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Colab/22-28
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Colaboración nº. 28.  Enero 2003

Biblia: la novela del pueblo elegido

 Autor: Francisco Aguilar Piñal
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A Marisa

 

Escrita a lo largo de más de diez siglos (VIII a.C.-II d.C.), traducida, copiada y recopiada en los monasterios medievales, la Biblia fue el primer libro impreso, el más demandado y del que más ediciones se han hecho en las diversas lenguas y dialectos. Resulta impresionante la visita a bibliotecas especializadas, como la Vaticana de Roma o la Augusta de Wolffenbüttel, donde se conservan espléndidas colecciones bíblicas de todo tiempo y lugar. Con sus miles de comentaristas que, desde el prejuicio de la fe, han intentado salvaguardar para la posteridad el estimado como “depósito de la revelación divina”. Revelación que dan por cierta, magnificando el mensaje de virtud, amor y esperanza, pero ocultando las múltiples ocasiones en que el mensaje se transforma en moral depravada de los héroes bíblicos o, peor aún, del propio Yahvéh. Es lo que ocurre, por ejemplo, en la más conocida publicación de hermenéutica bendecida por la Iglesia Católica, excelente, por otra parte, como introducción histórica a la transmisión secular del texto sagrado (La Biblia judía y la Biblia cristiana, Trotta, 1993).

Los tres pilares sobre los que se asienta el fenómeno religioso son la autoridad, la tradición y la experiencia. Ignorando este último, ya que forma parte de la intimidad personal, un espíritu verdaderamente libre no puede conformarse con lo que predique una autoridad que se ha constituido a sí misma, al margen de toda racionalidad. La aceptación de un texto pretendidamente ‘revelado’ ha de fundamentarse en un juicio crítico de valor, no en piadosas creencias ni en exégesis interesadas de los propios comunicadores de una fe excluyente, siempre impuesta y nunca sujeta al debate de la razón. Dada la vulnerabilidad de sus argumentos y la pudorosa resistencia de los creyentes ante las barbaridades e inmoralidades contenidas en el Antiguo Testamento, la Iglesia católica no ha tenido más remedio, a fin de acallar comentarios peligrosos, que declarar como dogma de fe la ‘revelación divina’ de la Biblia. Así lo establece la constitución dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, donde se puede leer que “la Santa Madre Iglesia, según fe apostólica, tiene por santos y  canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor”. Los escribas elegidos por Dios se vieron limitados y determinados en su redacción, porque escribieron “todo y solo lo que El quería”. Así, pues, concluye el texto: “hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las Sagradas Letras para nuestra salvación”.

 

Con todo respeto para los sesudos varones que intervinieron en la discusión y redacción de esta constitución dogmática, he de poner de manifiesto, haciendo uso solamente de mi pobre raciocinio y juicio crítico mi rechazo más absoluto, primero, a que ningún ser humano pueda imponer a otro dogma alguno de verdad supuestamente ‘revelada’, y segundo, a tamaña sarta de incongruencias, expuestas sin soporte racional. El primer y único pasaje de la Biblia en que se afirma la inspiración divina -ajena a la profética- salió de la pluma de Pablo de Tarso, en una de sus cartas (2 Tim.3:16-17), ya avanzado el siglo II de nuestra Era. Tesis que han aprovechado hasta el máximo los teólogos de todos los tiempos y que fue recogida formalmente por el Papa León XIII, declarando que la Biblia era, no sólo un venero de verdades históricas, sino de enseñanza moral conducente a la salvación (Encíclica Providentissimus Deus, 1893). Y más recientemente, se ha escrito que “El Antiguo Testamento es una parte de la Sagrada Escritura de la que no se puede prescindir. Sus libros son libros divinamente inspirados y conservan un valor permanente, porque la Antigua Alianza no ha sido revocada” (Catecismo de la Iglesia católica, 1992, 121). Es decir, ha sido la doctrina paulina la que, como en casi todo, ha cimentado el dogma cristiano, incluido el soporte esencial de la inspiración divina de la Biblia, creída a pies juntillas por millones de devotos creyentes que ignoran la ‘cara oscura’ de sus textos fundacionales. Resulta incomprensible que desde los más primitivos cristianos (exceptuando a Marción y a los gnósticos del siglo II) se haya aceptado sin más contrariedad la tesis del origen sagrado de la Biblia, pozo de sabiduría y bondad en unos casos, pero también sentina de maldad en otros. Es evidente que, en nuestros días, la infalibilidad y aun la historicidad de la Sagrada Escritura se ha derrumbado ante la verdad de tantos descubrimientos históricos y científicos que la desmienten. No es posible ya aceptar, si no es por la fe irracional, la condición de ‘palabra de Dios’ con que se ha pretendido sacralizar popularmente un libro tan lleno de errores, falsedades y desviaciones morales.  Mayor asombro causa que tal aceptación la hayan mantenido, sin separar el grano de la paja, sabios teólogos y analistas de las tres religiones que aceptan la Biblia como fundamento de su religiosidad, sin mayor escrúpulo de conciencia. ¿Tal ceguera produce la fe, cualquiera que esta  sea? ¿No habrá demanda posible contra el asesinato impune de la razón?

Basándome en mi propia experiencia religiosa, quiero levantar mi voz para denunciar el engaño y proclamar, con citas del Antiguo Testamento, que hay ‘otra’ Biblia, no predicable, que también es ‘palabra de Dios’. Ejemplos de inmoralidad incompatibles con la presumible santidad del Ser Supremo adorado por los creyentes. No soy el primero que lo hace, ni seré el último en sumarme a la, desgraciadamente, minoría que, sin dejarse embaucar por seductoras y mentirosas palabras de consuelo, persigue con denuedo la verdad como supremo fin de los seres racionales. Por los datos existentes, y los estudios de los más imparciales, se pueden sacar unas conclusiones totalmente opuestas a las habitualmente aceptadas.  Comenzando por el inicial paganismo del pueblo de Israel, ‘contaminado’ por las idolátricas creencias de sus vecinos, en especial del pueblo egipcio (R.Ambelain, Los secretos de Israel, Martínez Roca, 1996).       

 

I

Los personajes más representativos del Antiguo Testamento son grandes pecadores. He aquí algunos ejemplos: Adán, el padre del género humano según el relato bíblico, fue expulsado del paraíso por desobediencia y soberbia (Ge. 3:23). Caín, su hijo, fue un cobarde fratricida (Ge.4:8). Lot, el sobrino de Abraham, cometió incesto con sus dos hijas (Ge. 19:30-38). Moisés, que liberó al pueblo hebreo de la esclavitud, asesinó a un egipcio y huyó de la justicia durante cuarenta años (Ex.2:11-15). Saúl, el primer rey de Israel, se suicidó con su propia espada (1 Sam.31:4-6). Su sucesor, el rey David, el héroe más admirado de la tradición judía, cabeza del linaje mesiánico, compró como esposa a Micol, hija de Saúl, por el precio de cien prepucios de filisteos (1 Sam.18:25-28) y ordenó asesinar a Urías para cometer adulterio con Betsabé, madre de Salomón (2 Sam.11:24-27). Amnón, hijo primogénito de David, cometió incesto con su hermana Tamar (2 Sam.13:1-22) y fue asesinado por su hermanastro Absalón (2 Sam.13:28-29). El rey Salomón, esposo de una princesa egipcia, que reinó sobre Israel durante cuarenta años (970-930 a.C.), fue un monarca iracundo, que ordenó la muerte de su hermanastro Adonías, y lujurioso, con más de mil mujeres en su harén, que le indujeron a la idolatría (1 Re.11:1-13). El profeta Elías, preferido de Yahvéh, hizo degollar a casi medio millar de seguidores del dios Baal (1 Re.18:40). Por la maldición de otro profeta, Eliseo, dos osas descuartizaron a cuarenta y dos jóvenes que se habían burlado de su calvicie (2 Re.2:23-25). Para que no falte la casta sacerdotal, traeré finalmente el ejemplo del sacerdote Matatías, que degolló a un oficial extranjero en el mismo altar del sacrificio (1 Mac.2:24).

Como las citadas, casi todas las páginas del Antiguo Testamento están teñidas de sangre. Y no es de extrañar, tratándose de la historia de un pueblo que, desde la esclavitud de Egipto, hubo de irse abriendo camino hacia la libertad y la independencia política en un mundo hostil, contra todo tipo de adversidades y enemigos: cananeos, filisteos, hititas, amorreos, asirios, jebuseos y demás pueblos belicosos del Oriente medio. Estas circunstancias, unidas a la condición humana de los personajes, podrían  hacernos disimular acciones depravadas que son  compañía inseparable del asentamiento geográfico por la fuerza de la guerra. Pero es que la tan divinizada Biblia no es sólo la narración histórica de un pueblo nómada que compite con otros por la hegemonía y posesión de un territorio. Es algo más, completamente singular: la historia novelada de una colectividad que, para conseguir la unidad de tribus y caudillajes diversos, acude a la religión  ‘inventando’ un Dios antropomorfo de su exclusiva propiedad, que, sin nada que lo justifique, y con su propia voz,  sella un pacto de filiación con este pueblo de esclavos hebreos, al que se dirige como su ‘pueblo elegido’. Así, como enseña la historia, lo que al comienzo fue un grupo de mercenarios, alquilados al mejor postor en las fértiles tierras de Mesopotamia, y después unos hombres vencidos y tratados como esclavos por el faraón egipcio, llegaron a constituir, al cabo de algo más de un milenio, un pueblo cohesionado, servidor de un Dios único, Yahvéh, tan innombrable como inexistente, ‘imaginado’ y forjado, con todos sus atributos, más humanos que divinos, por los sucesivos redactores de la Biblia.

 

Porque estos dirigentes hebreos tuvieron el acierto, más que ningún otro pueblo, de dejar constancia por escrito de todo lo realizado a través de los siglos para conseguir la unidad del culto y el sentimiento patriótico del ‘pueblo elegido’ por Yahvéh. Este ‘supuesto’ Dios les dio normas de vida, estableció una casta sacerdotal, la tribu de Leví, para que perpetuamente le sirviera en los actos del culto y fue renovando el ‘pacto’ de protección, pese a las continuas infidelidades de los volubles israelitas. Prometió a Noé que no volvería a destruir el mundo con un nuevo diluvio (Ge.9:8-17). Bendijo al patriarca Abraham y a su posteridad (Ge. 15:4-6). En el monte Sinaí, según un texto, y en el monte Horeb, según otro, entregó a Moisés las Tablas de la Ley, con los diez mandamientos (Ex.20:2-17 y De.5:6-21). Aseguró a los hijos de Israel su bendición si observaban sus mandamientos (De.14:13,23). A los levitas les anunció el sacerdocio perpetuo (Nu.25:12-13). Al rey David le prometió un trono eterno (Sal.89:20-30). Para mantener el privilegio de ‘pueblo elegido’, los israelitas debían vivir sin mezclarse con los demás pueblos, a fin de evitar la contaminación de la idolatría, el más grave pecado a los ojos de Yahvéh (Le.20:23) y las costumbres inmorales, que se presentan siempre como inseparables del culto a otra divinidad (Jos.23:7,12 y 1 Re.11:2). Pese a las transgresiones, Yahvéh se congratulaba  de poder contar en la Tierra con un ‘pueblo santo’ que le rindiera adoración (De.4:34 y 14:2).

Transmitidas estas ideas de padres a hijos, generación tras generación, a la vez que iban aumentando los ‘libros sagrados’, iba progresando el sentimiento de pueblo ‘aparte’, con un grado notable de xenofobia, robustecido cuando las victorias fueron sustituidas por las derrotas y la independencia por el sometimiento a la tiranía de otros pueblos. Fue entonces cuando los profetas anunciaron la aparición futura de un Mesías que, como rey de Israel, les devolvería la perdida grandeza de la monarquía davídica. Como garante de tal promesa, la ‘Palabra de Dios’, siempre dispuesta, en boca de los profetas, a alimentar la esperanza en la restauración del Reino. Eso sí, a cambio de la fidelidad más absoluta a los mandatos divinos, es decir, a la casta sacerdotal que los inventó. Lo que no tuvieron estos ‘inventores’ fue la originalidad necesaria para ‘fabricar’ un dios nuevo, distinto de los múltiples que adoraban sus vecinos idólatras. Un verdadero Ser Supremo, con los atributos de Infinitud, Eternidad y Omnipotencia que se pueden derivar fácilmente de su condición de Autor de todo lo creado, sin posibilidad, no sólo de hacer el Mal, sino de permitirlo, con una moral hecha a imagen y semejanza de sus mezquinas criaturas. A decir verdad, para el lector del Antiguo Testamento, la figura antropomórfica de Yahvéh no se diferencia gran cosa ni de los dioses ni de los soberanos mortales de su entorno.

 

Es una creación ingenuamente humana, puesta al servicio de un fin utilitario, como es la unidad nacional, por medios inconfesables y dictatoriales. Al fin y al cabo, los ejércitos alemanes, muy recientemente, manipularon también el nombre de Dios para justificar el baño de sangre de media Europa. Con un Dios único por bandera y el fanatismo creyente como arma de combate, el pueblo judío se asentó en Canáan, aborreció los cultos idólatras y fue creciendo con el sentimiento de ‘pueblo elegido’, sin querer percatarse de la condición ‘demasiado humana’ del dios que regía sus destinos y que, por último, los llevaría a la destrucción y a la diáspora.

II        

Lleno  de contradicciones, repeticiones, interpolaciones y ultracorrecciones, debido a las múltiples manos que en épocas tan alejadas y distintas entre sí pretendieron ir completando la ‘revelación’, el Antiguo Testamento es, desde un punto de vista literario, la epopeya novelada de los fundamentos históricos del pueblo de Israel. Mezcla de nimias normas legales, sabios consejos y órdenes criminales, del texto bíblico se pueden extraer los más opuestos juicios sobre las enseñanzas de Yahvéh, el Dios Único que impone su fe por el miedo, sin más propósito que hacer visible su poder frente a los dioses paganos y tener a todo un pueblo -no a toda la humanidad, como se ha querido demostrar interesadamente- a su exclusivo servicio. Veamos brevemente cómo es esa Suprema Divinidad dibujada en las páginas de la Biblia, según sus propios testimonios, que todos los exégetas quisieran hacer desaparecer de los textos, porque invalidan la teoría del Dios santo y bueno que nos predican desde la infancia. Por el contrario, con palabras de su propia boca, la figura resultante no es nada halagüeña. Ser tan vicioso y criminal es incompatible con la Infinita Bondad que se supone ha de ser la esencia de Dios. Por exigencia de esta Esencia, su Existencia ha de estar exenta de maldad. Precisamente la maldad y la inmoralidad con que nos lo presenta la misma Biblia. Así es Yahvéh, el Dios de los judíos, y posteriormente de los creyentes en Cristo:

CELOSO. El Yahvéh que se imaginan los patriarcas es un Dios obsesionado por ser el único en recibir la adoración de los suyos: “Quien ofrezca sacrificios a los dioses -excepción de solo Yahvéh- será anatema” (Ex.22:19). La orden es severa: “No invoquéis el nombre de dioses extraños” (Ex.23:13) y contundente: “No te prosternarás ante sus dioses ni los servirás...sino que los aniquilarás por completo”(Ex.23:24). Además, El mismo confiesa sin ambages su debilidad: “Yo, Yahvéh, tu Dios, soy ‘El celoso” (De.5:9). Y amenaza finalmente con el castigo: “No iréis en pos de otros dioses...no sea que la cólera de Yahvéh se encienda contra ti y te extermine sobre la faz de la tierra” (De.6:14-15). Este Yahvéh es un Dios que sufre de celos, sin tolerar desviaciones afectivas, que prohibe del modo más estricto las demás creencias e incluso el trato con los infieles. Si alguno te incita a la idolatría, ordena, “le lapidarás con piedras hasta que muera, porque ha tratado de apartarte de Yahvéh, tu Dios” (De.13:11). Porque, “ved cómo Yo soy el solo y único Dios, y cómo no hay otro fuera de Mi” (De.32:39). Muy inseguro debía estar de Sí mismo cuando insiste una y otra vez, con amenazas y órdenes asesinas, que, en vez de apoyar sus palabras, denuncian lo vicioso de su condición. En definitiva, estas “divinas palabras” lo único que ponen de manifiesto es una lucha sin cuartel en el Olimpo semítico durante los siglos de consolidación del Estado israelita. Un verdadero Dios no se rebajaría a tener celos de unas figurillas de barro, de piedra o incluso de oro, ni siquiera se sentiría ofendido por su mera existencia. Tampoco se atraería a los humanos por el temor o la promesa de conquistas terrenales. No hay más que una explicación para tanta insensatez: Yahvéh es pura invención de la casta sacerdotal o patriarcal, secundada por visionarios y profetas de escasa credibilidad, tanto hoy como ayer. Moisés, el caudillo asesino y prófugo, según la misma Biblia describe, se pone al frente de los miles de esclavos que buscan la libertad en la huída, y redacta las leyes que cree oportunas para mantenerlos a todos unidos en una misma idea patriótica y una misma religión monoteísta, prometiendo continuas victorias sobre sus vecinos, con la ayuda del Dios inventado. Pobre ayuda, puesto que hubieron de malvivir en el desierto durante cuarenta años, antes de pisar la tierra prometida. Como en la historia de cualquier pueblo, hubo derrotas y victorias hasta la consecución del objetivo final, pero la continua invocación a Yahvéh consiguió mantener mientras tanto el sentimiento racial y patriótico, bajo la cobertura de una espiritualidad ficticia, aunque a veces muy sincera en los corazones de los fieles hebreos.

 

CODICIOSO. No sólo de su gloria y de la exclusividad de su culto, sino también de los bienes materiales, en favor de la casta sacerdotal. Lo primero que hace Yahvéh, en el Exodo, es reclamar para sí las primicias de cada semilla, ya fuese humana: “Al primogénito de tus hijos me has de entregar” (Ex.22:28), animal o vegetal: “Un primogénito del ganado, que como primogénito pertenece a Yahvéh, nadie lo podrá consagrar” (Le.27:26); “Todo diezmo de la tierra, ya de las semillas de la tierra, ya de los frutos de los árboles, pertenece a Yahvéh” (Le.27-30). En definitiva, “nadie se presente ante Mi con las manos vacías” (Ex.23:15). La codicia de Yahvéh se impone como mandato religioso a todo judío: “No prestarás con interés a tu hermano, sí al extranjero” (De.23:20). El Dios de Israel abomina de los ídolos de oro, pero cuando dispone la decoración del Tabernáculo, ordena que se usen los más lujosos materiales, con preferencia el oro. De este metal precioso eran hasta los corchetes que unían las cortinas, los anillos y escarpias, varales y columnas, así como el interior y el exterior del Arca de la Alianza. Igualmente debían ser de oro el propiciatorio, el candelabro de los seis brazos, las siete lámparas y los dos querubines alados que protegían el Arca (Ex.36,38). A los sacerdotes o intermediarios, como eran imprescindibles para el culto, también les tocaba algo de tan lujoso aparato decorativo. Sus ornamentos eran de ricas telas, recubiertas de metales y piedras preciosas. La tiara destacaba, especialmente, por su ostentación: “Después hicieron la lámina de la diadema de santidad en oro puro, sobre la cual escribieron una inscripción a modo de grabado de sello: “Consagrado a Yahvéh” (Ex.39:1-43). La consagración específica de los sacerdotes se extendía metafóricamente a todo el pueblo judío, en cuanto ‘propiedad’ divina, como queda escrito en el segundo discurso de Moisés: “Porque tú eres un pueblo consagrado a Yahvéh, tu Dios; a ti te ha escogido Yahvéh, Dios tuyo, para que vengas a ser para El, pueblo de su personal propiedad entre todos los pueblos que existen sobre la haz del suelo” (De.7:6). ¿Cómo se puede deducir de tan claras palabras la paternidad de Yahvéh sobre todos los mortales, la universalidad de la Iglesia que en El cree? La codicia de un Ser Todopoderoso, que se basta a Sí mismo, no se entiende sin la explicación de la argucia nacionalista de sacerdotes, patriarcas y profetas, ‘inventando’ un Dios que sirviera de unidad a su pueblo con el manifiesto engaño de la ‘elección’ privilegiada. Codicia que también defendieron para sí los propios dirigentes sacerdotales que, mediante impuestos injustos (como los del rey Salomón) lograron llenar sus bolsillos, con la excusa de la grandeza del Templo y del culto a Yahvéh. Incluso durante la monarquía, los israelitas fueron gobernados en realidad por el Sumo Sacerdote, máximo representante de un régimen de teocracia absoluta, como se comprueba simplemente leyendo un libro bíblico, el Levítico.  

FALIBLE. Si hay, en cualquier concepto que se tenga de la divinidad, algún atributo que le sea más propio, después del “ser per se”, es, indudablemente, el de la omnipotencia, que arrastra consigo el de la sabiduría infinita y, por ende, la imposibilidad de equivocación. De aquí la insistencia de los teólogos en la inerrancia de la Biblia, como palabra revelada por Dios, que “no puede equivocarse ni equivocarnos”. No obstante, como se puede constatar fácilmente, el Antiguo Testamento está plagado de errores y equivocaciones, siendo algunas de las más llamativas meros tropiezos del mismo Yahvéh, que varias veces confiesa arrepentirse de lo que ha hecho en el trato con sus criaturas. La primera puede leerse en el Génesis: “Viendo Yahvéh que era mucha la malicia del hombre en la tierra...dijo: Borraré de sobre la haz del suelo al hombre que creé, desde los hombres a las bestias, los reptiles y las aves del cielo inclusive, pues estoy arrepentido de haberlos hecho” (Ge.6:5-7) ¿Es que el Dios de Israel ignoraba, en el momento de la creación, que sus criaturas no iban a responder a sus expectativas de bondad y obediencia? Si era realmente Dios, lo era no sólo en el presente sino también en el pasado y en el futuro, la misma cosa para el Ser eterno. Por otra parte, ¿qué culpa tenían los animales de la “malicia” del hombre? En otra solemne ocasión, “Yahvéh se arrepintió de haber constituido a Saúl Rey de Israel” (1 Sam.15:35). Del mismo modo se arrepintió de haber consentido una plaga de langosta: “Yahvéh se arrepintió de esto. No será, dijo Yahvéh” (Am.7:3). Pero tampoco supo prever las consecuencias de la peste que, como castigo, había enviado a su pueblo, en la que murieron setenta mil hombres: “Yahvéh se arrepintió de la desgracia” (2 Sam.24:16). A tal punto había llegado la infidelidad de los israelitas que la paciencia divina llegó al límite, manifestando: “Estoy cansado de compadecerme” (Jer.15:6) ¿Es que puede suponerse “cansancio” en Dios? Y en otra ocasión, finalmente, su arrepentimiento alcanza nada menos que a sus propios propósitos no cumplidos: “Si esa nación contra la cual había Yo hablado se convierte de su maldad, Yo me arrepiento del mal que había pensado hacerle” (Jer.18:8) ¿Cabe mayor disparate en un Ser omnisciente e invariable en su eterna voluntad? Este Dios ‘inventado’ de la Biblia se equivoca, tropieza y se arrepiente de sus actos, y aun de sus pensamientos, como cualquier mortal. No puede darse más lastimoso modelo de divinidad imaginada, torpe y falible, pequeña en su grandeza milagrera y grande en su pequeña mezquindad, como sus propios ‘creadores’. 

CRUEL Y VENGATIVO. Quizás sea la crueldad el atributo de Yahvéh que se puede comprobar con más facilidad en las páginas del Antiguo Testamento, donde el Dios de Israel se muestra bastante peor que su pueblo. Para El, la vida humana carece de valor en sí misma. No reconoce la igualdad de todos los nacidos, ni el derecho universal a la salvación. La liberación de ‘su’ pueblo, después de cuatrocientos treinta años de esclavitud, fue precedida por la matanza muy calculada y fríamente llevada a la práctica de todos los primogénitos de la tierra egipcia (Ex. 12: 12-13). La ley por El impuesta obligaba a la destrucción de todo lo extranjero, ajeno al ’pueblo elegido’ y, por lo mismo, idólatra: “Debéis destruir por completo todos los lugares donde han dado culto a sus dioses las naciones que vais a desposeer” (De.12:2). El Dios de Bondad para los cristianos resulta ser el legislador que introduce la pena de muerte en el código mosaico: “El hombre que hiera mortalmente a cualquier persona humana, será muerto sin remisión” (Le.24:17). Asimismo, la lapidación hasta la muerte está ordenada en varios casos de mala conducta: a la mujer que no llegare virgen al matrimonio (De.22:2), a los adúlteros (De.22:22), a los violadores (De.22:25), a los hijos desobedientes y libertinos (De.21:21), a los que cometieren pecado de bestialidad (Ex.22:18), a los adivinos (Le.20:27) y hechiceras (Ex.22:17), a quienes hicieran el acto sexual durante la menstruación (Le.20:18) y genéricamente, al incircunciso (Ge.17:14). Finalmente, la venganza se convierte en la primera ley de la convivencia social: “No tendrás consideración: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie” (De.19:21). En estas y otras múltiples ocasiones el Dios de Amor somete a su pueblo por el miedo: “Si camináis según mis leyes...estableceré mi Alianza con vosotros...Pero si no, os impondré como castigo el terror con la consunción...Comeréis la carne de vuestros hijos...y mi alma os aborrecerá” (Le.26:1-45). Aparte de la sevicia que ponen de manifiesto tales ‘divinas palabras’, resulta inexplicable oir a Dios hablar de su propia ‘alma’. Lo que parece evidente es que Yahvéh pretende conseguir la obediencia por el temor que inspira su Palabra: “Les haré oir mis palabras para que aprendan a temerme cuantos días vivan sobre el suelo y las enseñen a sus hijos” (De.4-10). Por lo demás, sus prohibiciones son muy concretas, basadas en el miedo que inspira el secreto y la autoridad interpuesta. Por ejemplo, prohíbe, so pena de muerte, tocar la montaña del Sinaí (Ex.19:19), la profanación del sábado (Ex.31:14), del Tabernáculo (Nu.1:51) o del propio nombre de Yahvéh (Nu.15:30). También la muerte será el castigo para “el hombre que procediere con altanería, sin atender al sacerdote establecido allí para servir a Yahvéh, tu Dios” (De.17:12). La posible misericordia divina desaparece, especialmente, ante la idolatría. Así, a la tribu de Leví, la única que le había permanecido fiel, le ordena sin contemplaciones: “Pasad y repasad por el campamento de puerta en puerta, y matad cada uno al propio hermano, al propio compañero, al propio pariente” (Ex.32:27). Según el documento bíblico, en esta ocasión murieron tres mil hebreos. Pero cuando murmuraron contra Moisés y Aarón, la muerte llegó para unos quince mil de los ‘elegidos’ (Nu.17:6-15). ¡Curiosa manera de mostrar la predilección! Pero la ira de Yahvéh llega a destruir ciudades enteras, como Sodoma y Gomorra, y aun a casi toda la humanidad creada, por medio del diluvio. Su crueldad, testimoniada en su cólera, aparece confundida con la justicia: “Adonai está a tu derecha: machaca a los reyes el día de su cólera, hace justicia a las naciones, amontona cadáveres, machaca las cabezas sobre un inmenso territorio” (Sal.110:5-6). No caben, ante tales palabras, interpretaciones alegóricas o simbólicas. Todo responde a una realidad histórica bien comprobada, en la que el ‘Pueblo de Dios’ con un nacionalismo enfervorecido por la ‘palabra santa’, asoló la mayor parte de Canaán, la tierra ‘prometida’ por Yahvéh (en realidad por los imaginativos patriarcas). Fue una ‘guerra santa’, en la que no cabían blanduras ni componendas, sino el puro exterminio del enemigo, por orden expresa de Yahvéh, el Dios cruel y vengativo. (De.20:10:18). Venganza extremada e injusta, ya que proclama, sin avergonzarse de su más injusta sentencia: “Castigo la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación” (De.5:9). Si llega a maldecir por sus pecados a un ‘elegido’, le pronostica: “Loco te volverás ante el espectáculo que tus ojos han de contemplar” (De. 28:15-35).  Y si se trata de enemigos, como los filisteos, clama en voz alta: “Ejecutaré en ellos grandes actos de venganza...y sabrán que Yo soy Yahvéh, al llevar Yo a efecto mi venganza en ellos” (Ez.25:17). Sobran los testimonios. ¡Cuántas criaturas humanas han dado muestras de una condición mucho más virtuosa que la de su propio Creador! El Dios bíblico, sanguinario y cruel, no merece la adoración de sus fieles. Tal Dios carece, por supuesto, de Bondad, pero hay que negarle, sobre todo, la misma Existencia real, admitiendo sólo la ‘imaginada’, es decir, fabricada ‘a imagen y semejanza’ de su ‘creador’, el hombre. Es absolutamente imposible que exista un Creador omnipotente, bueno y amoroso con tales atributos de maldad. Lo uno excluye lo otro.

 

III

Si, como decía Lutero, “quien quiera ser cristiano debe arrancarle los ojos a la razón”, no cabe duda de que la autoridad del Antiguo Testamento queda invalidada cuando se abren bien los ojos de la razón. La ‘Palabra de Dios’ que se predica en el culto cristiano, y por supuesto en el judío, no tiene nada que ver con esta otra que acabo de citar, cuya veracidad queda testimoniada documentalmente, pero que las sinagogas y las iglesias cristianas tienen a bien ocultar a sus fieles. La coherencia no es la virtud de los exégetas. Por eso no es de extrañar que un doctor en Sagrada Escritura haya escrito no hace mucho cosas como estas: “El Antiguo Testamento no debe ser norma absoluta de conducta para el cristiano, ni tampoco motivo de escándalo” o que “si existe algo evidente en la historia de Israel es la certeza de que Dios ama a su pueblo” (Conceptos fundamentales del cristianismo, Trotta,1993,34 y 37). ¿Puede aceptarse tal inconsecuencia, sobre todo, si se conoce a fondo la Escritura? La exégesis bíblica de todos los tiempos, comenzando por los Santos Padres, no es más que una secuencia de actos voluntaristas que intentan escamotear la verdad, ocultando cuanto pueda dañar la imagen prefabricada de un Yahvéh inexistente.

 

Ni exégesis ni hermenéutica. Ni biblistas ni teólogos. Nadie necesita intermediarios para leer un libro, por muy ‘revelado’ que sea. Lo que la lectura de la Biblia está pidiendo a gritos a todo ser humano digno de tal nombre es una gran dosis de sentido común y de racionalidad, tanto si se  los considera libros históricos, como si se los lee como obras literarias o simbólicas. Ni una interpretación psicoanalítica de la Biblia,como la de los judíos argentinos Daniel Schoffer y Elina Wechsler (La metáfora milenaria, Paidós, 1993) ni la sensacional propuesta de Harold Bloom, insinuando que la parte más antigua del Antiguo Testamento fue escrita por una mujer (El libro de J, Interzona, 1995), pueden distraernos de nuestra sustancial conclusión: Para ser ateo no es preciso ser marxista. Basta tener un juicio medianamente crítico y libertad de pensamiento. La verdad es incompatible con la mentira.

Me detengo un momento en mis reflexiones y vuelvo a leer lo escrito, comprendiendo que mi pasión por la Verdad ha ahogado muchos sueños de infancia. Pero me siento en paz conmigo mismo. Ni he mentido ni pretendo engañar a ningún incauto. Me limito a exponer, sin prejuicios, lo que he podido encontrar en el Antiguo Testamento que hiera frontalmente mis sentimientos o mis principios éticos, sin distorsiones, ni sacando las frases fuera de contexto. Todas las citas, ‘Palabra de Dios’ para los teólogos, están tomadas literalmente de la más actualizada edición castellana de la Biblia. De ellas deduzco una divinidad celosa, codiciosa, falible y cruel. Y me pregunto, sorprendido: ¿Cómo es posible que tales palabras hayan sido escamoteadas durante más de veinte siglos a la casi totalidad de los creyentes de tres religiones? Todavía más: ¿Cómo ha podido crecer la espiritualidad con el alimento envenenado de la mentira religiosa? Yo mismo, ¿cómo he podido vivir engañado tantos años? ¿Y mis amigos? ¿Y mis seres más queridos? ¿Cómo las diferentes confesiones religiosas han podido embaucar a tantos durante tanto tiempo? No soy agresivo ni beligerante. A nadie quiero apartar de sus fuentes de felicidad, aunque considere que son engañosas. Pero no tengo más remedio que proclamar la verdad que se ha abierto camino en mis razonamientos, sin tapujos de falso pudor: Yahvéh, el Dios de la Biblia, el Dios de los judíos, cristianos y musulmanes, tal como aparece dibujado en el Antiguo Testamento, es una falsedad manifiesta, un ente de ficción, inventado hace treinta y tantos siglos. A mi razón no le satisfacen las interpretaciones que magnifican unas palabras, en detrimento de las más comprometidas, aunque sea con la excusa de una lectura ’simbólica’ o ‘alegórica’. Además, según la cronología y la arqueología, muchos de los sucesos narrados en la Biblia, en los que el Dios bíblico habría participado, “simplemente no existieron, salvo quizá en la imaginación de sus autores” (R.L. Fox, La versión no autorizada. Verdad y ficción en la Biblia, Planeta, 1992). El futuro será de la ciencia, con sus espectaculares descubrimientos astronómicos o biológicos, realizados sin necesidad de ninguna ‘divina revelación’. El Misterio quedará desvelado, a la medida del hombre, sin fraudulentas ‘verdades’ impuestas por ninguna religión.

 

Para los cristianos, la Biblia se prolonga con los libros del Nuevo Testamento, cuyos primeros textos se redactan unos veinte años después de la muerte en Jerusalén de Jesús de Nazareth, que, perteneciendo por derecho propio al ‘pueblo elegido’, es aceptado y aplaudido por algunos de los judíos de su época como el Mesías prometido a Israel en el Antiguo Testamento. Mesías que fue anunciado por los profetas como “el gran libertador del pueblo” (Jer.23:5), que “establecerá para siempre el trono y reino de David” (Is.9:5). Es decir, la comunidad cristiana fue, en sus comienzos, una rama o secta desgajada del judaismo (J. Monserrat Torrents, La sinagoga cristiana. El gran conflicto religioso del siglo I  .Muchnick Edtores, 1989). Es Pablo de Tarso, que comienza a escribir sus famosas Cartas varios años antes del primer Evangelio, quien pone los cimientos de la nueva doctrina: Jesús de Nazaret no es solo el rey -fracasado- del pueblo judío. Presentando su vida y su enseñanza de una forma alegórica, Pablo extiende la idea de que “su reino” no es de este mundo, ya que, siendo Hijo de Jahvéh, se encarnó como hombre para redimir de sus culpas a toda la humanidad, no solamente al pueblo de Israel. Ampliaba así, consciente y fraudulentamente la noción exclusivista de ‘pueblo elegido’, escribiendo a los gentiles: “Si vosotros sois de Cristo, ciertamente sois linaje de Abraham y herederos según la promesa” (Gá.3:29). Se había consumado la gran mixtificación: la palabra de Jesús también era ‘Palabra de Dios’. Y para predicarla y extenderla por todos los confines era necesario sustituir la teocracia judía por otra organización universal de sacerdotes, intermediarios ante la Divinidad. Pero si Yahvéh era una invención fantástica del Antiguo Testamento, el Jesús divinizado era tan irreal como aquél. Su atrayente humanidad ha conmovido durante veinte siglos a los creyentes, que, embaucados por una ética sentimental, no han sabido captar el mensaje desengañado que transmiten los doloridos ojos del crucificado.

Ni siquiera la interpretación midráshica del obispo episcopaliano J. Shelby Spong  (La resurrección ¿mito o realidad? Martínez Roca, 1996) permite salvar la ‘realidad’ objetiva de la Biblia, mejor del Nuevo Testamento, donde se acumulan falsedades y errores, la mayor parte de las veces intencionados, con tal de ‘ajustar’ la vida de Jesús a las profecías bíblicas. Estas son sus palabras: “Hemos analizado los propios textos bíblicos, y han demostrado ser poco fiables, si lo que andamos buscando son hechos objetivos”. Pero, “hemos buscado y encontrado una nueva lente, la lente del midrash, con la que leer nuestros relatos sagrados”. Completa el teólogo protestante aclarándonos que “el midrash era mitología vinculada  a tradiciones religiosas y temas universales”. Es decir, la Biblia no es propiamente historia real, sino relación novelada basada en tradiciones religiosas del pueblo hebreo. La  construcción de la nueva doctrina religiosa de salvación, estructurada en dogmas inamovibles, es obra de una Iglesia nada ‘divina’ que, reunida en sucesivos Concilios y asambleas, ha venido anatematizando durante veinte siglos a quienes predicaban algo distinto a sus inventadas creencias. La historia de la Iglesia de Roma se puede reducir a las historia de las herejías que ha condenado. Todo comenzó cuando Pablo de Tarso, un judío epiléptico que no conoció al Jesús de Nazareth histórico, lo divinizó, proclamándolo el Redentor de la Humanidad, algo ajeno a la Biblia del ‘pueblo elegido’ (Robert Ambelain, El hombre que creó a Jesucristo, Martínez Roca, 1985).

 

La doctrina paulina se construyó con materiales del Antiguo Testamento, que defendía una religión monoteísta, frente al politeísmo existente, lo mismo que el mundo greco-romano en el que hubo de crecer y desarrollarse el nuevo cristianismo. Pero el hecho de reducir el panteón pagano a un solo dios no es garantía de veracidad. De un lado, porque el dios del Antiguo está trufado de maldades sin cuento, similares a los dioses paganos pero incompatibles con la santidad que se presumía para la nueva religión. El Nuevo, por su parte, aunque avanza en la moralidad de sus preceptos, no está exento de errrores y contradicciones, además de aceptar como patrimonio doctrinal los libros bíblicos del pueblo judío. (No podía ser de otro modo, si todos ellos eran judíos y no pretendían suplantar sino perfeccionar la religión de Israel). El mensaje de Jesús de Nazareth quedó, en los siglos posteriores a su muerte, contaminado por el ‘pecado original’ de los Padres conciliares de Nicea (325 d.C.), quienes decidieron mutilar de forma implacable los textos que hacían referencia a la vida y la obra de Jesús, ‘canonizando’ como los únicos ‘revelados’ a los tres evangelios sinópticos y al cuarto, de Juan, excluyendo otros sesenta relatos que no ‘casaban’ con los otros cuatro. Quedaron así, fuera del canon neotestamentario los llamados ‘apócrifos’, que hoy día, por fortuna, podemos consultar (Aurelio de Santos Otero, Los evangelios apócrifos, BAC, 1956), aunque siguen siendo considerados ‘heterodoxos’, dignos de estudio pero no de creencia, y en cierto modo heréticos, como los textos ‘gnósticos’ (Elain Pagels, Los evangelios gnósticos, Crítica, 1982).

Por más que se esfuercen los teólogos católicos, mientras supediten su recto juicio a su fe, nunca podrán dar una interpretación creíble de los textos bíblicos como doctrina de salvación. Ni siquiera el Nuevo Testamento, con sus emotivas páginas de amor y misericordia, puede ser más que un testimonio de fe que hace aguas por todas partes en cuanto se intenta estudiarlo desde un punto de vista histórico o científico. Si enorme es su interés cultural y sociológico, su interés religioso sólo tendrá validez íntima para los ya convencidos por la autosugestión de la fe. Para un científico, como afirma Antonio Piñero en su sintética Breve introducción al estudio del Nuevo Testamento (Ediciones Clásicas, 1994), “el NT redactado originalmente en lengua griega, forma parte del acervo de la literatura griega antigua, y puede y debe ser estudiado como una parte de ella”. Desde luego, de sus páginas nadie podrá deducir, mediante exégesis racional, una posible o probable ‘revelación’ de ninguna divinidad. Por eso naufragan en su empeño de hacer creíble el contenido ‘sagrado’ de la Biblia los más distinguidos teólogos de nuestros días, aun cuando se apoyen mutuamente en el loable intento   (Conceptos fundamentales del cristianismo, Trotta, 1993). Sus esfuerzos son tanto más patéticos cuanto más inútiles y bien intencionados.

 

Ya no es suficiente el anticlericalismo de nuestros antepasados para denunciar la falsedad de la religión cristiana, como ha ido mostrando de forma ejemplar el historiador alemán Karlheinz Deschner en su obra, todavía inacabada en castellano Historia criminal del cristianismo (Martínez Roca, nueve volúmenes publicados desde 1990). Es preciso ir más allá, olvidarse de los eclesiásticos y de su interesado magisterio moral, para proclamar a los cuatro vientos que los fundamentos doctrinales de la religión -de cualquiera religión- no se sostienen en pie a la luz de la razón. Desde Hobbes, Spinoza y la más crítica Ilustración europea, hay que estar libre de todo prejuicio teológico para enfocar el tema religioso. Aunque las nuevas tendencias de la exposición teológica se preocupen más de la Biblia como texto literario, lo único que se consigue es soslayar el problema. Una mente libre de prejuicios ha de aceptar “la crítica radical que niega toda pretensión de verdad a la religión, a sus dioses y a los conceptos metafísicos en los que se apoya” (Gonzalo Puente Ojea, Ateísmo y religiosidad, Siglo XXI, 1997, p.183).

Francisco Aguilar Piñal

fap1931@telefonica.net

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Colaboración nº. 27.  Enero 2003

Jesús y su complicado mensaje

 Autor: Antonio Rodríguez
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A lo largo de los siglos, el interés del Xionismo por dar a conocer el supuesto mensaje de Jesús, ha provocado que este no sólo sea deformado y viciado hasta el punto de no coincidir con su interés inicial, si no que además ha sido cambiado por completo.

¿Unicidad Bíblica?

Como es bien sabido por todos, la Biblia, se compone de dos partes: al Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. La palabra "testamento" significa "alianza", es decir, el Antiguo Testamento es la Alianza del pueblo de Israel con Yahvé, mientras que el Nuevo Testamento representa la Nueva Alianza sellada por Jesucristo. La unidad de la Biblia se encuentra en que ambos testamentos son considerados como la transcripción de la palabra divina de Dios, donde queda plasmado sus exigencias así como sus promesas. Pero esta unión es completamente contraria de lo que se pretende, pues como veremos, Jesús sólo quiso erradicar, de una vez por todas, ese mensaje de odio irracional escrito en las "leyes sagradas" y que configuran, el sobradamente conocido, AT.

Encuentro completamente natural que el cristiano haya querido incorporar las enseñanzas del AT a su doctrina para defender la unicidad de ambos –tanto el Nuevo como el Antiguo-. También es bueno recordar que tanto sus seguidores como el propio Jesús eran judíos y se educaron en las enseñanzas tradicionales de su época.

Hace ya algunos años venimos escuchando que Jesús, más que el hijo de Dios, era realmente un revolucionario e inconformista; luchador de sus ideales. Quien haya decidido aceptar este hecho debería preguntarse qué fue aquello contra lo que se reveló Jesús. Pues sencillamente, sólo pudo hacerlo contra aquello que conocía y le rodeaba, contra aquella opresora religión que subordinaba al individuo frente a un Dios capaz de asustar a las masas con castigos y grandes males para ellos y su descendencia; aquel Dios que le castigaría si no le era sumiso; un Dios cruel y sanguinario, celoso y colérico, es decir, contra el Antiguo Testamento y todo el sistema de valores que ello representaba. Lo único que pretendió (a mi modo de ver) fue revelarse contra esa farsa religiosa que imperaba en la mente fanática de su sociedad. "Dios y yo somos uno", dijo. ¿Acaso no es lo mismo que decir "yo soy mi propio Dios"?. ¿No se podría considerar, si no lo es, una máxima racionalista. ?. Realmente lo que está haciendo es poner su ego y libertad como individuo por encima de las leyes escritas del dios/dioses existentes en su sociedad. Encontrar su camino a través de sí mismo al margen de las doctrinas divinas; repudiar una ley que falsamente se dictó como "Verdad Revelada" con el propósito de santificar la mediocridad y ennoblecer la idiocia de las gentes. Veo en esta frase un intento de desterrar de una vez por todas la idea de un ser creador con un gran interés por ser adorado. Hasta Dios debe tener un gran ego, de lo contrario por qué si no tanto empeño en su adoración-adulación: "Dios es grande; Dios es bueno, Dios es misericordioso, bla, bla, bla..." DIOS ES UN ASESINO. Todo intento de santificar sus horribles acciones proviene de mentes fanáticas, pero bueno esto ya es otra historia.

Después de dos mil años –dos mil años de interpretación- me da la sensación de que el mensaje original que trató de difundir no debe ser ni por casualidad el mismo. De cualquier manera las verdaderas intenciones de este controvertido personaje nunca se conocerán. Serán, como mucho, meras interpretaciones personales de aquello que cada uno necesite ver. Yo mismamente lo interpreté de este modo, aunque también es cierto, y debo reconocer que a veces me asalta la duda de sí realmente este señor existió o sólo fue una invención más de aquellos que intentaron hacer pasar su imberbe sapiencia por una Gran Verdad Divina (véase la diferencia).

 

La Biblia: Ese libro que se supone es la "Verdad Revelada", pero que se sabe que es racionalmente mentira.

 

Antonio. R.B

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Colaboración nº. 26.  Enero 2003

María: la construcción de un invento

 Autor: Ramón Cánovas
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Recientemente en España se ha publicado -octubre-02- un libro con el título: "La Virgen María: Biografía no autorizada" de Michael Jordan, Ediciones BSA. De las diferentes exposiciones que hace, dos cosas me llaman la atención:

 

1)- La cantidad de Marías que aparecen en el NT, hasta siete, todas con la coletilla "de": María de "Magdala, de Betania. Cuando los textos hablan de la Virgen, lo hacen con el termino de "Madre", y cuando hay dialogo con el de "Mujer": Mujer he ahí a tu hijo; Mujer aún no ha llegado mi hora. Si lo comparamos con el resto de textos de la Biblia, en la Palestina de la época de Jesús, se puede decir que hubo una explosión de Marías.

 

2)- Posibilidad de que se tratase de un nombre colectivo. El autor apunta que posiblemente, María fuese un nombre colectivo que se le daba a una condición común a todas ellas. Por el parecido que tiene con la pronunciación de "Mara", el agua amarga que en la ley mosaica se le hace beber a la mujer cuando hay razonables sospechas de infidelidad, "Marías" podrían ser, las que han pasado por la prueba del "Mara". Luego pasar la prueba del Mara, iba vinculado a la sospecha de infidelidad-prostitución. En el Antiguo Testamento se cuenta la historia de Judá y Tamar. Y cuando le dicen a Judá que su nuera Tamar se ha prostituido, éste ordena sacarla para quemarla públicamente (Génesis 38,24). En Levítico 21,9 la ley mosaica ordena que si la hija de un sacerdote se hace prostituta, será quemada viva. Hay un documento del primitivo cristianismo tardío, que se le conoce con el nombre de Pseudo Melitón, en el que se narra la muerte de María y como se presentaron en el lugar los judíos (fariseos) con intención de quemar su cuerpo. Parece ser que encaja, los judíos con este acto que se vincula con la ley mosaica, querrían dejar claro que aquella mujer había practicado la prostitución. Y hay un dato más, en el evangelio de Juan, en 8,41 Jesús discute con los fariseos acerca de su procedencia y vinculación con el dios padre, y éstos le dicen: Pero nosotros no hemos nacido de fornicación.  Parece que no tiene sentido esta afirmación sino fuera porque se queda corta y en realidad están haciendo una acusación indirecta: "Pero tú sí".

 

 Me resulta sorprendente como es posible hacer de una figura que históricamente en las propias fuentes (Evangelios Canónicos y Hechos de los Apóstoles) apenas es nadie, en el segundo personaje en importancia del catolicismo. María no aporta nada al primitivo cristianismo y su presencia en contadas apariciones, es abrumadamente testimonial. La poca importancia que el personaje tiene en el siglo I d C se demuestra con sus escasas y contradictorias apariciones en las fuentes cristianas fuera del periodo de la infancia de Jesús. Y para más abundancia la narración de este periodo, es considerado como uno de los menos históricos. Pues de los cuatro evangelistas, Lucas y Mateo son los que narran la infancia del maestro y todo él, se considera una leyenda por la cantidad de inexactitudes que contienen: Genealogías falsas y no coincidentes, censo desconocido en el ámbito indicado, nacimiento en Belén, la estrella, la visita de los magos. La narración del nacimiento entra dentro de las costumbres tradicionales-literarias antiguas en las que la llegada de un personaje que se pretende importante, se le rodea de una serie de hechos sorprendentes y milagrosos, que tienen que ver más con el simbolismo que con la realidad que se pretende.  

 

Entrados ya en la vida pública de Jesús, según los textos, el predicador y su familia, por lo menos al principio, no eran coincidentes; pues Juan dice: que ni sus hermanos creían en él; y el resto de los evangelistas, que su familia le tenía por loco. Además está el famoso texto donde Jesús se niega a salir al encuentro de su madre y sus hermanos diciendo: mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de dios. De los cuatro evangelistas sólo Juan coloca a María al pie de la cruz junto con otras mujeres; y en los Hechos de los Apóstoles, sólo se le menciona una vez para decir, que los apóstoles, las mujeres, María y sus hermanos (de Jesús) se reunían después de la ascensión para hacer oración. Es sintomático que después de la resurrección, el maestro no se aparezca a su madre y en la aparición a Magdalena, éste se despida diciendo: dile a mis hermanos que me voy con el padre. Lo lógico de todo hijo medianamente cariñoso, es que dijese: dile a mi madre y a mis hermanos. Se supone que el padre, José, hacía tiempo que habría muerto.

 

 El hecho de que los evangelistas sean tan rácanos con María puede significar, que la familia de Jesús no tuviese muchas simpatías en la primitiva comunidad, o que no las tuviesen con los autores de los textos. Pues unas de las tareas que éstos  se autoimponen, es modificar, empequeñecer y ocultar, en la medida de sus posibilidades, la parte social del personaje. (Mi reino no es de este mundo). Después de tantas generaciones anunciando la llegada del Mesías, (elegido por dios para rey) ahora resulta que su reino no es de este mundo. Aunque los testigos de Jehová bien se encargan de recalcar que el Reino de los Cielos se realizará en la Tierra. También sabemos por Flavio Josefo, que un hermano carnal de Jesús, Santiago (Jacobo) fue uno de los principales en la comunidad de Jerusalén a la muerte del maestro. Con la intervención de Santiago se cerró el concilio de Jerusalén y el propio Pablo en Gálatas, le menciona como una columna de la iglesia. Y en la misma epístola se encarga de recalcar, que es un hermano carnal del señor (Gálatas 1,18). Está claro que la aseveración de Pablo, se hace para aclarar de qué Santiago se está hablando. Contando que había estado en Jerusalén con Pedro quince días, dice textualmente: Y no vi a ningún otro apóstol fuera de Santiago, el hermano del señor. Aclara que Santiago es, y aunque en tiempos de Jesús ninguno de sus hermanos aparece en las listas de los apóstoles, desaparecido éste, Santiago el hermano del señor, es considerado uno más, como los apóstoles y cabeza principal de la comunidad en Jerusalén.

 

Todo esto puede indicarnos, que en los primeros pasos de Jesús, éste quizás no contaba con las simpatías de su madre y de sus hermanos; y que cuando se escriben los textos entre el 40 y el 120 d.n.e. María es muy poco tenida en cuenta. Ya fuera porque la familia de Jesús no cayera bien a una parte de la secta (comunidad dividida en bloques) o porque verdaderamente la madre se desentendiera de los problemas de su hijo. Es sintomático que la muerte de Esteban por lapidación en los Hechos de los Apóstoles, se describa con profusión y la de Santiago, el hermano del señor, también por lapidación y después de un proceso del Sanedrín por convocatoria de Anás (como Jesús) ni se menciona. Los Hechos de los Apóstoles se centran en demasía en Pablo. Precisamente un apóstol que no conoció al predicador y que fue quien más se implicó en transformar a la secta nacionalista-social-judía, en universalista e interclasista. Posiblemente, la familia de Jesús con Santiago a la cabeza, serían contrarios a las ideas que preconizaba Pablo. Estas eran, eliminar todo rasgo de critica socioeconómica, hacerla universal e irse acomodando como instrumento de dominación al servicio de un imperialismo temporal y terrenal (el Imperio Romano). De perseguidos pasar a perseguidores como así sucedió.      

 

Siguiendo con la figura de María, el hecho principal es que sin ninguna base histórica, la iglesia Católica inventa una aureola, la eleva a las alturas y la convierte en la segunda figura en importancia del catolicismo. Si la primera ya es una mentira (convertir a Jesús en Cristo) la segunda es aún más gorda, y es convertir a una madre que pasaba por allí, en la madre del dios creador e intercesora ante él por las calamidades de los hombres.

 

El triunfo de la Virgen María, en detrimento de la madre histórica,  es el triunfo de la mentira, como la forma clásica que el poder tiene de construir las verdades. Esta adaptación no se construye de la noche a la mañana, sino que les ha costado siglos en ir moldeándola hasta presentarla como és en la actualidad. En los primeros tiempos del cristianismo como hemos visto, María no tiene ninguna importancia; como no lo han tenido las madres de tantos personajes que han influido en la humanidad.

 

Es a partir de convertirse en la religión oficial del estado del Imperio Romano (siglo IV) cuando María y su leyenda empieza a desarrollarse. En la tarea de sustituir al paganismo por el cristianismo, igual que los templos dedicados a dioses paganos se fueron convirtiendo en templos del Cristo-Sol-Invicto, y como el paganismo también tenía diosas femeninas, como Isis, importada de Egipto, y que se le representaba con un niño en brazos (Horus) esta imagen se fue sustituyendo por la de María con otro niño en brazos (Jesús). De esta forma se promovía una ruptura dentro de la continuidad. María es la variante de la diosa femenina egipcia Isis. En el Concilio de Efeso (431) se le declara Madre de Dios. Cualquier persona que ejercite mínimamente la razón podría preguntarse, ¿cómo un ser terrestre puede ser madre de un ente sin principio ni fin y creador del mundo? Esto entronca con los dogmas inexplicables a la razón, como el llamado Misterio de la Santísima Trinidad. Sin embargo, otras ramas del cristianismo al no tener a Jesús por dios, tampoco reconocen a María como madre de la divinidad, aunque sí como madre del Jesús histórico.

 

Otro de los inventos es proclamarle Siempre Virgen (Concilio de Calcedonia, 451) cuando hemos visto arriba que tanto los evangelios, los Hechos de los Apóstoles, como Flavio Josefo, mencionan a hermanos carnales de Jesús, se supone que nacidos de la misma madre. A los textos clásicos a los que se acude cuando se debate sobre los posibles hijos de María, ¿No es este el carpintero, el hijo de María y el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón, y sus hermanas no viven con nosotros?, está el pasaje de Lucas 2,7 aclarando que Jesús era el primogénito de María (primer hijo). Si María no tuvo mas que uno, no tiene sentido la frase aclaratoria, lo que significaría que María tuvo más hijos; lo que destruye toda posibilidad de virginidad perpetua. Aunque para los no creyentes está claro que ni virginidad perpetua ni virginidad parcial, en aquellos tiempos, es imposible la virginidad en una hembra que tiene descendencia. La iglesia en su defensa del dogma, se refugia en traducir la palabra hermano por pariente. A estas alturas, que la iglesia Católica acepte que María tuvo más hijos, les complica el invento de la Perpetua Virginidad y la idea de que María fue un ser concebido sin pecado original para el nacimiento de un dios. Por lo que no sería admisible que ésta pudiese tener relación carnal con un ser impuro. Pero todo esto no son más que inventos y elucubraciones de gentes que buscan apañar la realidad a sus retorcidos deseos.

 

Si la iglesia Católica guiada por el Espíritu Santo ha necesitado 1950 años para darse cuenta de que María fue ascendida en cuerpo y alma al cielo (Pio XII). Aún no es tarde para seguir inventándole nuevas adquisiciones. Este humilde servidor podría aportar una idea que puede no ser muy descabellada. Por ejemplo, podrían inventar el dogma de que María ya coexistía desde el principio en el Padre Creador formando parte de una misma esencia desdoblada. El resultado es, que sería esposa e inspiradora del universo y madre  de dios (a través de Cristo) a la vez. Que nadie se extrañe porque disloques y elucubraciones parecidas se han ido construyendo con toda normalidad. Porque ya me dirán ustedes si no son elucubraciones, sacarse de la manga que todas las personas venimos al mundo con un pecado debajo del brazo. Eso sí, menos una (dios no juega a los dados pero es bastante caprichoso). Con la desdoblación de dios en femenino (hermafrodito) la jerarquía eclesiástica se pondría en consonancia con el auge de la mujer en el mundo. Dios padre ya no tendría una sola cara barbuda y masculina, sino que la otra cara de la misma moneda, sería la de un cutis delicado y femenino. La historia no ha terminado y podemos seguir inventando.

Ramón Cánovas

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Colaboración nº. 25.  Enero 2003

Dioses paganos: un poco de historia

 Autor: Antonio Rodríguez
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Entiéndase por paganos aquellas culturas politeístas que adoraban dioses que el cristianismo no aceptaba como tales o bien que los consideraba dioses menores; subordinados al que ellos creen por dios único.

El termino pagano, etimológicamente hablando, procede del latín "paganus" cuyo significado es el de campesino. Este término lo tomó el cristianismo para dar a entender que todo aquel que rendía culto a dioses distintos era debido a su ignorancia (campesino = persona inculta; un salvaje al que había que "iluminar" ) de ahí la connotación peyorativa de tal palabra que no fue otra que la que el cristianismo quiso darle.

Ante la dificultad de conseguir que estas culturas (aztecas,incas...) adoptasen esta nueva religión, se vieron obligados a robar mitos, simbología y demás a fin de conseguir sus propósitos (Nota: a esto se le debe añadir las torturas y asesinatos a todo aquel que se negaba a adoptar dicha farsa). De esta manera el cristianismo no tardó en convertirse en un simple plagio coktelero de otras religiones a las cuales consideraban como enemigas. Mitos tales como el asombroso nacimiento virginal de su dios, sus milagros en vida; su muerte y resurrección, así como su simbología fueron adoptados rápidamente como originales de su religión (obsérvese que el símbolo de la cruz no es mas que la cruz mutilada del dios egipcio Osiris - suprimieron la parte superior-). He aquí algunos dioses con vidas semejantes sino prácticamente iguales a la del Jesús-Cristo:

-Osiris, libertador del mundo al ser muerto por Seth, su hermano y representación del mal, resucitó y ascendió al cielo.

-Baco, también fue muerto y resucitado. Ausonius -una forma de Baco- era muerto en el equinoccio de primavera para resucitar tres días después. Iguales los casos de Adonis (el Atune etrusco o el Tammuz sirio), Dionisos, Atis, Krisna, etc. Ellos fueron muertos, descendidos al Reino Inferior y vueltos a la vida.

También las madres de los emperadores chinos Ching Nung y Siuen-Wu-Ti, la de Stanta (encarnación de Lug en Irlanda), la de Zoroastro, las de los faraones egipcios como Amenofis III, por citar algunos ejemplos, fueron anunciadas de concepciones milagrosas.


A continuación haré una breve descripción de algunos de estos dioses a los cuales el cristianismo en un acto de intolerancia demonizó y los subordinó por debajo del suyo además de los anteriormente mencionados. Doy paso a ello:

-MARDUK: Dios babilonio de las tormentas cuyo culto creció en importancia durante el reinado de la dinastía de los Hammurabi. estos lo elevaron a la categoría de creador del universo y lo llamaron Bel que significa señor. En la Biblia aparece también como Merodak.

-BAAL : Para los sirios era el dios del cielo y se encontraba estrechamente relacionado con el dios babilónico Bel Marduk. El culto a Baal llegaba hasta Egipto. Era una divinidad en estrecha relación con la naturaleza. Su morada solía ser el bosque. También se utilizaba el nombre de Baal como genérico para hacer referencia a diferentes dioses en Siria y Palestina, ya que Baal significa dios de su lugar. Algunos pueblos de Israel le siguieron rindiendo culto durante un largo periodo de tiempo. En el libro de los Jueces que los israelíes vuelven al culto de Baal que era una divinidad propia de los pueblos vecinos (Egipto). Otros nombres bajo los cuales se conoce a Baal son: Baal-Sefón (señor del norte) y Baal Zebub (señor de las moscas).

-BELCEBÚ o BEELZEBUB: Nombre que daban los fariseos al demonio. También se conocen otras tres acepciones que son Beelcebú, Beelzebul y Beezebul. Se cree que los israelíes escogieron este nombre por relacionarlo con el dios Baal-Zebub al que así denostaban identificándolo con el mal. A Cristo se le acusaba de implorar a Beelzebub para curar enfermos.
 
Antonio Rodríguez
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 Colaboración nº. 24.  Julio 2002

La Iglesia católica en el siglo XXI

 Autor: Ramón Cánovas
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El pasado día 9 de julio en el programa de TVE Los debates de la 2, se abordó el tema “La iglesia Católica en el siglo XXI”. Todos los invitados pertenecían a dicha creencia y desde la primera intervención, quedaron reflejadas las dos visiones que cohabitan en ella. Los que aceptan y defienden la actual situación tal y como está, y los que ponen casi todo en entredicho. Podríamos llamarles, el sector ortodoxo y el reformista. Las dos opciones están visiblemente polarizadas en torno a los distintos temas que se fueron debatiendo, como: la mujer y el sacerdocio, el celibato, la homosexualidad, la juventud (vocaciones religiosas), las clases bajas (globalización). Ante estos temas, los tradicionalistas defendían como correctas las posiciones de la jerarquía eclesiástica y los reformistas, que había que cambiarlo todo: posibilidad de que la mujer accediese al sacerdocio, que el celibato sacerdotal fuese opcional, aceptar la homosexualidad como algo natural, una iglesia más comprometida con los intereses de las clases bajas. Y también se posicionaron por la actual situación física del Papa. Los reformistas se decantaban por que la elección papal no debe de ser de por vida y ante una imposibilidad física como la que actualmente sufre el Pontífice, se produjese la dimisión y la elección de un nuevo Papa. Por el contrario los conservadores se inclinaban por la aceptación de los designios de dios.

 No salieron temas como el divorcio, el aborto, anticonceptivos y absolutamente nada, sobre la relación iglesia estado. El programa televisivo, “El debate de la 2” teóricamente es ambicioso, pero el tiempo de duración le hace inservible, algo que es muy fácil de arreglar si se quisiera.

 Esta división interna no radical de la iglesia católica, está representada históricamente por dos personajes: Jesús con connotaciones populares y radicalmente opuesto al poder-riqueza: “Ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestra consolación” (Lucas 6,24) y Pablo, fundador material, que representa la vertiente conservadora y colaboracionista con el poder y la aristocracia de los estados: “Que vivan sumisos a los príncipes y a las autoridades” (Tito 3,1).

 El problema de los reformistas es que no pueden llevar sus posiciones hasta un límite que les interpela con la propia creencia. Tendrían que poner en tela de juicio a Pablo expulsando de la comunidad su nombre, obra y legado. Pero es que además, la democratización que pretenden los reformistas, pone en peligro los valores sobre los que se sustenta la religión como creencia en un ser superior. Cuanta más democracia, racionalidad y objetividad entrase por la puerta de la iglesia, más dios tendría que salir por la ventana (designios de dios, guía del Espíritu Santo). Porque quedaría visible su desnudez como lo que es, una organización terrena de seres humanos sin conexión con ningún ente supremo. Hasta ahora la correlación de fuerzas se resuelve entre bastidores, y como los nombramientos los deciden los de arriba para los de abajo, es la garantía de un filtro por el que sólo va pasando la afinidad ideológica deseada. ¿Nos imaginamos que ante el nombramiento de un Papa, se presentasen candidatos, hubiese exposición pública de programas y saliese el mas votado? Algo parecido se hace, solo que a puerta cerrada y sin transparencia informativa. Dios es incompatible con la democracia y la racionalidad. Por ello, cuanto más democracia entra, más se ataca a la esencia de la iglesia. Porque la esencia histórica de dios es la de un supuesto ser supremo (todo poder) que se expresa a través de un medio (sumo sacerdote) al pueblo. Mientras se crea que dios dispone a través de una casta sacerdotal, todo va bien, pero cuando todo se discute, se razona y se vota, dios desaparece. Porque no tiene sentido de ser, o habría perdido el sentido histórico.

 Es la misma contradicción que tienen todos los que necesitan creer en una entidad suprema, pero que las normas que han ido creando los representantes en su nombre, atacan los actuales valores de respeto, igualdad y pluralidad. Un ejemplo muy claro lo tenemos con el tratamiento de la homosexualidad. Esta es condenada en el Antiguo y en el Nuevo Testamento: “Si un hombre se acuesta con otro como se hace con mujer, será castigado con la muerte” (Levítico 20,13) y “Ni los afeminados ni los invertidos, heredaran el Reino de Dios” (1 Corintios 6,9).

  Pero el afectado creyente no dice que dios estuviese equivocado (no se puede equivocar), ni que los textos no sean palabra de dios (se tendría que buscar otro dios), hace un malabarismo mental ignorando esos contenidos, se dice que dios no puede ser así y se fabrica un dios personal que le acepta. Se sigue considerando creyente y fiel católico, a esperas de que la comunidad le acepte tal como es. Esto si que es un milagro de la irracionalidad. Modestamente pienso que, es un milagro de la necesidad de creer que se nos ha inculcado. La necesidad de creer es mas fuerte que las contradicciones que han emanado de esa creencia.

 La mujer es la gran perjudicada de las religiones, sin embargo, la mujer creyente hace el mismo malabarismo mental: No pone nada en entredicho, ignora los textos que le sojuzgan (“El hombre no fue creado para la mujer, sino la mujer para el hombre” Efesios 5,22), piensa soy creyente, pertenezco a la comunidad, y tengo que ser aceptada para tareas que hasta ahora me son vetadas.

 Es un itinerario radicalmente opuesto al que hace la racionalidad progresista, donde al cambio le precede la autocrítica. Para pasar de una posición a otra tiene que haber en medio un proceso de autocrítica: Estaba equivocado, el soporte de la equivocación se deshecha, y se expone una nueva situación. Ese mismo viaje en el creyente le enfrentaría con dios: Estaba equivocado, el soporte de mi equivocación es palabra de dios, si dios se equivoca dios no es.

 Pero no tenga el lector (mujer, homosexual) problemas de conciencia. En la propia Biblia, como cualquier ser humano, dios se equivoca y se arrepiente de haber creado al hombre (“Se arrepintió de haber creado al hombre sobre la Tierra” Génesis 6,6), y de haber puesto en el trono a Saúl (“Me arrepiento de haber hecho rey de Israel a Saúl” 1 Samuel 15,11). Y ello no pone en entredicho para sus seguidores, su cualidad de perfección. Al final, no solo homosexuales, travestidos y mujeres, sino que todo el mundo creyente hace el mismo malabarismo mental: mi necesidad de creer es superior a cualquier prueba objetiva que sea contradictoria. 

Ramón Cánovas

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Colaboración nº. 23.  Julio 2002

¿Quién pecó, él o sus padres?

 Autor: Orual
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En las aguas del Pacífico vive un pez amarillo que no puede jugar al escondite. Tan violento es el color de sus escamas que aún en las tinieblas azules de las profundidades es fácil reconocerle. Además es un poco torpe.

 No nada con la agilidad del delfín precisamente.  Sus depredadores lo tendrían fácil, condenadamente fácil, si no fuera porque este pez tiene cuatro ojos... Dos ojos auténticos, enormes, de un  verde tan violento como el amarillo de sus escamas, en su lujar debido, a ambos lados de la cabeza... y otros dos a ambos lados de su amarilla cola. Los ojos de la cola son una réplica exacta a los de la cabeza: el mismo tamaño, el mismo verde insultante, la misma mirada redonda y desparpada, con su redonda expresión de redondo pasmo o miedo o indiferencia. Los ojos de la cola son una réplica exacta de los de la cabeza...si exceptuamos el pequeño detalle de que los de la cola están sólo... dibujados. La naturaleza le ha proporcionado una curiosa escapatoria a este pez amarillo y tonto del Pacífico, para que sus enemigos confundan su cabeza con su cola. Mientras "deciden" dónde morderle para que la herida sea mortal (en la cola, desde luego, no lo es) el pez amarillo se escabulle o, si el enemigo consigue atraparle, también se escapa innumerables veces, porque el predador le muerde la cola creyendo que es la cabeza y se queda con la cola en la boca, como un triste trofeo amarillo, mientras su presa escapa sin cola, pero con cabeza y con vida, a lugares más seguros.

      Si os he contado la vida y milagros de este pez amarillo del Pacífico, de cuyo nombre no consigo acordarme, es para mostraros por qué sospecho, barrunto ( que dicen en mi pueblo :-) ), intuyo que Dios existe. Mi intuición me advierte de que el azar no puede imprimir tatuajes perfectos en la piel de un pez con un propósito bien definido. Yo soy dibujante y, a veces, como un juego algo macabro, sin duda, he intentado dibujar con los ojos cerrados y os aseguro que los resultados no fueron precisamente satisfactorios. Y, aunque éste os parezca un criterio simplista, no lo es tanto si lo analizáis en profundidad. Creo que hay un "Orden Secreto", como escribió Goytisolo, que actúa detrás del telón del caos.

     Lo confieso en el estrado como los Alcohólicos Anónimos: Hola, me llamo Orual y soy creyente.

     Pero esperad, esperad y no me condenéis todavía. No me he equivocado de página. Sé a quiénes me estoy dirigiendo. Quiero deciros que "mi" Dios es un ente plácido, que viene, os aseguro, en son de paz. Un Dios que resbala dulcemente por las hojas como la lluvia. Un Dios que no es ni puede ser el Dios de la Biblia.

     Yo vengo del terror. He pasado casi una década "atrapada por Yahvé Sebaot", el Señor de los  Ejércitos.

     Cuando tenía 23 años un panfleto editado por una iglesia evangélica me prometió la Paz. Y, como la Paz era mi meta desde niña, sin darme casi cuenta pasé a formar parte de la feligresía baptista. Leí la Biblia entera por vez primera (hasta entonces sólo había leído los pasajes más esperanzadores). Leí el Antiguo Testamento entre el asombro y la resignación. Resignación porque yo había ya "decidido” que aquella era La Verdad, y, aunque fuera una Verdad espantosa, estaba dispuesta a aceptarla. Creí, simplemente, porque necesitaba creer. Me prometieron la Paz y, aunque me convertí con miedo, esperaba que esa paz llegara. Pero no llegó.  

     No sólo no llegó la Paz, sino que, además, el amor que siempre había sentido por "mi" Dios afable, abstracto, quizás, pero rotundo como un amanecer sobre los montes...se evaporó. Yo soy incapaz de amar y temer al mismo tiempo a un ser, un objeto o una idea. Y el dios de la Biblia es sólo temible, nunca "amable".

     Pero, en contra de lo que se pudiera pensar, lo que me hizo desistir de mi búsqueda por camino tan descabellado no fueron las atrocidades, contradicciones y despropósitos de la Biblia, sino el hecho de que Jesús nunca contestara (o contestara con evasivas) a la pregunta que da título a esta reflexión. "¿Quién pecó?" (Juan 9, 2), la pregunta era más inteligente de lo que el propio interpelante, seguramente, se proponía. Si era cierto que el dolor campaba a sus anchas por el mundo como el castigo a una culpa ancestral, ¿por qué Dios había sido tan poco equitativo a la hora de "repartir" ese castigo? ¿por qué la vida de algunas personas es poco menos que un camino de rosas y la de otras un infierno anticipado? Si todos somos pecadores  ¿por qué unos "pagan" esa cualidad -que, al fin y al cabo, fue heredada- con sufrimientos horribles durante su vida terrena, cuando otros no han experimentado ni un dolor de cabeza en toda su existencia? "¿Quién pecó, él o sus padres?"

     Las razones que las iglesias y la teología ofrecen sobre este punto son tan vagas e inaceptables como la que dio Jesús. Es comprensible pues, al fin y al cabo, no pueden más que corroborar  al Maestro. Lo contrario sería incurrir en la herejía. Si Dios es “bueno” no debería sufrir nadie. Si Dios es “justo”deberíamos sufrir todos... y perdonen la salvajada. Pero el hecho indiscutible es que mientras en una aldea cochambrosa de Zimbabwe, una mujer se muere agotada por la malaria sobre una manta vieja en el suelo, esperando un medicamento que no le llegará porque la todopoderosa industria farmacéutica ha decidido que vender fármacos genéricos a los pobres no es rentable, mientras esto ocurre,  digo, en Mallorca una supermodelo con más tetas que pudor abona 1.400.000 euros para adquirir una montaña que proteja su mansión isabelina de los paparazzis. Si ambas mujeres han heredado un pecado original, no acabo de entender por qué una está pagando por ello y la otra no.

    La conclusión a la que llego no es que Dios no exista, sino que el pecado original es una de esas pamemas que sólo conviene creer a quienes les va algo en ello. La mujer de Zimbabwe está enferma por culpa de la  ambición y la mezquindad de la industria farmacéutica y la supermodelo de Mallorca es asquerosamente rica por culpa de la industria de la moda y todos los cretinos que sucumben a ella, que son legión. Y punto.

    Mi sobrina nació hace un mes.  Tiene el rostro más perfecto que he visto en mi vida, la piel alborotada por la luz.... y las manos LIMPIAS.  Ella no viene ensombrecida por ninguna culpa propia o ajena. No pecó ni ella ni sus padres. No cabe maldad en medio de tanta inocencia y estoy dispuesta a estrangular con mis propias manos a  quien afirme lo contrario.

   En las aguas del Pacífico vive un pez amarillo que no puede jugar al escondite. Este pez amarillo con su cola tatuada  nada a sus anchas en mi cabeza como en una pecera. Su presencia se hace más firme cuando me viene la tentación de pensar que Dios (o algo parecido) no existe. Este pez es un grano en el trasero, la verdad, cuando apelo a mi faceta más racionalista.

   Pero este pez amarillo me dice algo más: que Dios, si existe, es bueno, es divertido, tiene un magnífico sentido del humor y no dibuja mal del todo.  No es, desde luego, Yahvé Sebaot, el Señor de los Ejércitos.

 Un saludo  

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Colaboración nº. 22.  Mayo 2002

Falsos conceptos sobre el nacionalismo judío

 Autor: Ramón Cánovas
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Actualmente el nacionalismo judío es noticia diaria por la activación violenta del conflicto Palestino-Israelí. Dado que todas las tendencias en cualquier parte del mundo tienden a legitimarse acudiendo a datos históricos, pretendo hacer algunas puntualizaciones sobre el tema.

 

Cuando pronunciamos la palabra judaísmo, automáticamente nuestra cabeza nos retrotrae a hechos y personajes del Antiguo Testamento contenidos en la Biblia: Jacob, salida de Egipto, Moisés, reyes de Israel y de Judá. Esto sucede por las técnicas de interpretación que los grupos interesados hacen de los acontecimientos históricos. Así se hace realidad el dicho con el que funciona el mundo: “la verdad es la mentira continuamente repetida”.

 

La salida de Egipto de un pueblo escogido por dios, para la mayoría de investigadores independientes se sitúa en el marco de la expulsión de los Hiksos de las tierras del Nilo. Moisés tiene acentuados rasgos egipcios, pues el nombre, Moisés, es coincidente con la terminación egipcia “ses” –Ramses-. La idea de un monoteísmo ya se había dado anteriormente con el faraón Amenofis IV; y los Diez Mandamientos, todos los síntomas, es que son una versión modernizada y simplificada de la confesión del Libro de los Muertos en el país de los faraones. “Yo no he matado, yo no he robado, yo no he cometido actos impuros...”. Los Diez Mandamientos convierten la letanía en pasado del Libro de los Muertos, en imperativo presente en las Tablas de la Ley: “No matarás, no robarás....”. Lo primero que podemos observar, es que las ideas que plasman en sus textos las diferentes etnias, tribus y pueblos, no son genuinas, si no que todo se interrelaciona influyéndose en ambas direcciones los unos a los otros. Las tres grandes religiones monoteístas judaísmo, cristianismo e islamismo, beben de las mismas fuentes de origen, por lo que no tiene lógica que sólo el judaísmo se apodere de la tradición común más  antigua.

 

 Si entendemos el judaísmo –por lo menos, en sus primeros siglos de existencia a partir del segundo templo- como una ideología de estado socioreligiosa de carácter monoteísta, esto no se cumple, no sólo en el periodo de los Patriarcas y Jueces, sino que tampoco en el inicio de la monarquía con Saúl, David y Salomón. En los incipientes tiempos florecientes de la monarquía el reino es el de Israel, no estrictamente judío y la aristocracia centralista naciente con Salomón, tampoco tiene a Jahvé como único dios ni ha dejado de practicar las uniones con mujeres extranjeras (1 Reyes 11,1. Salomón, además de a la hija del faraón, amó a muchas mujeres extranjeras. Sin embargo, en tiempos de la reconstrucción del segundo templo, la norma de no mezclarse con mujeres extranjeras empieza a ser un mandato de ineludible cumplimiento. Hasta el punto, en que Esdras rasga sus vestiduras y cubre su cabeza de ceniza bajo un gran abatimiento de rodillas  ante el señor –Esdras, capitulo 9 y 10-.  En el capitulo de 1 Reyes 11, los textos nos muestran a Salomón ofreciendo sacrificios y culto a otros dioses: Astarté, Camós, Milcón.  A partir de la división del reino con los descendientes de Salomón, Joroboán rey de Israel al norte y Roboán rey de Judá al sur, el monoteísmo de Jahvé sigue sin implantarse entre las clases pudientes de ambos reinos. La queja constante del dios de los profetas, es que los reyes corren a ofrecer sacrificios a otros dioses. Obsérvese, que a los escribas de los libros sagrados no les preocupa la suerte del pueblo, lo único que les preocupa, es la actitud de la aristocracia para con Yahvé. El competidor más directo de Jahvé es Baal. Sin embargo, ambos tienen en común el innombrable de un antecesor: El – Eloin - “El que soy”, Exodo 3,14-. En esta lucha entre los partidarios de unos y otros dioses, cabe destacar a manos de Jehú, la muerte del rey de Judá Ococías y el exterminio de la dinastía de Ajab en Israel con la muerte del monarca Jorán y de toda su familia. Más tarde vendrían en esta línea, las reformas proyavistas en Judá de los reyes Ezequías y Josías.

 

Con la desaparición del reino de Israel convertido después en  Samaria y la vuelta de la aristocracia del reino del sur del exilio de Babilonia, va fructificando en Judá con la construcción del segundo templo, el inicio del nacionalismo judío. En este periodo, con Esdras como encargado por el rey persa Dario de reorganizar la vida de los exiliados, se acaba con la influencia de otros dioses y con la mezcla de mujeres extranjeras -Esdras 10: expulsión de mujeres extranjeras-. Para la mayoría de historiadores independientes, Esdras es el padre del nacionalismo judío. De aquí en adelante, ya no veremos en lo que queda de las tribus hebreas conflictos entre dioses. Veremos conflictos de distintas formas de interpretación del mismo dios entre clases sociales. Durante la dominación griega de los Tolomeos, que tratan de imponer el culto de sus dioses importados de Grecia –Zeus- se produce la primera guerra de guerrillas nacionalista encabezada por los Macabeos. Con los macabeos Juan Hircano y su hijo Aristóbulo, nos encontramos con el primer estado independiente judío. Este se extendía por Idumea, Samaria y Galilea –125-63 a.C. Mas tarde, con la dominación romana y la tolerancia que estos practicaron en asuntos religiosos, la sociedad estaba dividida en sectas, que todas ellas tenían como común denominador al mismo dios pero haciéndole distintas interpretaciones socioreligiosas. A su vez cada una de ellas, desarrolló una actitud  distinta ante el hecho de la dominación militar del Imperio Romano. Estos eran los Saduceos, Fariseos, Esenios y Zelotas. Los Saduceos eran la clase pudiente y sacerdotal; los Fariseos representaban a la clase media; los Esenios, los  ultrareligiosos de vida ascética; y los Zelotas, fueron los nacionalistas radicales violentos de clase baja. Durante toda la época romana, hay un conflicto latente entre el ejército de ocupación aliado con las clases pudientes judías y las clases mas bajas radicalizadas en mensajes de esperanza mesiánica a través, principalmente, de lideres Zelotas. Si acudimos a Flavio Josefo, el historiador mas documentado de ésta época, nos encontraremos con varios lideres de pretensiones de liberación nacionalista  mesiánica, como Judas de Ezequias, Athrongeo, Simón, el Egipcio, Alejandra, Eleazar, Manahemo, Nigro, Gioras, Kochsiva... Esta lucha ya no va solamente contra el ejército imperialista romano, si no que también, contra los colaboracionistas y traidores judíos que ostentan el sacerdocio del templo y el tribunal del Sanedrín. Por ello desarrollan un discurso a la vez que nacionalista, de antiriqueza. Interpretan riqueza igual a poder y colaboración con el ejército de ocupación. Durante esta época se producen continuas refriegas violentas, pero hay dos levantamientos triunfantes. En el año 66 dirigidos por Simón Bar Giora y Eleazar, las tropas romanas al mando de Cestio son derrotadas. A continuación, la reconquista la dirige el general romano Vespasiano con su hijo Tito. Estos llegan hasta Jerusalén y en el año 70 se produce la segunda y definitiva destrucción del templo. La última resistencia del Zelota  Eleazar en la fortaleza de Masada, la finaliza el general romano Silva en el año 74  después de un largo asedio al que respondieron los judíos con un suicidio colectivo al estilo de Numancia. En el 133  un nuevo levantamiento judío triunfante lo dirige Simón Bar Kohsiba. Éste recibe el reconocimiento popular de la profecía de Balaán: “Una estrella sale de Jacob y un cetro se levanta en Israel”-Números 24,17-. De nuevo se produce la reconquista romana, esta vez dirigida por el general Julio Severo que termina hacia el 135. A partir de esta fecha el judaísmo se dispersa, teniendo sus portadores una ideología nacional sin tierra donde asentar ese estado.

 

El Sionismo laico, racional y socializante, fue quién obtuvo el 29 de noviembre del 1.947 el voto favorable de la ONU para la creación del estado de Israel. Y el 14 de mayo de 1.948 el Consejo Nacional Judío, leía la declaración de independencia. Este Sionismo dominante en las luchas de aquellos años por el reconocimiento de un estado independiente judío, ha servido de catapulta al hiperjudaismo conservador religioso que hoy, parece, domina en la sociedad israelí.

 

Por lo tanto vemos, como la interpretación objetiva de la historia, hecha por tierra algunos discursos legitimadores del fundamentalismo judío. Por ejemplo, cuando se dice que el actual Israel debería tener la extensión de tierra que tubo con el reinado de Salomón. Cuando al reinado de Salomón, le separan del inicio del nacionalismo judío, alrededor de cinco siglos. E incluso, algunos rabinos actuales, retroceden mucho más, pues tienen a Josué, el iniciador de la conquista de la tierra prometida, como el primer jefe militar del nacionalismo judío. Como vemos, distorsionar la historia es una de las cosas que mejor hacemos los seres humanos.