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Colab/71
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Colaboración nº. 71. Mayo 2013

El "libro rojo" de Yahvé

Autor: Francisco Aguilar Piñal

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En el año 1964 se publicó en la República China un libro de citas ideológicas y políticas del Presidente comunista chino Mao Tsé-Tung, encuadernado con cubiertas de color rojo, por lo cual se le conoció como el Libro rojo de Mao. Transcurrido medio siglo, se ha convertido ya en el segundo libro más editado en el mundo, alcanzando en ejemplares al indiscutible líder editorial, que es el primer libro impreso de la historia, la Biblia, libro al que podemos llamar, parodiando al de Mao, el Libro rojo de Yahvé. No precisamente por el color de su encuadernación, sino por su contenido, con sus páginas enrojecidas por la sangre.

        No es una inocente metáfora, sino una cruda realidad que puede comprobar cualquier lector del Antiguo Testamento [y del Nuevo]. Desde la primera sangre derramada por Abel a manos de su hermano Caín (Gn 4:8), no hay página de esta “historia novelada” del pueblo “elegido” por Dios, en la que no se refleje esta obsesión por el exterminio del otro, “no elegido”. El dios que el pueblo de Israel “escogió” para que lo guiara por el desierto hasta conseguir una tierra en la que asentarse eternamente, como sabe cualquiera que haya leído ese conjunto de libros falsamente inspirados, fue uno de tantos que recibían veneración en el Medio Oriente, de nombre Yahvéh. De sus “cualidades humanas” ya he escrito en otro lugar ("La quimera de los dioses”, 2010, pp. 346- 353): celoso, codicioso, falible, y sobre todo, cruel y vengativo. Consecuencia de estas “nobles virtudes”, Yahvéh no puede vivir sin el exterminio, la sangre y la muerte de los que no le sirven.

         Un escritor español, escondido tras el alías de MiltonAsh, el mejor biblista de nuestra época, ha podido contar hasta 173 veces en los libros bíblicos la raíz “exterm-inar”, según comenta en la última de sus publicaciones, El Horror. ¿La Biblia es la palabra de Dios? (2013). Este interrogante está esperando una respuesta sensata, racional, científica, de todos los simios humanos que poblamos el planeta Tierra, pero, lastimosamente, más de media humanidad cree a pies juntillas que el “horror” bíblico es una conjura contra la ingenua fe que los alimenta, cuya misión es destruir la “verdad” de esas páginas impregnadas de muerte y de sangre. Pero no es así en mi caso. Si escribo contra todos los dioses, y en especial contra el bíblico, no es por odio a nada ni a nadie, sino por compasión, para ayudar a pensar a mis hermanos en la especie, para que lleguen a ser verdaderos seres racionales, y no juguetes de la imaginación, de la manipulación y de la mentira. Desde luego, sé que es un empeño inútil, pero necesario para que la  Humanidad llegue algún día a merecer, definitivamente, el calificativo de “racional”.

         Haciendo un breve recorrido por esas páginas noveladas, podremos comprobar que están teñidas de color rojo sangriento. El mayor genocidio de la historia lo ejecuta Yahvéh al mandar el diluvio, que destruyó toda vida sobre la Tierra, excepto una pequeña parte de los animales creados y a la familia de Noé (Gn 7:21-24). Le sigue en crueldad “divina” la orden de ocupar la “tierra prometida”, expulsando de sus territorios a los pueblos que ocupaban entonces la tierra de Canaán, comprendida entre el Nilo y el Eúfrates (Gn 9:19 y 15:18-21). El dios Yahvéh ofrece a su pueblo elegido un “pacto de sangre”, en señal de la alianza: la circuncisión (Gn 17:1), con el castigo a quien se resistiera a derramar la sangre de su prepucio: “esa persona será extirpada de su pueblo, pues quebrantó mi alianza” (Gn 17:4). Había que “hacer sitio” a los elegidos para ocupar esa “tierra prometida”, porque se supone que el dios creador tiene no sólo el poder sino el supremo derecho de privilegiar a los suyos como dueño y señor de todas las tierras.  Pero la expulsión de sus casas no fue suficiente. Obligó a destruir las ciudades, comenzando por Sodoma y Gomorra: “llovió azufre y fuego procedente de Yahvéh” (Gn 19:24). A seguida, el “pueblo elegido”, aleccionado para el combate, se apodera de la capital de los madianitas, matándolos a todos, “conforme había mandado Yahvéh a Moisés”, pero éste los recrimina porque habían desobedecido a Yahvéh, al dejar con vida a las mujeres, que fueron asesinadas en número de 32.000 (Núm 31:7 y 15). Después de cruzar el Jordán, continúa el Deuteronomio confirmando el progreso de la ignominia, ya  que “consagramos al exterminio a cada ciudad: hombres, mujeres y niños, no dejamos supervivientes”. Así con unas sesenta ciudades, matando a sus ocupantes y apoderándose del ganado y del botín ”lo saqueamos para nosotros” (Dt 2:34). La orden más explícita es aquella que dice: “Aniquilarás a todos los pueblos que Yahvéh, tu dios, te entregue” (Dt 7:17). Las hordas de Yahvéh no quieren prisioneros, sólo la condena a muerte a quienes se resistían a abandonar sus casas y tierras. Yahvéh es para MiltonAsh, con razón, “un terrorista”.

         Pero sabemos que ese dios era un “invento” de los escribas bíblicos. Nada hay en sus malvadas órdenes que recuerden a un creador amante de sus criaturas, sino la codicia criminal de un pueblo que despoja de la vida y haciendas a los legítimos pueblos vecinos, condenados al exilio y a la muerte por el dios de los israelitas mediante el terror  y la crueldad. Lo que relatan las páginas del Antiguo Testamento es la historia de unos líderes sanguinarios que no dudan en usar la espada para asentarse en un territorio, “inventando” un dios terrible que amenaza continuamente para domeñar a un fanático pueblo que busca desesperadamente un suelo propio, apropiándose  del contrario mediante el derramamiento de sangre. No existió Yahvéh más que en la imaginación de quienes lo inventaron, prolongando durante generaciones la creencia popular en un ser “divino” que reunía todos los atributos infames de sus propios creadores, sobre todo la crueldad, la codicia y la sed de sangre. Los líderes espirituales de ese pueblo, aunque fuesen inventados también por los escribas posteriores, sólo pretendían la obediencia ciega a sus órdenes, creando la figura de un Yahvéh “inventado” para favorecer mediante el temor a su venganza, el sometimiento del pueblo, la conquista de una tierra ajena y el odio a los no circuncidados, que mantenía el señuelo de un “pueblo elegido”. Toda una estrategia política, implacable en su crueldad, de los fundadores de Israel.

         Para conseguir la cohesión de ese pueblo nada mejor que defender la idea de un “dios único”, exclusivo, incompatible con otros dioses y otros pueblos idólatras, el gran engaño inmisericorde: “Si alguien te incita a la idolatría, le lapidarás con piedras hasta que muera” (Dt 13:11) ordenó ese dios. Los pueblos vecinos son identificados, señalados como víctimas por el propio Yahvéh: “De las ciudades que Yahvéh te da la herencia no dejarás viva alma alguna, sino que consagrarás a completo exterminio al hitita, al amorreo, al cananeo, al perezeo, al hiwweo y al yebuseo, conforme Yahvéh te ha ordenado” (Dt 21:12). Al llegar la horda israelita, guiada por Josué, a la ciudad de Jericó, continúa impasible el escriba: “consagraron al exterminio todo cuanto había en la ciudad, tanto hombres como mujeres, niños y ancianos, incluso el ganado mayor” y prendieron fuego a la ciudad, como había mandado Yahvéh (Jos 6:21). En otro lugar “no dejaron supervivientes ni fugitivos” (Jos 8:22). El propio Josué “vapuleó” al rey de Jerusalén y a otros cuatro reyes de la zona, “hasta hacerlos morir”, dejando sin vida a 12.000 hombres y mujeres, “conforme había ordenado Yahvéh, dios de Israel” (Jos 10:40). De los diez mil hombres del reino de Moab “no escapó ni uno” (Jue 3:15-20). El general Joab “exterminó a todos los varones idumeos” (I Re 11:15). El “ángel exterminador” de Yahvéh dio muerte a 185.000 asirios (Is 37:36) y el pueblo se enorgullecía de haber hecho 100.000 bajas al ejército sirio (I Re 20:29). Los asesinatos masivos se suceden sin tregua en este libro “devoto” que es para muchos el Antiguo Testamento (Sagrada Escritura).

          Conquistada ya la tierra prometida, continúa la sangre dominando la narración bíblica, aunque fuese sangre de los propios israelitas, ahora por su infidelidad y olvido del celoso Yahvéh, que los castiga inmisericorde. A quien profanare el sábado “será muerto sin remisión” (Ex 31:14) porque la sangre “es un olor suave a Yahvéh” (Ex 20:29). Y su venganza es terrible cuando sus “elegidos” adoran un becerro de oro. En este caso ordena a sus fieles de la tribu de Leví (sacerdotes) “Pasad y repasad por el campamento de puerta en puerta y matad cada uno al propio hermano, al propio compañero, al propio pariente”. Aquel día cayeron “unos tres mil hombres” (Ex 32:28). En otra ocasión ordena a Moisés empalar a los apóstatas  “en honor de Yahvéh” (Num 25:4). Cuando los israelitas se rebelan contra las órdenes de Moisés, Yahvéh interviene: “Voy a aniquilarlos en un instante: y cayeron de bruces 14.700 hombres” (Num 17:14). Y cuando se inclinan para adorar al dios Sol, ordena el castigo: “No os compadezcáis: viejos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres matareis hasta el exterminio”(Ez 9:7-8) Para concluir con este oráculo inhumano: “Los cadáveres de los hombres yacen como estiércol sobre la superficie del campo” (Jer 9:21).

          La Guerra Santa ordenada por Yahvéh y llevada a cabo por los “elegidos” según estas Sagradas Escrituras, no pertenece a la historia, sino al reino de la
fantasía literaria. Aunque tuviera una base histórica, son tantas las equivocaciones, las contradicciones, las exageraciones intencionadas, las  visiones nocturnas, los inverosímiles hechos narrados, que confirman la impresión de que casi todo lo escrito es un conjunto de invenciones interesadas. Como son imaginarias las enormes cifras de muertos en combate o asesinados, ordenados por Yahvéh: “expulsa a los pueblos existentes” (Ex 33:2), incluso a los mensajeros de paz, a los que ahorcan en Hebrón “después de cortarles manos y pies” (II Sam 4:12). No menos imaginarias son las estadísticas del censo ordenado por David, de los “guerreros aptos para manejar la espada”, cuyo número es imposible en un pueblo nómada por unas tierras semi-desérticas. El cómputo final dio un total de 800.000 en las tribus de Israel y 500.000 en las de Judá (2 Sam 24:9). Nada de esto puede ser verdad, según comenta MiltonAsh (pág. 104): “Lo que se cuenta son ficciones, con el fin de engrandecer la majestad y el poder de Yahvéh”, tan necesario para tener sometido al ignorante pueblo de Israel.

          La esperable misericordia del dios israelita está ausente de sus numerosos mandatos, cuyo incumplimiento siempre merece un castigo: lapidación para el “hijo desobediente y libertino” y para las mujeres que “hayan perdido la virginidad” antes del matrimonio (Dt 22.21). Por una simple desobediencia elimina sin compasión a 70.000 de sus “elegidos”, y a quienes se atrevan a darle la espalda, Yahvéh los maldice con el canibalismo: “comerás la carne de tus hijos y tus hijas” (Dt.28:15-57 y Lv 26:14). Los asesinatos se suceden sin descanso para complacer a Yahvéh: Jael quita la vida con engaño a Sísara (Jue 4:15), lo mismo que Judith a Holofernes (Jdt 13:8). Joab mata a Absalón (2 Sam 18:14). Y todos ellos son alabados en la Biblia como ejemplos de fidelidad a Yahvéh. Sin embargo, protege a David, el rey “pecador”, que compra a la joven Mical, hija de Saúl, por cien prepucios de filisteos (1 Sam 18:25-27), en una de las más escandalosas páginas bíblicas, que no impiden venerarlo como el rey más importante de Israel, sólo por la construcción del templo de Jerusalén.

         El “dios único” charla con Satán (Job 1:7-12) y se permite toda clase de maldades, alabadas siempre por los escribas bíblicos. Nunca aparece el amor, como no sea en el Cantar de los cantares, verdadero himno amoroso y sensual en honor de la Sulamita, amada de Dios y símbolo de Israel. Pero el amor aquí cantado es un amor muy humano, en todas sus facetas: la magia del enamoramiento, la pasión por el amado ausente, el éxtasis de la unión. Nada que
ver con el amor de un Creador hacia sus criaturas, que no exige amor sino obediencia. Las “palabras de Dios” contenidas en el Antiguo Testamento emanan de una mente muy humana, reflejan la estrategia política de unos líderes, profetas y reyes judíos, que no tenían más obsesión que el establecimiento de este pueblo de esclavos en una tierra propia. Para lo cual crearon un “dios” que los sometiera por temor a la muerte, que los estimulara con una alianza y un pacto de exclusividad que todos sus descendientes han creído y difundido con una fe irracional.

         Me moriré sin comprender el que creo mayor enigma de la historia. ¿Cómo es posible que sobre estas páginas ensangrentadas y carcomidas por el horror de una conducta malvada se hayan sustentado durante miles de años y por millones de seres humanos las religiones bíblicas? ¿Cómo es posible que, a lo largo de siglos, tantas personas inteligentes y sabias hayan podido hacer compatibles la ciencia y la fe en un dios tan execrable y en unas páginas rebosantes de sangre? Más aún, ¿cómo es posible que la Iglesia  Católica las haya aceptado como la base de su credo, sin mencionar jamás a Yahvéh, pero leyendo sus palabras en los actos litúrgicos?
          Bien es verdad que el cristianismo –en sus múltiples ramificaciones- ha sabido escoger las “palabras de Dios” más aceptables, pero nunca ha condenado las otras “palabras de Dios” que rechaza cualquier persona de sana moral. El Antiguo Testamento no se pudo leer en español hasta que murió el rey Carlos III,  que autorizó su traducción a un padre escolapio, preceptor de sus hijos. Aún así, han pasado casi tres siglos y los hispanos seguimos sin enfrentarnos al problema de la veracidad y la bondad de la  Biblia. La razón nunca podrá vivir en buena armonía con la fe, cristiana o musulmana. Sólo la razón nos hará humanos, es decir, libres.

Francisco Aguilar Piñal (filólogo español)

 

MiltonAsh: la Colaboración se encuentra también en la entrada al libro "El Horror", escrita por el autor tras leer el libro.