí con miedo, esperaba que esa paz llegara. Pero no llegó.  

     No sólo no llegó la Paz, sino que, además, el amor que siempre había sentido por "mi" Dios afable, abstracto, quizás, pero rotundo como un amanecer sobre los montes...se evaporó. Yo soy incapaz de amar y temer al mismo tiempo a un ser, un objeto o una idea. Y el dios de la Biblia es sólo temible, nunca "amable".

 

    Pero, en contra de lo que se pudiera pensar, lo que me hizo desistir de mi búsqueda por camino tan descabellado no fueron las atrocidades, contradicciones y despropósitos de la Biblia, sino el hecho de que Jesús nunca contestara (o contestara con evasivas) a la pregunta que da título a esta reflexión. "¿Quién pecó?" (Juan 9, 2), la pregunta era más inteligente de lo que el propio interpelante, seguramente, se proponía. Si era cierto que el dolor campaba a sus anchas por el mundo como el castigo a una culpa ancestral, ¿por qué Dios había sido tan poco equitativo a la hora de "repartir" ese castigo? ¿por qué la vida de algunas personas es poco menos que un camino de rosas y la de otras un infierno anticipado? Si todos somos pecadores  ¿por qué unos "pagan" esa cualidad -que, al fin y al cabo, fue heredada- con sufrimientos horribles durante su vida terrena, cuando otros no han experimentado ni un dolor de cabeza en toda su existencia? "¿Quién pecó, él o sus padres?"

 

    Las razones que las iglesias y la teología ofrecen sobre este punto son tan vagas e inaceptables como la que dio Jesús. Es comprensible pues, al fin y al cabo, no pueden más que corroborar  al Maestro. Lo contrario sería incurrir en la herejía. Si Dios es “bueno” no debería sufrir nadie. Si Dios es “justo”deberíamos sufrir todos... y perdonen la salvajada. Pero el hecho indiscutible es que mientras en una aldea cochambrosa de Zimbabwe, una mujer se muere agotada por la malaria sobre una manta vieja en el suelo, esperando un medicamento que no le llegará porque la todopoderosa industria farmacéutica ha decidido que vender fármacos genéricos a los pobres no es rentable, mientras esto ocurre,  digo, en Mallorca una supermodelo con más tetas que pudor abona 1.400.000 euros para adquirir una montaña que proteja su mansión isabelina de los paparazzis. Si ambas mujeres han heredado un pecado original, no acabo de entender por qué una está pagando por ello y la otra no.

 

   La conclusión a la que llego no es que Dios no exista, sino que el pecado original es una de esas pamemas que sólo conviene creer a quienes les va algo en ello. La mujer de Zimbabwe está enferma por culpa de la  ambición y la mezquindad de la industria farmacéutica y la supermodelo de Mallorca es asquerosamente rica por culpa de la industria de la moda y todos los cretinos que sucumben a ella, que son legión. Y punto.

 

   Mi sobrina nació hace un mes.  Tiene el rostro más perfecto que he visto en mi vida, la piel alborotada por la luz.... y las manos LIMPIAS.  Ella no viene ensombrecida por ninguna culpa propia o ajena. No pecó ni ella ni sus padres. No cabe maldad en medio de tanta inocencia y estoy dispuesta a estrangular con mis propias manos a  quien afirme lo contrario.

 

  En las aguas del Pacífico vive un pez amarillo que no puede jugar al escondite. Este pez amarillo con su cola tatuada  nada a sus anchas en mi cabeza como en una pecera. Su presencia se hace más firme cuando me viene la tentación de pensar que Dios (o algo parecido) no existe. Este pez es un grano en el trasero, la verdad, cuando apelo a mi faceta más racionalista.

 

  Pero este pez amarillo me dice algo más: que Dios, si existe, es bueno, es divertido, tiene un magnífico sentido del humor y no dibuja mal del todo.  No es, desde luego, Yahvé Sebaot, el Señor de los Ejércitos.

 Un saludo  

Orual

 

Ailbib: Gracias por tu colaboración. 

Enfasis en negrita por Ailbib

Jn 9, 2-3

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